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El licor de las cosas queridas   Leave a comment

 

Fito_Paez-Abre-Frontal

El mundo está lleno de hijos de puta.

Mi amigo Esteban vivía a 50 metros de casa, en la misma vereda. Allí estaba la casa de su viejo. Me acuerdo del piano polvoriento. También que jugábamos, con él y mi hermano menor, debajo de una ancha mesa en el living. ¿A qué jugaríamos? Tendríamos seis años, menos quizás. Aquella vez nos fuimos de noche. Juraría que era verano. La casa de su mamá, años más tarde, estuvo a cinco cuadras, un primer piso, donde los sábados jugábamos al Sega los tres. Subir esa escalera, cada sábado, el olor a lavandina en el piso, la chocolatada a la tarde, los campeonatos del Superstar Soccer Deluxe, la sonrisa cansada de Elvira, su mamá enfermera que había trabajado toda la madrugada.

Recuerdo que alguna vez Esteban trajo cassettes, luego CDs: Giros, Del 63, Ciudad de Pobres Corazones, Tercer Mundo. Son los noventa.

Tendríamos ocho, nueve años, quizás diez. Con mi amigo, que es un año más grande, cantábamos cómplices el estribillo de El chico de la tapa: El mundo está lleno de hijos de puta, y hoy especialmente está llena de ruta, no voy a morir, no voy a morir de amor. Nos reíamos.

Escribió Borges que el hoy fugaz es tenue y es eterno. Mi hoy eterno es estar cantando ese estribillo en alguna parte de mi casa.

Porque ese riff, esa batería acelerada, ese “¡y si no le das te manda a guardar!”, entraban rebeldes por algún lado de mi casa católica, de los rezos antes de dormir cuando éramos chiquitos, del rosario que había que recitar en los viajes largos, de la mirada de nene bien, de abanderado permanente en la escuela primaria.

Entonces Fito, entonces en esta puta ciudad todo se incendia y se va, pero también cada vez que pienso en vos fue amor, fue amor.

Recuerdo una canción, Ámbar Violeta. Recuerdo ser adolescente. Recuerdo cerrar los ojos y cantarla en mi cabeza. Recuerdo.

Esas canciones fueron una educación sentimental, de rabia, de melancolía, de futuros poemas escritos a los 14 años para una chica que estaba con otro.

Hoy descubrí un tema del disco Abre, el octavo álbum de estudio, de 1999, que nunca había escuchado: La Despedida.

La suave melodía del piano entrando lenta, como esas noches que salía a caminar a la medianoche por la playa, en Costanera y 46, y me ponía de cara al mar para esperar viento. O cada abrazo de 10 segundos que le doy a mi hermano mayor en el aeropuerto de Ezeiza, primer piso, siempre que regresa a España, y alguna frase llorando en el oído de cuidate mucho, negri, de te voy a extrañar, te voy a extrañar, boludo. Henry Miller lo eternizó: lo que no está en plena calle es falso, inventado, es decir, literatura.

Algo se detuvo en punto muerto, fue tan grande ese silencio, fue tan grande el desamor, canta Páez. Y también: sabe amargo el licor de las cosas queridas, se acabó lo mejor, quién nos quita esta herida y me lleno de adolescencia, de infancia, de los cassetes, de la rabia, de los rezos, de mi amigo, de los poemas con 14 años, porque este mundo está lleno de hijos de puta y, a la vez, del licor de las cosas queridas.

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Publicado marzo 19, 2018 por danielmecca en Notas en la prensa, Relatos

Matilde Urbach   Leave a comment

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Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca
aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach.

Le Regret d’Héraclite, Jorge Luis Borges

Por Daniel Mecca (@dmecca1)

“Las desdichas son dones también, son la arcilla para la poesía”. Las palabras se desprenden de una entrevista a Jorge Luis Borges algún día de 1978. Lo dijo casi al pasar, pero llevaba la inminencia de la revelación. Yo descubrí esa arcilla a los 14, en la desdicha del amor. Mis cuadernos empezaron a acumular malos poemas, los primeros versos, palabras jóvenes de amor para esa chica, versos que eran un naufragio permanente; el latido era –es– una orilla incierta.

En el génesis de mi desdicha nació mi poesía, el acto de vida. Tenía razón Bukowski en su poema El genio de la multitud: aquellos que predican amor no tienen amor. El poeta no tiene amor, sino que lo predica. Allí su radica su carencia, su búsqueda, su motor de vida.

Esto implicaría que la posibilidad de amor –la posibilidad de dicha– atentaría contra la creación poética. Recordamos aquellas palabras de Borges sobre el poeta argentino Enrique Banchs al referirse a su obra: “La equívoca fortuna hizo que una mujer no lo quisiera”.

