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And ne forhtedon na   Leave a comment

borges

Me bajé en la estación Gèneve Cornavin cerca de las 9 o 10 de la mañana. En el andén el sol se demoraba junto al frío. Pedí un mapa de la ciudad. Busqué con el dedo el Cemètiere de Plainpalais, el único motivo por el cual ahora estaba ahí, en medio de Ginebra, a miles de kilómetros de Buenos Aires, con mi mochila en el hombro, con mi cuaderno de tapa bordó, con el papel donde tenía anotado el número de la tumba 735 posición D-6, con unos versos escritos la madrugada anterior. Abrí el mapa. Había que cruzar el puente, bordear el río Ródano, le Rhone, con sus barcos y sus muelles de postal; caminar unos 15 minutos por esa orilla de la ciudad que reflejaba el río y su silencio azul. Atravesé el Pont Blanc, desde donde se veía una enorme fuente de agua disparándose hacia arriba desde el río, el Jet d´eau. Agarré la Quai B Hugues, que después se convierte en la Q. de la Poste, o algo así. El agua tocaba la piedra gris de los muelles. Me pasé una cuadra, la puta madre. Doblé en la R. des Gazomètres, y me encontré en el Boulevard de Saint Georges, donde está una de las paredes del cementerio. Sonreí. Quiero decir: algo en mi cuerpo sonrió. Entré en una florería a mitad de cuadra. Buscaba una rosa. 5 francos, más o menos. Pagué. Hubiese pagado lo que sea. Merci. Au revoir. Salí rápido. Temía que el cementerio estuviera cerrado. Lo temía desde hacía días. Pensé, mientras caminaba, que si así fuese, podía saltar el muro, que no era tan alto, que no me iba a ir sin entrar –me envalentoné– no, de ninguna manera, no me iba a ir sin pisar la hierba fría, sin tocar esa piedra, esa tierra. Doblé en la Rue des Rois. Pateé quince metros, veinte, quizás. Vi la entrada sobre mi izquierda. Sencilla. Silenciosa. Sin énfasis. Las puertas abiertas. Respiré dos, tres segundos. El alivio. Entré. Había leído en unos artículos que al lado de la capilla estaba el mapa de las tumbas. Vi una especie de casa. No sé si era la capilla. Estaba cerrado. Pero ahí, sobre la derecha, afuera, aparecía el mapa. Estaba en orden alfabético. Pasé el dedo. Busqué la bé: Borges, Jorge Luis, tumba 735, zona D-6. Había que agarrar una callecita interna. Al fondo. A la izquierda. Avancé. Levanté la mirada. Se oían unos pájaros. El sol caía sobre el pasto verde, sobre sus manchas amarillas, su invierno. Antes de doblar, veinte metros antes, vi la tumba, callada, sola, sola. Vi la parte de atrás de la tumba. La reconocí. La piedra. La lápida. Un rectángulo en forma de arco, irregular, pesado. Doblé. Unos metros más. Me paré. Me detuve. Todo mi yo se detuvo. Me acerqué. Toqué la piedra con la mano. Lento. Deslicé la mano en un movimiento de lenta caricia. Miré hacia adelante. Cerré los ojos. Hice un gesto de lágrimas con la cara. Los abrí. No había nadie alrededor. No lloré. Apoyé la rosa sobre el pequeño jardín. No había ninguna otra.

Hacía frío. Era un frío oculto porque allá, si mirabas al cielo, brillaba el sol, ese sol que brillaba también en distintas partes del pasto, en los árboles cuyas copas caían sobre la tierra como brazos cansados, antiguos, como manos que descansan en otras manos. Estuve parado ahí unos minutos. Vi el frente de la tumba: aparecía un grabado donde se ve la figura de siete guerreros. Había leído que se trataba de una copia de otra lápida que fue eregida en el siglo IX en el monasterio de Lindisfame, en el norte de Inglaterra, y que recreaba el ataque vikingo sobre ese monasterio en el año 793. Dicen que Borges mismo explicó que se trata de un grupo de guerreros nortumbrios, que uno blande una espada rota, que todos arrojaron sus escudos, porque su señor ha muerto en la derrota y ellos avanzan para hacerse matar, avanzan porque el honor los obliga a acompañarlo. Vi la lápida. Vi la espada rota. Vi los guerreros apuntando sus armas hacia el cielo. Vi los ojos cerrados, el caminar. Vi la muerte que los espera, el honor, la sangre por morir, la sangre quieta. Debajo del grabado aparece una frase: “And ne forhtedon na”. La piedra está pulida sobre esas palabras. Brillaba como un eco gris. Cuentan (lo leí en un artículo del diario El País) que es un frase escrita en inglés antiguo. Cuentan que se creyó -se sigue creyendo- que significa “Las puertas del cielo se abrieron hacia él”. Pero en realidad –cuentan– la traducción correcta es “Y que no temieran”. Que viene de las antiguas sagas nórdicas, de un poema épico del siglo X llamado “La balada de Maldon”, que rememora el enfrentamiento que ocurrió por el año 991, en el río Blackwater, en Essex, Inglaterra, un 10 u 11 de agosto, o por ahí. Que es un verso de un poema que dice

Entonces comenzó Byrhtnoth a arengar a los hombres
cabalgando les aconsejó, enseñó a sus guerreros
cómo debían pararse y defender sus lugares.
Les ordenó que sostuvieran bien sus escudos
con sus puños firmes y que no temieran.
Entonces, cuando sus huestes estuvieron bien ordenadas,
Byrhtnoth descansó entre sus hombres donde más le gustaba estar
entre aquellos guerreros que él sabía más fieles.

and bæd þæt hyra randas rihte heoldon
fæste mid folman, and ne forhtedon na.
þa he hæfde þæt folc fægere
getrymmed,
he lihte þa mid leodon þær him leofost
wæs,
þær he his heorðwerod holdost wiste.

