Archivo para la categoría "Relatos"

Todas las sonrisas al final   Leave a comment

Cuando ella sonríe las cosas tienen sentido. Es un solo movimiento, breve, leve, pero que se extiende como luz. Eso lo supe desde que la vi por primera vez. Primero fue la mirada, sencilla, los ojos negros, un poco cerrados, así como mirar horizontes. Era como esas medianoches de verano, en la costa, te acordás, esas en que me ponía a caminar solo por la arena, un poco de viento en la cara y en los brazos, la mirada perdida en el mar, en la levedad del mar, el sonido del agua, el aire conmovido. Pero la sonrisa de ella es anterior, es de la adolescencia, sí, de esos años de pibe, de esa poesía de pibe; lo de caminar por la arena vino después, años después, claro, pero sabés que siento que ella es ese viento y ese mar y esa medianoche, no sé cómo explicarte. Y después de la mirada venía su sonrisa. Sí, la sonrisa, como te digo, como si te dijera que alguien viene y te acaricia la cara cuando estás triste, tirado por ahí; una sonrisa que es como cuando te arropás en invierno, me entendés, algo que hace de tu piel una orilla donde alguien llega a rescatarte de todo. Pero con ella siempre fue todo olvido, nunca me quiso, eso lo sabés. Sí, ya sé que me voy de tema con todas estas metáforas, pero es lo que siento, qué querés que haga. No, no, pero escuchame, el que tema es que la volví a ver, sí, después de muchos años, la vi de casualidad, no está muy distinta, apenas, pero su sonrisa no tiene edad, ya te dije: me miró, la mirada sencilla, los ojos negros, un poco cerrados. Y me sonrió. Sí, ya sé, soy un pelotudo, pero escúchame, creo que todas las sonrisas al final son esa primera sonrisa, todas las miradas son esa mirada, porque se puede estar yendo todo al carajo, pero cuando alguien te sonríe así las cosas tienen sentido.

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Publicado diciembre 30, 2018 por danielmecca en Relatos

Casi triste   Leave a comment

Algo así como casi triste: es la voz de Chet, esa mano lenta sobre la voz, y no es melancolía lo que sale del sonido, no caigamos en lugares comunes. Hay cosas que no se escriben, hay vidas que son sólo eso, una boquilla de trompeta, un labio, una tristeza, y ahora esa voz que surge, del largo fondo de nosotros, la pronunciación de una vida, de una boca rota, de una cara marcada, de los ojos cerrados como irse a morir. ¿Qué hay, Chet, en lo que no cantás? Cigarrillos en la boca de alguien, casi triste, algo así, brillando debajo.

Publicado diciembre 24, 2018 por danielmecca en Relatos

Escribir sin esperanza y sin desesperación   Leave a comment

Mirá, hay una frase que dice: hay que escribir sin esperanza y sin desesperación. Es de Isak Dinesen. Va por ahí la cosa. Hay algo de esa porquería budista en todo eso, sí, pero qué se yo, está bueno poder decir Todo es una mierda, pero bueno, algo aporto, es importante. Cuando veo que estoy rosqueando de más la cabeza trato de bajar, poner Miles Davis, Kind of blue, no sé, parar la pelota, decir no es para tanto la verdad. Me decís: a mi la vida me gusta, pese a todo. Pero decir que la vida es una mierda no significa no quererla. Al contrario. Es, en algún punto, quererla más. ¿Viste la película Babel? Hay una frase al comienzo que dice: “Las luces más brillantes en la noche más oscura”. Siempre me gustó, justamente por esto. Ojo, como te digo todo esto, un día voy y me tiro del departamento. Pero qué se yo, trato de no preocuparme tanto. Fuerza, amigo, sabés que te quiero mucho, que contás conmigo, etcétera.

Publicado diciembre 24, 2018 por danielmecca en Relatos

El licor de las cosas queridas   Leave a comment

 

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El mundo está lleno de hijos de puta.

Mi amigo Esteban vivía a 50 metros de casa, en la misma vereda. Allí estaba la casa de su viejo. Me acuerdo del piano polvoriento. También que jugábamos, con él y mi hermano menor, debajo de una ancha mesa en el living. ¿A qué jugaríamos? Tendríamos seis años, menos quizás. Aquella vez nos fuimos de noche. Juraría que era verano. La casa de su mamá, años más tarde, estuvo a cinco cuadras, un primer piso, donde los sábados jugábamos al Sega los tres. Subir esa escalera, cada sábado, el olor a lavandina en el piso, la chocolatada a la tarde, los campeonatos del Superstar Soccer Deluxe, la sonrisa cansada de Elvira, su mamá enfermera que había trabajado toda la madrugada.

Recuerdo que alguna vez Esteban trajo cassettes, luego CDs: Giros, Del 63, Ciudad de Pobres Corazones, Tercer Mundo. Son los noventa.

Tendríamos ocho, nueve años, quizás diez. Con mi amigo, que es un año más grande, cantábamos cómplices el estribillo de El chico de la tapa: El mundo está lleno de hijos de puta, y hoy especialmente está llena de ruta, no voy a morir, no voy a morir de amor. Nos reíamos.

Escribió Borges que el hoy fugaz es tenue y es eterno. Mi hoy eterno es estar cantando ese estribillo en alguna parte de mi casa.