Hablamos, entonces, de que la ausencia de amor (es decir la ausencia de vida, la desdicha) abre la posibilidad a un acto creacional que es la poesía, una acción de vida. Y, bajo las mismas premisas, se observa que la presencia de amor (es decir de vida, la dicha) cierra la posibilidad de la creación poética, que, como se dijo, es acción de vida. Hegel planteaba que todo movimiento lleva en sí mismo su propia negación. Toda dicha lleva dentro de sí la raíz de la desdicha. Y viceversa.

Estamos ante una paradoja implacable. El amor (la poesía), así, se asume como una paradoja histórica: existe a la vez en la dicha y en la desdicha. Toda despedida (“esos dolores dulces”, diría el Indio Solari) materializa esta idea: en ellas se desmorona el latido más hermoso.

Cobra sentido, así, hablar de que el amor es hablar de la vida (el eros freudiano), pero hablar del amor es, también –además– hablar de la muerte (el tánatos). Pocas imágenes lo reflejan con tanta precisión como la notable escultura La Ninfa y el escorpión, de Lorenzo Bartolini, expuesta en el Museo del Louvre. Ella –una ninfa, una deidad– mira su hermosura y su herida. Los ojos abandonados. La piel joven. No es de dolor su mirada. Hay un delicado tormento. Se toca la piel, la íntima muerte. Ella se muere desnuda de vida.

Pero cuando hay amor no hay teoría. Tampoco en la pena de amor. A los 14 años, los versos que escribía eran relámpagos erráticos hacia ningún lado, era corporizar esos versos de Alejandra Pizarnik y ese ‘nada será tuyo salvo un ir hacia donde no hay dónde’. Era quedarme en su mirada, apenas unos segundos, sus ojos negros, y ella que no me veía, sus ojos negros, y yo que esperaba que me mirara porque en ese ese gesto, como un disparo, como un diamante, me crearía el latido, la piel.

“Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach”. Estos versos de Borges, que forman la totalidad del poema Le Regret d’Héraclite, quizás reflejen el vértice total de su poesía. Es la poetización de la más alta esperanza (la figura de Matilde Urbach es una figura utópica, inalcanzable), pero también de la más alta soledad. Ese poema recuerda a aquel breve relato que recuperan el mismo Borges y Bioy Casares en Historias Breves y Extraordinarias: “En el capítulo XI, de la Vida nueva, Dante refiere que al recorrer las calles de Florencia vio unos peregrinos y pensó con algún asombro que ninguno de ellos había oído hablar de Beatriz Portinari, que tanto preocupaba su pensamiento” (B. Suárez Lynch, Estudios dantescos, 1891).

Beatriz Portinari, como Matilde Urbach, son horizontes de amor.

(según se supo, Matilde Urbach es un personaje de la novela Man with four Lives, cuyo autor fue William Joyce Cowen. En la trama, un capitán inglés, en la guerra, mata cuatro veces distintas a un mismo capitán alemán. Según escribió el mismo Borges –14 de octubre de 1938 en la revista El Hogar– el alemán es un militar desterrado que proyecta, a fuerza de cavilar, una especie de fantasma corpóreo que guerrea y muere por la patria más de una vez”. Matilde es la enamorada del alemán. La noche antes de que éste parta hacia la guerra y la muerte ella le dice: “Ningún hombre del mundo sabrá nunca el sabor de mis labios, y ningún hombre del mundo podrá conseguir que yo desfallezca por conocer el sabor de los suyos”).

En su libro Maneras de hacer mundos, el teórico Nelson Goodman plantea que a menudo los intentos por responder qué es el arte no conducen a ninguna respuesta. Aclara además que un objeto puede ser una obra de arte en algunos momentos y en otros no, y que este objeto se convierte en obra de arte sólo cuando funciona como un símbolo de una manera determinada, por lo cual la pregunta que cabe hacerse sería “cuándo hay arte” (Goodman).

Del mismo modo, se puede pensar que la pregunta correcta no es qué es el amor, sino cuándo hay amor.

Hay amor en el poema de Borges, en aquellas manos que se rozan en un bar; hay amor en ese abrazo que di en un aeropuerto, en una cama cualquiera, en un beso cualquiera; hay amor en una canción, en una terrible negación de amor o en su terrible aprobación; hay amor en su perfume de los martes –aún lo puedo sentir–; hay amor en mi soledad y en la soledad de cualquiera; en las cartas que guardo en el segundo cajón; hay amor en tu cuerpo, en tu caricia, en tu despedida; hay amor dentro del amor y dentro del no amor. Siempre.

(Pienso en mis 14 años, en que siempre hay un naufragio en los ojos, un murmullo de tristeza joven, algo que tiembla cuando cae la lluvia, cuando somos desiertos, jazmines que nacen con la ceniza. Pienso en cada beso que di, en cada vez que te perdí –que es siempre la misma vez–, en cada caricia como un mundo; pienso en que te busco, que no sé quién sos, que me sumo a tu nombre, trazo tus pasos. Que hago de mi oficio tu amor, que te invento ausente, sin mapas. Que te quiero levemente. Leve. Invisible. Que aparecés quedándote en palabras).