Arriba del grabado de los guerreros –que Borges vinculó con “La Balada de Maldon”– se leen otras palabras talladas en la lápida, una imprenta encursivada, también pulidas, también como un eco sobre la sombra de la piedra gris. Tres palabras: Jorge Luis Borges. Debajo de todo, una cruz de estilo celta, pequeña, y dos números, las dos fechas abstractas, la brevedad de la sangre. El término:

1899
1986

Recuerdo aquel final de un poema suyo: “Sólo esa piedra quiero. Sólo pido
las dos abstractas fechas y el olvido”.

El reverso de la lápida oculta otros símbolos. En la parte superior se lee la frase:

Hann tekr sverthit Gram ok leggr i methal theira bert.

Son dos versos del capítulo 27 de una saga islandesa del siglo XIII, la Völsunga Saga 27, que se traduce como “Él tomó su espada, Gram, y colocó el metal desnudo entre los dos”. Debajo aparece la imagen grabada de una nave vikinga y luego la frase: “De Ulrica a Javier Otálora”. Es un homenaje de María Kodama, quien diseñó la lápida. Viene, precisamente, del cuento Ulrica, de Borges, de un diálogo que tienen el protagonista Javier Otálora y Ulrica, su amor, el amor, la imagen del amor. Allí, en el cuento, se lee:

-Yo querría que este momento durara siempre -murmuré.

-Siempre es una palabra que no está permitida a los hombres -afirmó Ulrica y, para aminorar el énfasis, me pidió que le repitiera mi nombre, que no había oído bien.

-Javier Otálora- le dije.

Quiso repetirlo y no pudo. Yo fracasé, parejamente, con el nombre de Ulrikke.

-Te llamaré Sigurd- declaró con una sonrisa.

Si soy Sigurd -le repliqué- tu serás Brynhild.

Había demorado el paso.

-¿Conoces la saga?- le pregunté.

-Por supuesto -me dijo-. La trágica historia que los alemanes echaron a perder con sus tardíos Nibelungos.

No quise discutir y le respondí:

-Brynhild, caminas como si quisieras que entre los dos hubiera una espada en el lecho.

La historia de esta saga islandensa viene así: dicen que el héroe Sigurd comparte una noche el lecho con Brynhild, la pretendida por el hermano de su esposa. Dicen que para evitar tocarla colocó una espada entre los dos. Años después, Brynhild hace matar a Sigurd. La mujer, al ver lo que se hizo, al ver que no puede sobrevivir sin él, se apuñala, se mata, y pide yacer en la misma tumba que Sigurd y que entre los dos esté la espada, el metal desnudo.

Terminé de mirar la lápida. Tenía en la mochila unos versos que había escrito para Borges la noche anterior. Los había escrito en un departamento de Lyon, a unos 12 minutos de Ginebra en tren. Los había escrito a la madrugada, tipo 1 o 2, un tercer piso, mirando de fondo, por la ventana, el lago Léman, la sombra que se posaba sobre el agua. Había escrito:

Es madrugada cerca de Ginebra.
Oigo el viento frío desde la ventana,
el sonido de los jardines a la noche.
El agua avanza sobre el lago Léman, el silencio.

No pude más del sueño. Me dormí. El resto lo escribiría a la mañana, frente a la tumba. Esa mañana que ahora estaba frente a mí. Pero otro el día, otra mirada, era otro el poema, el sentir. Tenía que escribirlo ahí. Dejé la campera negra al pie de un árbol. Todo era silencio, silencio. Había un banco, pero estaba en otra tumba, a varios metros. No había nadie. Saqué el cuaderno y la lapicera. Tiré la mochila en la tierra del camino, como una manta. Me senté ahí, frente a la tumba. El frío. El viento. El silencio. Escribí “la luz toca el verde de tu piedra, de tu adiós. La luz toca tu tierra, tu cuerpo sin cuerpo, tú…”. Empecé a tachar. Cambié de hoja. Escribí “Una rosa entra ahora en vos”. Unos cuarenta minutos después pasé el poema final en una hoja limpia. El frío me abordaba las manos, la cara. Lo leí frente a la tumba, con mi destino sudamericano. Se lo dejé debajo de la lápida, entre dos pequeñas piedras, hundido en la tierra sin temor. La luz de febrero descubría los senderos del jardín.

Borges

La luz toca el verde de tu piedra,
toca tu tierra, tu cuerpo sin cuerpo;
es el río que toca tu nombre,
el sonido de los jardines a la mañana.
Una flor entra ahora en vos,
en tu pecho muerto,
entra en la orilla incierta
donde la paz, al final, se hace piel y agua.
Así te siento, Borges; así te encuentro.

D.M.

Publicado febrero 20, 2014 por danielmecca en Relatos

Página 69   Leave a comment

pagina 69

Crucé la plaza Lope de Vega, en el centro de Valencia. Serían las dos de la tarde. Caminaba sin destino, a ningún lado. Me metí por un callejón y vi unos pequeños puestos de libros, en una esquina, tipo Parque Centenario. Uno solo estaba abierto. Pasé de largo. Caminé unos metros. No sé por qué regresé al puesto. Pregunté si tenía algo de poesía. ¿Buscas algo en particular?, me respondió el hombre, la voz española, una campera bordó, gastada. Le dije que buscaba poesía de España, pero que la verdad, bueno, que nada en especial. El hombre sacó varios libros del fondo. Empecé a revisarlos. Me gustó uno de Luis Cernuda, la antología poética. Lo abrí en cualquier página. Leí unos versos: “Eras, instante, tan claro”. Sonreí en silencio. Lo separé en un costado. ¿Me dijo que también tenía uno de Miguel Hernández, no?, le pregunté al hombre en tono argentino. Me trajo desde adentro “El rayo que no cesa”, de Hernández. Me puse a hojearlo. Estaba todo rotoso. Abrí la primera página, que estaba escrita con tinta azul: “En la página 69 hay un poema: cuando lo leas yo estaré, siempre que esto ocurra, en él. Llorar es lanzar por los ojos una porción de Amor. Cariñosamente. Juan Lizanoga (o Lizaroga, o Lizavoga). 18 de marzo de 1965”. Las páginas del libro estaban amarillas. Busqué el año de edición: tercera edición, 9 de febrero de 1959. Fui a la página 69.

“Es muy común que estén escritas dedicatorias en los libros”, deslizó el hombre. ¿Y le gusta a usted la poesía?, le pregunté mientras le pagaba 8 euros por los dos libros y me los ponía debajo del brazo. Pues bueno, que sí, que tiene unos 1.200 libros de poesía en la casa –abrió los brazos como si señalara una enorme biblioteca-, que la casa está a dos minutos caminando de su puesto, que ama a Cernuda, a Miguel Hernández, al poeta griego Cavafis, pero que los años le van jodiendo la vista –lo dijo y miró la calle, a nadie en particular– y que ya no puede leer como antes. La vista y la próstata, esa próstata que ya no lo deja hacer nada, no lo deja trabajar, no lo deja viajar, que coño, que no lo deja ser feliz. Esa próstata que a veces lo ataca como cuchillas por dentro, lo dijo así, como cuchillas, y entonces nada es poesía, el dolor, no poder mear en media hora, tener que volver a su casa, lograr relajar cada tendón del cuerpo, sentarse en ese sillón suyo, tan suyo. Y volver, de a poco, volver lejos de ese dolor, regresarse. Y no tener un puto duro, que la crisis, que el doctor que parece que lo viene jodiendo, así lo dijo, me viene jodiendo, porque las pastillas que le da no le hacen nada y le dice que no se opere, que puede evitarlo con el tratamiento. Ya quisiera, me dijo el hombre, que los turnos en las hospitales públicos para esa operación tardan entre un año y medio y dos años, y una operación con laser cuesta unos 2000 euros. ¿De dónde puedo sacar yo tanto dinero, dime, con esto?, se lamentó señalando su puestito, su humildad, sus 60 o 61 años, sus jeans rotos, y que lo difícil que le den un préstamo bancario a uno, que un amigo suyo le ha dicho que por enfermedad se lo darían, pero que los intereses, que la crisis, que ganar dos mangos con los libros. Pero Manolo, así se llama, no solo se lamenta por la pasta –no hay pasta–, no solo se lamenta por la guita, que no hay guita. Manolo miró su puestito, su choza –como la llamó, alguna vez, un amigo suyo argentino– y vio otros tiempos, como ese año 78 cuando estuvo en Paris y fue feliz, como mirar el rozar del mar, fue feliz, como esos años de pibe en que viajó a Francia, a Yugoslavia, a Italia, a Marruecos, que tenía una librería, una buena librería, a unas dos cuadras de su actual choza, que luego de las ferias de libros de Valencia podía juntar algo de pasta, que amaba viajar, ver otros cielos, que se las tomaba sobre todo en los días de fallas valencianas, con ese ruido insoportable, que hay algo que le duele más que todo, más que la guita, que la próstata, más que la gente ya no compre libros, más que la crisis: le duele saber que se va a morir sin poder regresar a Paris. Hizo un silencio. Miró el piso. Se puso la mano en los bolsillos. El frío.