Estas palabras no son más que un breve gesto de un inevitable perseguidor de amor: la esperanza de alguna vez desfallecer en los brazos de Matilde Urbach.

Artículo publicado en http://revistaelotro.wordpress.com/2014/04/20/matilde-urbach/

Publicado octubre 13, 2014 por danielmecca en Relatos

Escribir para no ser escrito   Leave a comment

escritor

Por Daniel Mecca (@dmecca1)

“Escribo para no ser escrito”. Fogwill tira la frase frente a la cámara, mira de costado, se ríe con sorna, con calle. Y sigue: “Escribo para sentirme más dueño de mis actos que si leyera o si obedeciera a los estímulos del mundo”. Toda escritura es una acción política. Toda indefinición sobre algún punto conlleva inexorablemente a la definición de un tercero sobre tu propia elección.

Lo mismo sucede con la escritura: la acción de encontrar la propia voz, el yo lírico, debe ser el resultado de una escritura sistemática, de una búsqueda de la propia mirada. Materializar esa mirada determina la emancipación. Si no escribís tu historia alguien, siempre, va a escribir la tuya.

La idea se puede transpolar de este modo a definiciones históricas: toda acción de escritura se convierte en metáfora, luego en realidad y luego en un eje medular de disputa por el poder hacia el reino de la libertad. La escritura, así, se revela como una pelea concreta en el terreno de la cultura, el espacio del cual tenemos que apropiarnos como trabajadores. En toda escritura —también— se determina la lucha de clases (“La palabra es la arena de la lucha de clases”, Bajtín).

Decía Barthes que la función de la escritura no es sólo comunicar, o expresar, sino imponer un más allá del lenguaje que es a la vez la historia y la posición que se toma frente a ella. Escribir, así, es materializar la historia, la nuestra, la que nos rodea y esa dialéctica permanente entre ambos factores. Escribir es dar vida, es crear un mundo, es la manera de hacer mundos.

“Hay pues en toda escritura presente una doble postulación: está el movimiento de una ruptura y el de un advenimiento”, escribió Barthes. La escritura busca, debe buscar, transgredir el terreno en el cual se apoya. Es, asimismo, la prisión donde la palabra también es encierro y permanencia del encierro; el autor se desenvolverá entonces en una eterna tensión entre crear un mundo (vida) y encerrarse en él (morir): esa paradoja es la condición de existencia de la escritura. Finalmente, el advenimiento —consecuencia del lenguaje escrito— es esperanza, es fe.

Esa fe, esa esperanza, que aparece en el momento de la escritura como fiebre, como destino: no podés dejar de escribir un instante porque allí, en el fondo, en lo hondo, está el horizonte donde uno se desploma y se nace en el mismo gesto. Como el latir.

Artículo publicado en http://revistaelotro.wordpress.com/2014/05/26/escribir-para-no-ser-escrito/

Publicado octubre 13, 2014 por danielmecca en Relatos

And ne forhtedon na   Leave a comment

borges

Me bajé en la estación Gèneve Cornavin cerca de las 9 o 10 de la mañana. En el andén el sol se demoraba junto al frío. Pedí un mapa de la ciudad. Busqué con el dedo el Cemètiere de Plainpalais, el único motivo por el cual ahora estaba ahí, en medio de Ginebra, a miles de kilómetros de Buenos Aires, con mi mochila en el hombro, con mi cuaderno de tapa bordó, con el papel donde tenía anotado el número de la tumba 735 posición D-6, con unos versos escritos la madrugada anterior. Abrí el mapa. Había que cruzar el puente, bordear el río Ródano, le Rhone, con sus barcos y sus muelles de postal; caminar unos 15 minutos por esa orilla de la ciudad que reflejaba el río y su silencio azul. Atravesé el Pont Blanc, desde donde se veía una enorme fuente de agua disparándose hacia arriba desde el río, el Jet d´eau. Agarré la Quai B Hugues, que después se convierte en la Q. de la Poste, o algo así. El agua tocaba la piedra gris de los muelles. Me pasé una cuadra, la puta madre. Doblé en la R. des Gazomètres, y me encontré en el Boulevard de Saint Georges, donde está una de las paredes del cementerio. Sonreí. Quiero decir: algo en mi cuerpo sonrió. Entré en una florería a mitad de cuadra. Buscaba una rosa. 5 francos, más o menos. Pagué. Hubiese pagado lo que sea. Merci. Au revoir. Salí rápido. Temía que el cementerio estuviera cerrado. Lo temía desde hacía días. Pensé, mientras caminaba, que si así fuese, podía saltar el muro, que no era tan alto, que no me iba a ir sin entrar –me envalentoné– no, de ninguna manera, no me iba a ir sin pisar la hierba fría, sin tocar esa piedra, esa tierra. Doblé en la Rue des Rois. Pateé quince metros, veinte, quizás. Vi la entrada sobre mi izquierda. Sencilla. Silenciosa. Sin énfasis. Las puertas abiertas. Respiré dos, tres segundos. El alivio. Entré. Había leído en unos artículos que al lado de la capilla estaba el mapa de las tumbas. Vi una especie de casa. No sé si era la capilla. Estaba cerrado. Pero ahí, sobre la derecha, afuera, aparecía el mapa. Estaba en orden alfabético. Pasé el dedo. Busqué la bé: Borges, Jorge Luis, tumba 735, zona D-6. Había que agarrar una callecita interna. Al fondo. A la izquierda. Avancé. Levanté la mirada. Se oían unos pájaros. El sol caía sobre el pasto verde, sobre sus manchas amarillas, su invierno. Antes de doblar, veinte metros antes, vi la tumba, callada, sola, sola. Vi la parte de atrás de la tumba. La reconocí. La piedra. La lápida. Un rectángulo en forma de arco, irregular, pesado. Doblé. Unos metros más. Me paré. Me detuve. Todo mi yo se detuvo. Me acerqué. Toqué la piedra con la mano. Lento. Deslicé la mano en un movimiento de lenta caricia. Miré hacia adelante. Cerré los ojos. Hice un gesto de lágrimas con la cara. Los abrí. No había nadie alrededor. No lloré. Apoyé la rosa sobre el pequeño jardín. No había ninguna otra.