Manolo nunca viajó a Argentina, que le encantaría, que tiene un librero conocido en esa avenida principal, que cómo se llamaba, ah, sí, avenida Corrientes, que su nombre es Martín, el librero Martín, que no puedo recordar cómo se llamaba su puesto. Que si lo ves dile que has estado con Manolo, el de la choza, que va a flipar cuando se lo digas. ¿Alguna referencia de cómo buscarlo?, pregunté. Pues no, que se llama Martín, que tiene una librería por la calle Corrientes, que has estado conmigo, en la choza. Sonrió, calladamente. Empezó a despedirse. Tenía que cerrar. Que lo había pillado de casualidad en el puesto porque estaba esperando a un chico de enfrente que tenía que darle un recado, un mensaje de la novia de éste, creo, que le habían aceptado un trabajo, que es un milagro con los 35 años del muchacho y que la crisis. Le di la mano. Le dije que pasaría a visitarlo cuando regrese, alguna vez, a Valencia, que mi hermano vive en la ciudad. Que volvería.

Empecé a caminar. Fui hasta la Plaza de la Reina, a unas cuadras. Me senté en un banco. Abrí el libro de poemas de Miguel Hernández, la tapa rotosa. Empecé a leerlo, la primera hoja con la dedicatoria, la letra azul. Seguí. Me detuve en la página 69. Lo leí, una, dos veces. Cerré los ojos. El sol, invernal, pegaba en su tarde.

Por una senda van los hortelanos,
que es la sagrada hora del regreso,
con la sangre injuriada por el peso
de inviernos, primaveras y veranos.

Vienen de los esfuerzos sobrehumanos
y van a la canción, y van al beso,
y van dejando por el aire impreso
un olor de herramientas y de manos.

Por otra senda yo, por otra senda
que no conduce al beso aunque es la hora,
sino que merodea sin destino.

Bajo su frente trágica y tremenda,
un toro solo en la ribera llora
olvidando que es toro y masculino.

Publicado febrero 19, 2014 por danielmecca en Relatos

Aucle   Leave a comment

-¿Do you need help?

Había llegado hacía unos minutos desde Madrid en el vuelo EZY3904. Estaba perdido en medio de la estación de trenes de París, en el aeropuerto Charles de Gaulle. Perdido y mirando fijo un enorme mapa, tamaño diario La Nación, tratando de entender cómo llegar hasta la estación de metro Gare du Nord donde estaba mi hostel. No entendía los carteles en francés. La gente atravesaba la estación a las corridas. Un murmullo rápido, neurótico. Me paré para estudiar el mapa cuando de repente escuché la pregunta. Levanté la vista. Una señora me estaba mirando, unos 60 años, quizás menos. ¿Do you need help?, repitió ante mi silencio. “Yes, please, ¿do you speak spanish?”, me la jugué. Me dijo que sí, que había vivido en España, que era del este de Paris, que ahora estábamos a las afueras de la ciudad, que había que tomarse un tren de cercanía. Me acompañó a comprar el ticket en una de las máquinas. ¡¿Qué, 9 euros?!, exclamé en un tono argentino al ver la pantalla. No me entendió. Puse las monedas. ¿De Buenos Aires?, preguntó ella, retórica, cuando le conté de dónde era. “Mi sueño es ver un partido de Polo en Buenos Aires”, completó. Fuimos hasta lo que serían los molinetes argentinos, pero acá son como pequeñas compuertas de plástico, que se abren y se cierren cuando ponés el billete, más o menos cada 6 segundos. Los conté. Ella pasó. Yo iba a poner mi ticket cuando vi que una de ellas había quedado abierta. Luz verde. Ya fue, me mando, me dije. Me mandé. Pasé. Ella no me vio. Creo que sonó una alarma. No sé si era por mí. No miré atrás. Subimos al tren. Nos sentamos en el vagón del fondo. La señora me contó que era veterinaria, que trabajaba con medicina para caballos, que sabía castellano porque alguna vez estuvo cuidando caballos en Málaga. Decía Málaga, decía caballos y resplandecía. Iban pasando las estaciones, los suburbios. Íbamos todos a Paris. Subieron unos pibes. Se armaron un porro en el otro asiento. Se bajaron. La señora me iba explicando el mapa, se quejaba de tener que ponerse los anteojos para hacerlo. Lo hizo dos o tres veces. Algo le dolía en la edad. En la mirada. Le pregunté entonces por ella: ¿vives con tu familia? Miró directo a la ventana, al paisaje de los suburbios parisinos. No recuerdo si tenía puesto los anteojos. Recuerdo su mirada, los ojos bajos, arrinconados. Miraba su memoria. El tren avanzaba como latidos. “Mi familia murió”, susurró. Hizo silencio. Dos, tres, cuatro segundos. La miré a los ojos. Luego miré la ventana. El mismo paisaje que ella. No dije nada. “Pero me están esperando mis dos gatos”, corrigió la tristeza, con una sonrisa, y agregó que su hermano vivía por algún lugar a las afueras de París, no sé dónde. Me dijo que se llamaba Aucle, que se pronuncia Okl, o Oukl, o algo así, pero que era muy difícil pronunciarlo en castellano. Me dijo que de joven leyó a los poetas españoles. Me dijo que la próxima, creía, era la estación Gare du Nord, que ella seguía hacia el este. Le agredecí, merci, au revoir, chau Aucle, que un gusto. Me bajé. Caminé hasta el centro de la estación. Miré alrededor. Miré los carteles. Otra vez el murmullo. Otra vez estaba perdido.