Hacía frío. Era un frío oculto porque allá, si mirabas al cielo, brillaba el sol, ese sol que brillaba también en distintas partes del pasto, en los árboles cuyas copas caían sobre la tierra como brazos cansados, antiguos, como manos que descansan en otras manos. Estuve parado ahí unos minutos. Vi el frente de la tumba: aparecía un grabado donde se ve la figura de siete guerreros. Había leído que se trataba de una copia de otra lápida que fue eregida en el siglo IX en el monasterio de Lindisfame, en el norte de Inglaterra, y que recreaba el ataque vikingo sobre ese monasterio en el año 793. Dicen que Borges mismo explicó que se trata de un grupo de guerreros nortumbrios, que uno blande una espada rota, que todos arrojaron sus escudos, porque su señor ha muerto en la derrota y ellos avanzan para hacerse matar, avanzan porque el honor los obliga a acompañarlo. Vi la lápida. Vi la espada rota. Vi los guerreros apuntando sus armas hacia el cielo. Vi los ojos cerrados, el caminar. Vi la muerte que los espera, el honor, la sangre por morir, la sangre quieta. Debajo del grabado aparece una frase: “And ne forhtedon na”. La piedra está pulida sobre esas palabras. Brillaba como un eco gris. Cuentan (lo leí en un artículo del diario El País) que es un frase escrita en inglés antiguo. Cuentan que se creyó -se sigue creyendo- que significa “Las puertas del cielo se abrieron hacia él”. Pero en realidad –cuentan– la traducción correcta es “Y que no temieran”. Que viene de las antiguas sagas nórdicas, de un poema épico del siglo X llamado “La balada de Maldon”, que rememora el enfrentamiento que ocurrió por el año 991, en el río Blackwater, en Essex, Inglaterra, un 10 u 11 de agosto, o por ahí. Que es un verso de un poema que dice

Entonces comenzó Byrhtnoth a arengar a los hombres
cabalgando les aconsejó, enseñó a sus guerreros
cómo debían pararse y defender sus lugares.
Les ordenó que sostuvieran bien sus escudos
con sus puños firmes y que no temieran.
Entonces, cuando sus huestes estuvieron bien ordenadas,
Byrhtnoth descansó entre sus hombres donde más le gustaba estar
entre aquellos guerreros que él sabía más fieles.

and bæd þæt hyra randas rihte heoldon
fæste mid folman, and ne forhtedon na.
þa he hæfde þæt folc fægere
getrymmed,
he lihte þa mid leodon þær him leofost
wæs,
þær he his heorðwerod holdost wiste.

Arriba del grabado de los guerreros –que Borges vinculó con “La Balada de Maldon”– se leen otras palabras talladas en la lápida, una imprenta encursivada, también pulidas, también como un eco sobre la sombra de la piedra gris. Tres palabras: Jorge Luis Borges. Debajo de todo, una cruz de estilo celta, pequeña, y dos números, las dos fechas abstractas, la brevedad de la sangre. El término:

1899
1986

Recuerdo aquel final de un poema suyo: “Sólo esa piedra quiero. Sólo pido
las dos abstractas fechas y el olvido”.