Publicado febrero 6, 2014 por danielmecca en Relatos

Ella también   Leave a comment

Llueve en Madrid. Esta noche es del invierno. Cada noche es esta noche. Camino por una calle que no conozco, que no sé su nombre. Camino como algo que se pierde, que se abandona en cualquier orilla. El frío me nombra. Miro las luces amarillas de los faroles. Miro las paredes de los edificios, llenas de años y lluvia y niebla. Entro en un café del centro, frente a la estación de metro. Siento el calor en la cara. Pido un café en la barra, un euro y medio. A mi lado está sentada una pareja. Él está de espaldas, no lo veo. Ella está de frente hacia mí: los ojos claros, jóvenes. Tiene esa sonrisa madrileña de mujer que veo en todas partes: como si una mano te acariciara la cara. Abro mi cuaderno que compré hace unos meses en la calle Uruguay, por Tribunales, donde escribo poemas y anotaciones políticas. Escribo la frase “llueve en Madrid” con un lápiz que me llevé esta tarde de un museo. Levanto la vista para verla a ella y detrás suyo veo la puerta del café y detrás, entre los vidrios, la lluvia, su sonido. Ella también es sonido, ese que escucho las dos veces que me cruzará, por casualidad, la mirada. Me habita sin nombre. Ella lo abraza a él, lo mira como un cuadro, cerca, busca sus colores, su renacimiento. Hay una pintura de Mozart en la pared. Se oye el ruido nocturno de la máquina de café. Al rato la pareja se va, los veo perderse en la calle Plaza de Isabel. Escribo algunas líneas más. Cierro el cuaderno. Al salir toco la lluvia, el latido. Es martes a la noche.

Publicado febrero 5, 2014 por danielmecca en Relatos

Goya, Mariano Ferreyra y Madrid   Leave a comment

Había salido del Museo del Prado después de las ocho de la noche hora Madrid. En la calle, unos dos grados: la rigurosidad del frío. Minutos antes había estado contemplando –después de más seis horas recorriendo el lugar- la pintura de Goya, “el fusilamiento”: los faroles de la luz que iluminaban esa figura de camisa blanca, los brazos levantados, el movimiento en forma de cruz, la muerte llegando a la mirada, los gritos no pintados, el sonido del plomo. Estremecí. Salí a la calle. Me puse el gorro azul de lana, la campera. Noté la noche, las sombras sobre los árboles del parque. Agarré el Paseo del Prado. Me metí en una iglesia que crucé en el camino. Sobre el fondo de ella, al entrar, se veía un enorme cuadro renacentista: creo haber visto dibujado allí la crucifixión de Cristo, su rostro en dolor, su pronta muerte. Pero no recuerdo bien, estuve no más de un minuto: había misa y me las tomé. Crucé la avenida. Pregunté cómo hacía para llegar al Paseo de los Recoletos. Pregunté a tres personas. Nadie sabía. Insistí: en esa calle, en el número 21, estaba el Café Gijón, el café donde pasaron García Lorca, Cortazar, Borges, Octavio Paz, Dalí Hemingway. Llegas –así, sin el acento en la última “a” – hasta la plaza de Cibeles y coges el Paseo de los Recoletos que es la continuación del Paseo del Prado, ¿vale?, me respondió un muchacho, 30 años más o menos. Al llegar a la puerta del Café pegué la ñata contra el vidrio. Me temblaban las manos del frío. Luego miré los precios en la carta de afuera: un café, 2 euros y medio. Me senté en el fondo. El mozo que me atendió primero –de mala manera– me dijo que no podía sentarme al lado de la ventana, que ésas eran para cenar. Me lamenté: yo quería hacer literatura; quería hacer tango con la mirada. Otro mozo pasó y me saludó. Era la mía: quería que alguno me hablara de los escritores que pasaron por allí, que me contara algo de ellos, cualquier cosa que abriera ese cristal del tiempo. “¿Acá venían escritores, no?”, pregunté retórico, fingiendo ingenuidad, cuando éste pasó cerca. “Sí, claro, yo he conocido acá a Julio Cortazar, a Borges”, contestó José, porque se llamaba así, José a secas, pero eso vendrá después. Es más –agregó el tipo- en 10 minutos arrancará una reunión de poetas y como todos los lunes, a las nueve de la noche, hay lectura. “Qué bueno, yo soy poeta en Buenos Aires, tengo publicado un libro”, fanfarroneé. “¿Ah, sí? Entonces podeis leer esta noche, vale?”, se enganchó el mozo. Titubeé unos segundos. No lo esperaba. Dudé. Le dije que sí. Empecé a buscar por el celular, en el mail, qué podía leer. Repasé los últimos poemas que irán en el nuevo libro.

Me dejo en vos
en tu luz
no escrita
ángel del instante

Sí, vamos con ese que arranca así, me envalentoné. Empezó la tertulia. Habría unos 35 poetas. Se iban parando para leer. Recitaban con los ojos cerrados, con el cuerpo, con la voz como un puño delicado. Afuera pasaban los autos por el Paseo de los Recoletos: las luces amarillas titilaban en los vidrios fríos. Entonces, no sé por qué, pensé en Mariano Ferreyra.

Me presentó José, el mozo, que resultó además uno de los poetas. Me presentó en forma de verso, con lo poco que le había contado: que yo era de Buenos Aires, que me estaba yendo en unos días a Paris a seguir la ruta de Cortázar, que luego iría a Ginebra a la tumba del maestro Borges. Me paré en el centro: dije que era una casualidad que yo estuviera parado ahí, que había entrado por un café y de repente todo esto, pero como decía Cortázar –seguí– “un encuentro casual era lo menos casual en nuestra vidas”. Algunos se rieron de literatura. Me injurié por dentro por snoberla tanto. Dije que en un principio iba a leer un poema de mi próximo libro, pero que cambié de opinión. Conté entonces quién era Mariano Ferreyra y por qué lo mataron el 20 de octubre de 2010. Que tenía 23 años. Que era un militante revolucionario. Que le pegaron un balazo por luchar. Por pelear por un mundo mejor. Que era importante que supieran de él en España. Y recité ese poema que le escribí.

Cada uno lleva su rebelión en los ojos. Todas las miradas estallarán alguna vez.
Vos dejaste los ojos abiertos aquel mediodía de octubre.
No te mataron, Mariano: esa mirada firme es tu latido que avanza.

Una mujer sacó una foto sobre el final del poema. Creo que no hubo más registro que ése. Mariano, su memoria, quedaban en Madrid. Más tarde recité otro poema, uno de amor. Salí a la calle cerca de las once de la noche hacia la Cibeles. Tomé el metro en la estación Banco de España.

Publicado febrero 5, 2014 por danielmecca en Relatos

Tres minutos   Leave a comment

Tres minutos

Por Daniel Mecca (@dmecca1)

El sonido golpea las paredes; ensordece el mediodía. Las voces, al principio caóticas, retumban sobre sí mismas y se expanden bajo la formulación estética de un grito de cancha: es el tumulto organizado de la euforia. La cámara de video toma los rostros, y en los rostros las bocas de donde salen los cantos como látigos, y entonces ensordece el Diputados, de los trabajadoooores, ahora que la crisis la paguen los patrooooones. Y entonces ese grito que llega hasta la calle de afuera del local del Sutna, en San Fernando, donde se está haciendo un plenario de más de un centenar de delegados combativos de izquierda.

Ese grito que plantea un destino, que pronuncia un gesto histórico. Y adentro, cientos de personas que aplauden en sus sillas, algunos se paran, agitan el brazo derecho, irradian literatura sindical, y de nuevo el Ahora que lo criiiiisis la paguen los… El canto dura unos 20 segundos. En las paredes hay banderas de comisiones internas. Afuera brilla el sol de noviembre. Entonces la cámara se posa en el dirigente que está parado delante del micrófono y a punto de arrancar su discurso: apenas empieza el fade out de los cánticos, éste mira hacia adelante y formula una voz y una sonrisa, acompañado de un ademán victorioso en el brazo izquierdo:

Muchas gracias, compañeros, es un triunfo de todos ustedes.

Otra vez los aplausos; la sonrisa. Pero de golpe el dirigente contrae levemente esa expresión. Mira hacia adelante, son apenas unos segundos, pero mira como si tuviera un horizonte delante. Contempla. Ya no sonríe. Hay una seriedad lírica en su mirada. Y de golpe, otra vez, la mueca atorrante, gardeliana: “Acá pedí que me descuenten todo esto de los tres minutos…”. Esos tres minutos que cada compañero que se anotó en la lista de oradores tiene para hablar. Y él, Néstor Pitrola, dirigente del Partido Obrero, flamante diputado electo del FIT por la provincia de Buenos Aires, está por comenzar sus tres minutos:

Compañeros, el saludo nuevamente a este plenario, el más numeroso de todos, y eso es extraordinario. El 27 de octubre, al lado de la noticia de la derrota del Gobierno, indudablemente hubo otra gran noticia que ocupó un lugar destacado en la opinión pública nacional y especialmente en la clase obrera, que ha sido la elección del Frente de Izquierda: 1.200.000 votos, desde Jujuy hasta Santa Cruz, extraordinario; boleta entera a un programa, a un planteo desde Jujuy hasta Santa Cruz.

Encima, siendo tan reciente, me tocó estar en Córdoba donde nos han robado una cuarta banca y estamos luchando por ella y los llamo a todos a que acompañemos todo lo que podamos hacer. En Córdoba, encuestas posteriores nos daban que duplicaríamos los votos si hoy volviera a haber una elección, porque el 80 o 90 por ciento del pueblo de Córdoba cree que nos robaron la banca, lo cual ha incrementado la intención de voto.

Y después vino Salta, que eso no es intención de voto ni encuesta, sino que fue un triunfo, un Salteñazo que sacudió al país, algo que ha dejado la respiración cortada en los círculos del poder, porque ya proyectan la elección del Frente de Izquierda del 27 de octubre como posibilidad de poder en una provincia Argentina y en una de las grandes capitales argentinas.De este voto, quiero rescatar en este plenario el descomunal voto de la clase obrera al Frente de Izquierda. En Caleta Olivia, la capital del norte petrolero de Santa Cruz, sacamos el 22 y medio por ciento…

Los aplausos interrumpen el discurso. Pitrola hace una pausa. Frena unos segundos su mirada en un punto fijo del público. No parpadea. Traga un poco de saliva. Tiene los párpados algo caídos, un gesto analítico, la mano derecha sobre el micrófono como descansando un pensamiento. Detrás de él se ve una bandera negra donde se puede leer algunas palabras como “Trabajadores”, “En lucha”, “FATE”, “San Fernando”. Sigue:

En el pueblo del Ingenio Azucarero, que no es la capital de Salta, de eso no se habla sacamos como el 20 por ciento. Hay una escuela dentro del Ingenio El Tabacal donde ganamos las cuatro urnas en esta elección del Partido Obrero. Y doy por descontado, por lo que hable en Córdoba con dirigentes del proletariado mecánico, que el voto de la gran clase obrera mecánica de la capital cordobesa es enorme entre la clase obrera industrial y en todos los sectores de la clase trabajadora.