El reverso de la lápida oculta otros símbolos. En la parte superior se lee la frase:

Hann tekr sverthit Gram ok leggr i methal theira bert.

Son dos versos del capítulo 27 de una saga islandesa del siglo XIII, la Völsunga Saga 27, que se traduce como “Él tomó su espada, Gram, y colocó el metal desnudo entre los dos”. Debajo aparece la imagen grabada de una nave vikinga y luego la frase: “De Ulrica a Javier Otálora”. Es un homenaje de María Kodama, quien diseñó la lápida. Viene, precisamente, del cuento Ulrica, de Borges, de un diálogo que tienen el protagonista Javier Otálora y Ulrica, su amor, el amor, la imagen del amor. Allí, en el cuento, se lee:

-Yo querría que este momento durara siempre -murmuré.

-Siempre es una palabra que no está permitida a los hombres -afirmó Ulrica y, para aminorar el énfasis, me pidió que le repitiera mi nombre, que no había oído bien.

-Javier Otálora- le dije.

Quiso repetirlo y no pudo. Yo fracasé, parejamente, con el nombre de Ulrikke.

-Te llamaré Sigurd- declaró con una sonrisa.

Si soy Sigurd -le repliqué- tu serás Brynhild.

Había demorado el paso.

-¿Conoces la saga?- le pregunté.

-Por supuesto -me dijo-. La trágica historia que los alemanes echaron a perder con sus tardíos Nibelungos.

No quise discutir y le respondí:

-Brynhild, caminas como si quisieras que entre los dos hubiera una espada en el lecho.

La historia de esta saga islandensa viene así: dicen que el héroe Sigurd comparte una noche el lecho con Brynhild, la pretendida por el hermano de su esposa. Dicen que para evitar tocarla colocó una espada entre los dos. Años después, Brynhild hace matar a Sigurd. La mujer, al ver lo que se hizo, al ver que no puede sobrevivir sin él, se apuñala, se mata, y pide yacer en la misma tumba que Sigurd y que entre los dos esté la espada, el metal desnudo.

Terminé de mirar la lápida. Tenía en la mochila unos versos que había escrito para Borges la noche anterior. Los había escrito en un departamento de Lyon, a unos 12 minutos de Ginebra en tren. Los había escrito a la madrugada, tipo 1 o 2, un tercer piso, mirando de fondo, por la ventana, el lago Léman, la sombra que se posaba sobre el agua. Había escrito:

Es madrugada cerca de Ginebra.
Oigo el viento frío desde la ventana,
el sonido de los jardines a la noche.
El agua avanza sobre el lago Léman, el silencio.

No pude más del sueño. Me dormí. El resto lo escribiría a la mañana, frente a la tumba. Esa mañana que ahora estaba frente a mí. Pero otro el día, otra mirada, era otro el poema, el sentir. Tenía que escribirlo ahí. Dejé la campera negra al pie de un árbol. Todo era silencio, silencio. Había un banco, pero estaba en otra tumba, a varios metros. No había nadie. Saqué el cuaderno y la lapicera. Tiré la mochila en la tierra del camino, como una manta. Me senté ahí, frente a la tumba. El frío. El viento. El silencio. Escribí “la luz toca el verde de tu piedra, de tu adiós. La luz toca tu tierra, tu cuerpo sin cuerpo, tú…”. Empecé a tachar. Cambié de hoja. Escribí “Una rosa entra ahora en vos”. Unos cuarenta minutos después pasé el poema final en una hoja limpia. El frío me abordaba las manos, la cara. Lo leí frente a la tumba, con mi destino sudamericano. Se lo dejé debajo de la lápida, entre dos pequeñas piedras, hundido en la tierra sin temor. La luz de febrero descubría los senderos del jardín.

Borges

La luz toca el verde de tu piedra,
toca tu tierra, tu cuerpo sin cuerpo;
es el río que toca tu nombre,
el sonido de los jardines a la mañana.
Una flor entra ahora en vos,
en tu pecho muerto,
entra en la orilla incierta
donde la paz, al final, se hace piel y agua.
Así te siento, Borges; así te encuentro.

D.M.