En segundo lugar, ha sido un voto muy consciente; algunos periodistas preguntaron si los votantes son trotskistas. Es una pregunta ridícula. Indudablemente muchos vienen del peronismo: ¿qué podemos pretender en este país, sobre qué base vamos a crecer para una alternativa de poder socialista si no es con desplazamiento de la clase obrera peronista?; más allá de que la juventud trabajadora del movimiento obrero, de la fábrica, de la juventud estudiante ya tiene muy pocas ataduras con el peronismo. Pero muchos viejos trabajadores han votado a la izquierda creyendo ver en las banderas socialistas la bandera de emancipación nacional y social que abandonó el peronismo. Esto tiene una característica profundamente positiva.

Por eso el dirigente del Partido Obrero enfatiza que el voto al Frente de Izquierda “es el más consciente de todos”. Lo dice ascendiendo la voz, agitando el dedo índice de la mano derecha e interpelando el aire. Entonces abre la palma de la mano, la curva un poco, y baja el brazo de arriba hacia abajo: es el paisaje de la firmeza. Dice que son “claros socialistas”, que es un voto consciente porque hicieron un planteo clasista, porque han “defendido la agenda de los trabajadores” y han elaborado como eje “que viene un ajuste de parte de la burguesía”. Define: “Y la burguesía opositora de los (Sergio) Massa, los (Mauricio) Macri, los (Margarita) Stolbizer, (Ricardo) Alfonsín, (Hermes) Binner están en eso, igual que el Gobierno, discuten quién hace el ajuste y de qué manera. Es decir que ha sido un pronunciamiento de 1.200.000 trabajadores más los salteños contra el ajuste”.

Esta batalla que plantea este plenario es la batalla de las reivindicaciones obreras cuando viene el ajuste que ya lo tenemos encima, con una inflación del 30%, y que acá mismo se ha planteado la reapertura de paritarias. Ya hay gremios que lo han planteado como el Frente Gremial Docente, y hasta la Uatre de (Gerónimo) Venegas ha tenido que plantear la apertura adelantada de paritarias porque son los que peor cagaron en su momento a los obreros rurales para los topes salariales 2013. El planteo que acá se hace es un planteo en perspectiva de gran claridad, y se conecta con todo el planteo político que ha hecho el Frente de Izquierda y nosotros vamos a luchar en el parlamento por esto.

Pitrola hace un silencio imperceptible  Y pronuncia:

Compañeros, (Hugo) Moyano abandonó la calle.

La frase cobra una identidad filosa en su brevedad; lleva lo implacable de la verdad. El dirigente abre más grande los ojos, como si en esa instancia pudiera expandir la palabra. Durante el próximo minuto no dejará nunca de agitar el brazo derecho que acompañará el signo desafiante de su voz. Temblará en un momento la hoja con anotaciones que tiene su mano izquierda y que no mirará en todo su discurso. Ahora continúa:

Moyano abandonó la calle. Esto hay que decirlo. Y lo hizo después de una reunión con Massa; la jerarquía de la Iglesia convocó a todos, incluido al ministro de Trabajo, Carlos Tomada; ahí fueron todos a enhebrar un consenso social para aplicar la sintonía fina –o como se le llame en esta etapa- a la contención social del ajuste que viene vía tarifazo, vía devaluación monetaria, vía inflacionaria que estamos viviendo. No es un problema más que Moyano dejó la calle el 20, sino que es un problema de fondo: entregó cualquier lucha pasada en bandeja a la burguesía opositora para ser ahora factor de contención en la transición 2013-2015. Esa es la importancia estratégica de este plenario.

Este planteamiento independiente va de cara a los sindicatos de las cinco centrales obreras, y tomando en parte en sus manos lo que les digo: que para nosotros es tarea estratégica después de esta primera victoria de tener un bloque parlamentario en una decena de provincias del país, la tarea estratégica es la conquista de los sindicatos del movimiento obrero, y pasa por la recuperación de cuerpo de delegados y seccionales, etc. Éste es el problema: la burocracia se está juntando, ellos dicen para defender el modelo sindical, es decir para defenderse contra este movimiento que ustedes representan hoy reunidos aquí.

El país los mira, compañeros, porque está planteado potencialmente un fantasma que recorre la Argentina, como dijo la contratapa de la revista Barcelona.

Los aplausos, una vez más, desarrollan su propio latido. Pese al toque de humor irónico del final de la frase, Pitrola permanece serio: hay rigurosidad en sus ojos, hay un derecho de soñar. En la mirada del dirigente aparece el clímax combativo de su discurso. La cámara lo toma un instante y luego filma al público, que vitorea, que aplaude. La cámara regresa:

Compañeros, termino acá, con mis tres minutos –me viene bien el entrenamiento porque a los bloques chiquitos le dan poco tiempo en Diputados-, pero quiero decirles lo siguiente: ustedes han consagrado diputados de la clase obrera en el Congreso y nuestra acción legislativa va a ser una acción en conexión con el movimiento de lucha de la clase obrera y todos los movimientos populares de afuera del parlamento. Nos preguntan si tenemos aliados: adentro del parlamento ninguno, pero afuera son cada día más. Gracias, compañeros.

Pasaron los 3 minutos. En rigor, fueron muchos más, cerca de diez. Poco importa: el tiempo, finalmente, es una interpretación perceptiva del momento. Por eso, detrás de esos minutos de discurso, hay en realidad décadas de lucha, historia y militancia;  la historia -que no es más que un desprendimiento revolucionario del tiempo- la escriben los que luchan.

El video va terminando con un plano abierto del plenario. La ovación –los aplausos- recuerdan el sonido de la lluvia cuando cae sobre las veredas, ese estrépito. Alguien, en el público, grita “Bravo”. Pitrola ya está en su asiento junto a los demás. Cuando se apague la cámara, los aplausos seguirán unos segundos. Alguien escribió una vez que el tiempo del mundo se lee en los rostros.

Y en estos rostros se lee el tiempo de lucha.

(Relato escrito a partir del video de la intervención de Néstor Pitrola en el IV plenario del Sutna San Fernando)

Publicado noviembre 20, 2013 por danielmecca en Relatos

La memoria de mi piel   Leave a comment

¿Por qué el mar, miedo, caricia, sombras, aire, libertad? ¿Por qué yo? ¿Por qué vos? ¿Por qué este sentirte de repente como un breve amanecer, una mirada de caótica poesía, como un latido incierto; por qué este apresurado quererte? Basta del viento que arrastra naufragios en la mirada, en mi sola mirada; por eso verte es mirarte de amor, hacer de tus manos un rumbo, hacer de tus manos mis manos; es acumular palabra tras palabra hasta formar una oración que se parezca  al sonido tuyo al mirar, que se parezca a tu sonrisa. ¿Por qué, así, este mi grito de poesía en el desierto delicado que son los días y las noches, balazos en el viento, electricidad de estar vivo? Si afuera es noche y acaba de llover, ¿acaso no la escuchaste?, llovió como un largo adiós: ¿cómo, con esa soledad en la calle y en mis manos, no voy a escribir esta poesía incierta? ¿Cómo, decime, no voy a escribirle unas líneas a ella que, seguramente, no le interesan estas líneas? Aunque a veces eso es el amor: acariciar lo invisible, querer lo que no está, lo que no te quiere. ¡Qué farsa entonces, vida, qué farsa!;  qué paranoica bella ciudad la que me oye quererte, así, a las cuatro de la madrugada y no me pregunta nada. Porque sentir no se pregunta, porque no se responde tampoco. Porque sentir es el sonido de la arena perdiéndose en el viento. Y eso siento por vos ahora. Eso. Ahora. Por vos, que sos la memoria de mi piel. Y quizás yo también sea una farsa y sólo use esto que siento para escribir unos cuantos poemas,  y te convierta miserablemente en una excusa de mi ternura, en una prostituta de mi poesía, una musa tinellizada. O tal vez  uses vos estas líneas para amplificar tu belleza, para enamorarte más de tu reflejo griego en los ríos, y me uses vos, entonces, como un frágil cosmético, un perfume de palabras románticas e inútiles. Pero quizás, quien sabe, deje de lado, aunque sea por un instante, mi ateísmo del amor, y crea que lo que siento es lo que siento, ancho y único, que te necesito como la música del piano, como viento que sopla en alguna parte, que te busco donde muere el escepticismo, que te quiero donde te quiero y nada más, y nada y más. Y creer, por qué no, que vos sentís algo también, en algún lugar, que esa mirada tuya alguna vez me buscó, a mí, alguna vez, que no dejaste que fuera un fugitivo más como todos, que estas palabras que te escribo te recordaron la piel que sos, la piel que somos.  Si tan sólo vieras cómo te veo a vos, libre como el viento entrando por cualquier ventana y vos mirando el mar desde ella, tan hermosa de no estar triste –yo, que tanto conozco de tristeza-,  que a veces vas tan lejana como el olvido, como un entierro, o tan libre como caricias, como los pájaros que hienden el aire, que sacuden lo sensible, lo siempre. Mar, miedo, caricia, sombras, aire, libertad, vos, yo, y mientras tanto la vida sigue y nadie pregunta por mi querer, ni por el tuyo, nadie pregunta por qué estalla el mundo cuando te veo, así los soles cayendo sobre la tierra desprotegida que somos.  Y uno respira, siente, ama, duele, vive y se muere y el mundo sigue, yo sigo y vos también, la música sigue y gira, implacablemente.  Son las 4:35 de la madrugada. En un rato amanece.

Publicado enero 30, 2012 por danielmecca en Poesía, Relatos