Publicado febrero 20, 2014 por danielmecca en Relatos, Viajes

Página 69   Leave a comment

pagina 69

Crucé la plaza Lope de Vega, en el centro de Valencia. Serían las dos de la tarde. Caminaba sin destino, a ningún lado. Me metí por un callejón y vi unos pequeños puestos de libros, en una esquina, tipo Parque Centenario. Uno solo estaba abierto. Pasé de largo. Caminé unos metros. No sé por qué regresé al puesto. Pregunté si tenía algo de poesía. ¿Buscas algo en particular?, me respondió el hombre, la voz española, una campera bordó, gastada. Le dije que buscaba poesía de España, pero que la verdad, bueno, que nada en especial. El hombre sacó varios libros del fondo. Empecé a revisarlos. Me gustó uno de Luis Cernuda, la antología poética. Lo abrí en cualquier página. Leí unos versos: “Eras, instante, tan claro”. Sonreí en silencio. Lo separé en un costado. ¿Me dijo que también tenía uno de Miguel Hernández, no?, le pregunté al hombre en tono argentino. Me trajo desde adentro “El rayo que no cesa”, de Hernández. Me puse a hojearlo. Estaba todo rotoso. Abrí la primera página, que estaba escrita con tinta azul: “En la página 69 hay un poema: cuando lo leas yo estaré, siempre que esto ocurra, en él. Llorar es lanzar por los ojos una porción de Amor. Cariñosamente. Juan Lizanoga (o Lizaroga, o Lizavoga). 18 de marzo de 1965”. Las páginas del libro estaban amarillas. Busqué el año de edición: tercera edición, 9 de febrero de 1959. Fui a la página 69.

“Es muy común que estén escritas dedicatorias en los libros”, deslizó el hombre. ¿Y le gusta a usted la poesía?, le pregunté mientras le pagaba 8 euros por los dos libros y me los ponía debajo del brazo. Pues bueno, que sí, que tiene unos 1.200 libros de poesía en la casa –abrió los brazos como si señalara una enorme biblioteca-, que la casa está a dos minutos caminando de su puesto, que ama a Cernuda, a Miguel Hernández, al poeta griego Cavafis, pero que los años le van jodiendo la vista –lo dijo y miró la calle, a nadie en particular– y que ya no puede leer como antes. La vista y la próstata, esa próstata que ya no lo deja hacer nada, no lo deja trabajar, no lo deja viajar, que coño, que no lo deja ser feliz. Esa próstata que a veces lo ataca como cuchillas por dentro, lo dijo así, como cuchillas, y entonces nada es poesía, el dolor, no poder mear en media hora, tener que volver a su casa, lograr relajar cada tendón del cuerpo, sentarse en ese sillón suyo, tan suyo. Y volver, de a poco, volver lejos de ese dolor, regresarse. Y no tener un puto duro, que la crisis, que el doctor que parece que lo viene jodiendo, así lo dijo, me viene jodiendo, porque las pastillas que le da no le hacen nada y le dice que no se opere, que puede evitarlo con el tratamiento. Ya quisiera, me dijo el hombre, que los turnos en las hospitales públicos para esa operación tardan entre un año y medio y dos años, y una operación con laser cuesta unos 2000 euros. ¿De dónde puedo sacar yo tanto dinero, dime, con esto?, se lamentó señalando su puestito, su humildad, sus 60 o 61 años, sus jeans rotos, y que lo difícil que le den un préstamo bancario a uno, que un amigo suyo le ha dicho que por enfermedad se lo darían, pero que los intereses, que la crisis, que ganar dos mangos con los libros. Pero Manolo, así se llama, no solo se lamenta por la pasta –no hay pasta–, no solo se lamenta por la guita, que no hay guita. Manolo miró su puestito, su choza –como la llamó, alguna vez, un amigo suyo argentino– y vio otros tiempos, como ese año 78 cuando estuvo en Paris y fue feliz, como mirar el rozar del mar, fue feliz, como esos años de pibe en que viajó a Francia, a Yugoslavia, a Italia, a Marruecos, que tenía una librería, una buena librería, a unas dos cuadras de su actual choza, que luego de las ferias de libros de Valencia podía juntar algo de pasta, que amaba viajar, ver otros cielos, que se las tomaba sobre todo en los días de fallas valencianas, con ese ruido insoportable, que hay algo que le duele más que todo, más que la guita, que la próstata, más que la gente ya no compre libros, más que la crisis: le duele saber que se va a morir sin poder regresar a Paris. Hizo un silencio. Miró el piso. Se puso la mano en los bolsillos. El frío.

Manolo nunca viajó a Argentina, que le encantaría, que tiene un librero conocido en esa avenida principal, que cómo se llamaba, ah, sí, avenida Corrientes, que su nombre es Martín, el librero Martín, que no puedo recordar cómo se llamaba su puesto. Que si lo ves dile que has estado con Manolo, el de la choza, que va a flipar cuando se lo digas. ¿Alguna referencia de cómo buscarlo?, pregunté. Pues no, que se llama Martín, que tiene una librería por la calle Corrientes, que has estado conmigo, en la choza. Sonrió, calladamente. Empezó a despedirse. Tenía que cerrar. Que lo había pillado de casualidad en el puesto porque estaba esperando a un chico de enfrente que tenía que darle un recado, un mensaje de la novia de éste, creo, que le habían aceptado un trabajo, que es un milagro con los 35 años del muchacho y que la crisis. Le di la mano. Le dije que pasaría a visitarlo cuando regrese, alguna vez, a Valencia, que mi hermano vive en la ciudad. Que volvería.

Empecé a caminar. Fui hasta la Plaza de la Reina, a unas cuadras. Me senté en un banco. Abrí el libro de poemas de Miguel Hernández, la tapa rotosa. Empecé a leerlo, la primera hoja con la dedicatoria, la letra azul. Seguí. Me detuve en la página 69. Lo leí, una, dos veces. Cerré los ojos. El sol, invernal, pegaba en su tarde.

Por una senda van los hortelanos,
que es la sagrada hora del regreso,
con la sangre injuriada por el peso
de inviernos, primaveras y veranos.

Vienen de los esfuerzos sobrehumanos
y van a la canción, y van al beso,
y van dejando por el aire impreso
un olor de herramientas y de manos.

Por otra senda yo, por otra senda
que no conduce al beso aunque es la hora,
sino que merodea sin destino.

Bajo su frente trágica y tremenda,
un toro solo en la ribera llora
olvidando que es toro y masculino.

Publicado febrero 19, 2014 por danielmecca en Relatos, Viajes

Aucle   Leave a comment

-¿Do you need help?

Había llegado hacía unos minutos desde Madrid en el vuelo EZY3904. Estaba perdido en medio de la estación de trenes de París, en el aeropuerto Charles de Gaulle. Perdido y mirando fijo un enorme mapa, tamaño diario La Nación, tratando de entender cómo llegar hasta la estación de metro Gare du Nord donde estaba mi hostel. No entendía los carteles en francés. La gente atravesaba la estación a las corridas. Un murmullo rápido, neurótico. Me paré para estudiar el mapa cuando de repente escuché la pregunta. Levanté la vista. Una señora me estaba mirando, unos 60 años, quizás menos. ¿Do you need help?, repitió ante mi silencio. “Yes, please, ¿do you speak spanish?”, me la jugué. Me dijo que sí, que había vivido en España, que era del este de Paris, que ahora estábamos a las afueras de la ciudad, que había que tomarse un tren de cercanía. Me acompañó a comprar el ticket en una de las máquinas. ¡¿Qué, 9 euros?!, exclamé en un tono argentino al ver la pantalla. No me entendió. Puse las monedas. ¿De Buenos Aires?, preguntó ella, retórica, cuando le conté de dónde era. “Mi sueño es ver un partido de Polo en Buenos Aires”, completó. Fuimos hasta lo que serían los molinetes argentinos, pero acá son como pequeñas compuertas de plástico, que se abren y se cierren cuando ponés el billete, más o menos cada 6 segundos. Los conté. Ella pasó. Yo iba a poner mi ticket cuando vi que una de ellas había quedado abierta. Luz verde. Ya fue, me mando, me dije. Me mandé. Pasé. Ella no me vio. Creo que sonó una alarma. No sé si era por mí. No miré atrás. Subimos al tren. Nos sentamos en el vagón del fondo. La señora me contó que era veterinaria, que trabajaba con medicina para caballos, que sabía castellano porque alguna vez estuvo cuidando caballos en Málaga. Decía Málaga, decía caballos y resplandecía. Iban pasando las estaciones, los suburbios. Íbamos todos a Paris. Subieron unos pibes. Se armaron un porro en el otro asiento. Se bajaron. La señora me iba explicando el mapa, se quejaba de tener que ponerse los anteojos para hacerlo. Lo hizo dos o tres veces. Algo le dolía en la edad. En la mirada. Le pregunté entonces por ella: ¿vives con tu familia? Miró directo a la ventana, al paisaje de los suburbios parisinos. No recuerdo si tenía puesto los anteojos. Recuerdo su mirada, los ojos bajos, arrinconados. Miraba su memoria. El tren avanzaba como latidos. “Mi familia murió”, susurró. Hizo silencio. Dos, tres, cuatro segundos. La miré a los ojos. Luego miré la ventana. El mismo paisaje que ella. No dije nada. “Pero me están esperando mis dos gatos”, corrigió la tristeza, con una sonrisa, y agregó que su hermano vivía por algún lugar a las afueras de París, no sé dónde. Me dijo que se llamaba Aucle, que se pronuncia Okl, o Oukl, o algo así, pero que era muy difícil pronunciarlo en castellano. Me dijo que de joven leyó a los poetas españoles. Me dijo que la próxima, creía, era la estación Gare du Nord, que ella seguía hacia el este. Le agredecí, merci, au revoir, chau Aucle, que un gusto. Me bajé. Caminé hasta el centro de la estación. Miré alrededor. Miré los carteles. Otra vez el murmullo. Otra vez estaba perdido.

Publicado febrero 6, 2014 por danielmecca en Relatos, Viajes

Goya, Mariano Ferreyra y Madrid   Leave a comment

Había salido del Museo del Prado después de las ocho de la noche hora Madrid. En la calle, unos dos grados: la rigurosidad del frío. Minutos antes había estado contemplando –después de más seis horas recorriendo el lugar- la pintura de Goya, “el fusilamiento”: los faroles de la luz que iluminaban esa figura de camisa blanca, los brazos levantados, el movimiento en forma de cruz, la muerte llegando a la mirada, los gritos no pintados, el sonido del plomo. Estremecí. Salí a la calle. Me puse el gorro azul de lana, la campera. Noté la noche, las sombras sobre los árboles del parque. Agarré el Paseo del Prado. Me metí en una iglesia que crucé en el camino. Sobre el fondo de ella, al entrar, se veía un enorme cuadro renacentista: creo haber visto dibujado allí la crucifixión de Cristo, su rostro en dolor, su pronta muerte. Pero no recuerdo bien, estuve no más de un minuto: había misa y me las tomé. Crucé la avenida. Pregunté cómo hacía para llegar al Paseo de los Recoletos. Pregunté a tres personas. Nadie sabía. Insistí: en esa calle, en el número 21, estaba el Café Gijón, el café donde pasaron García Lorca, Cortazar, Borges, Octavio Paz, Dalí Hemingway. Llegas –así, sin el acento en la última “a” – hasta la plaza de Cibeles y coges el Paseo de los Recoletos que es la continuación del Paseo del Prado, ¿vale?, me respondió un muchacho, 30 años más o menos. Al llegar a la puerta del Café pegué la ñata contra el vidrio. Me temblaban las manos del frío. Luego miré los precios en la carta de afuera: un café, 2 euros y medio. Me senté en el fondo. El mozo que me atendió primero –de mala manera– me dijo que no podía sentarme al lado de la ventana, que ésas eran para cenar. Me lamenté: yo quería hacer literatura; quería hacer tango con la mirada. Otro mozo pasó y me saludó. Era la mía: quería que alguno me hablara de los escritores que pasaron por allí, que me contara algo de ellos, cualquier cosa que abriera ese cristal del tiempo. “¿Acá venían escritores, no?”, pregunté retórico, fingiendo ingenuidad, cuando éste pasó cerca. “Sí, claro, yo he conocido acá a Julio Cortazar, a Borges”, contestó José, porque se llamaba así, José a secas, pero eso vendrá después. Es más –agregó el tipo- en 10 minutos arrancará una reunión de poetas y como todos los lunes, a las nueve de la noche, hay lectura. “Qué bueno, yo soy poeta en Buenos Aires, tengo publicado un libro”, fanfarroneé. “¿Ah, sí? Entonces podeis leer esta noche, vale?”, se enganchó el mozo. Titubeé unos segundos. No lo esperaba. Dudé. Le dije que sí. Empecé a buscar por el celular, en el mail, qué podía leer. Repasé los últimos poemas que irán en el nuevo libro.

Me dejo en vos
en tu luz
no escrita
ángel del instante

Sí, vamos con ese que arranca así, me envalentoné. Empezó la tertulia. Habría unos 35 poetas. Se iban parando para leer. Recitaban con los ojos cerrados, con el cuerpo, con la voz como un puño delicado. Afuera pasaban los autos por el Paseo de los Recoletos: las luces amarillas titilaban en los vidrios fríos. Entonces, no sé por qué, pensé en Mariano Ferreyra.

Me presentó José, el mozo, que resultó además uno de los poetas. Me presentó en forma de verso, con lo poco que le había contado: que yo era de Buenos Aires, que me estaba yendo en unos días a Paris a seguir la ruta de Cortázar, que luego iría a Ginebra a la tumba del maestro Borges. Me paré en el centro: dije que era una casualidad que yo estuviera parado ahí, que había entrado por un café y de repente todo esto, pero como decía Cortázar –seguí– “un encuentro casual era lo menos casual en nuestra vidas”. Algunos se rieron de literatura. Me injurié por dentro por snoberla tanto. Dije que en un principio iba a leer un poema de mi próximo libro, pero que cambié de opinión. Conté entonces quién era Mariano Ferreyra y por qué lo mataron el 20 de octubre de 2010. Que tenía 23 años. Que era un militante revolucionario. Que le pegaron un balazo por luchar. Por pelear por un mundo mejor. Que era importante que supieran de él en España. Y recité ese poema que le escribí.

Cada uno lleva su rebelión en los ojos. Todas las miradas estallarán alguna vez.
Vos dejaste los ojos abiertos aquel mediodía de octubre.
No te mataron, Mariano: esa mirada firme es tu latido que avanza.

Una mujer sacó una foto sobre el final del poema. Creo que no hubo más registro que ése. Mariano, su memoria, quedaban en Madrid. Más tarde recité otro poema, uno de amor. Salí a la calle cerca de las once de la noche hacia la Cibeles. Tomé el metro en la estación Banco de España.

Publicado febrero 5, 2014 por danielmecca en Relatos