Porque ese riff, esa batería acelerada, ese “¡y si no le das te manda a guardar!”, entraban rebeldes por algún lado de mi casa católica, de los rezos antes de dormir cuando éramos chiquitos, del rosario que había que recitar en los viajes largos, de la mirada de nene bien, de abanderado permanente en la escuela primaria.

Entonces Fito, entonces en esta puta ciudad todo se incendia y se va, pero también cada vez que pienso en vos fue amor, fue amor.

Recuerdo una canción, Ámbar Violeta. Recuerdo ser adolescente. Recuerdo cerrar los ojos y cantarla en mi cabeza. Recuerdo.

Esas canciones fueron una educación sentimental, de rabia, de melancolía, de futuros poemas escritos a los 14 años para una chica que estaba con otro.

Hoy descubrí un tema del disco Abre, el octavo álbum de estudio, de 1999, que nunca había escuchado: La Despedida.

La suave melodía del piano entrando lenta, como esas noches que salía a caminar a la medianoche por la playa, en Costanera y 46, y me ponía de cara al mar para esperar viento. O cada abrazo de 10 segundos que le doy a mi hermano mayor en el aeropuerto de Ezeiza, primer piso, siempre que regresa a España, y alguna frase llorando en el oído de cuidate mucho, negri, de te voy a extrañar, te voy a extrañar, boludo. Henry Miller lo eternizó: lo que no está en plena calle es falso, inventado, es decir, literatura.

Algo se detuvo en punto muerto, fue tan grande ese silencio, fue tan grande el desamor, canta Páez. Y también: sabe amargo el licor de las cosas queridas, se acabó lo mejor, quién nos quita esta herida y me lleno de adolescencia, de infancia, de los cassetes, de la rabia, de los rezos, de mi amigo, de los poemas con 14 años, porque este mundo está lleno de hijos de puta y, a la vez, del licor de las cosas queridas.

Publicado marzo 19, 2018 por danielmecca en Relatos

No entres dócilmente en esa noche quieta, Colo   Leave a comment

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El mensaje colectivo del Colo Rath llegó por mail el jueves 24 de diciembre de 2015 a las 16.51. Lo envía, cada año, inexorablemente, por esa fecha. En 2016 llegó el sábado 24 las 18.55. En 2014 fue el martes 23 a las 22.06 con la frase “porque cada uno y cada una, a su manera, sueñan despiertos. Feliz año”. Ese jueves 24 de diciembre de 2015 su correo comenzaba así: “He aquí un verso de Dylan Thomas del que nos enamoramos junto a Pablo”.

Pablo, el que también se enamoró de esos versos, era Rieznik. En el mail, adjuntado, estaba el texto de Dylan Thomas, el poeta británico que pasó a la historia en el Greenwich Village de Nueva York y se fue en 1953, después de tomar -marca la leyenda- 18 whiskys seguidos en la White Horse Tavern.

Decía Roberto Bolaño que hay momentos para boxear y otros para escribir poesía. Ese poema de Dylan Thomas hace las dos cosas a la vez: “No entres dócilmente en esa noche quieta. Los buenos, que tras la última inquietud lloran por ese brillo con que sus actos frágiles pudieron danzar en una bahía verde rabian, rabian contra la agonía de la luz”.

Escribo esto después de verte en la sala 11 de terapia intensiva del hospital en el mediodía del 13 de marzo. Me enteré anoche que estabas internado, Colo, perdoname que no fui antes. Estás ahora en coma inducido, con respirador, lleno de cables, de ruidos de máquinas, de fiebre en 38 grados, de sábanas blancas, de tus ojos apenas abiertos, de ella que te toca la mano, te dice algo cariñoso al oído, y vos te movés, temblando, luchando, como resistiendo, andá a saber desde qué lugar, Colo, desde qué sueños, y luego un abrazo en el pasillo, un estoy tan triste y lágrimas. Estás resistiendo. Sí. Te oponés. Todavía no.

Tu mensaje del 24 de diciembre de 2016: “En nuestro brindis estarán ustedes para celebrar la pasión, la vida exuberante, el deseo de nunca dejar de asombrarnos, la lucha por esa sociedad de iguales y de asombros, por lo que el hombre puede hacer dejando atrás la prehistoria. Abrazo enorme”.

Por una sociedad de iguales y de asombros. Qué hermoso, Colo.

Fuiste un norte el tiempo, más de dos años, que trabajamos juntos en la prensa, yo en cultura. Lo seguís siendo. No solo por nuestros debates sobre cultura y revolución, no lo solo por lo aprendido de tu ávida, vibrante generación, sino por la transmisión de un método: ante la escritura de cualquier artículo hacer un debate sistemático de todo el equipo para encontrar el mejor ángulo de abordaje. Eso sí, me llamabas los sábados, quizás 8.30 de la mañana, y qué hashés, pibe, u Hola, pibe, escuchame, ese artículo que. Y yo que no podía creer la hora en que me llamabas. O tus lacónicos mensajes de voz en el contestador: “Llamame. El Colo”.

Aprendo de tu rigurosidad. Encuentro ahora un mail tuyo, fechado el sábado 3 de octubre de 2015 a las 9.12 de la mañana: “Rigurosamente, todo texto que supere los 4.000 espacios debe ser devuelto al autor, para que lo adapte a ese máximo”. También te copié —Borges diría que es reescritura— eso de estar siempre con una pila de diarios y recortes bajo el brazo.

Tu último mensaje de Navidad fue el domingo 24 de diciembre de 2017 a las 16.19: “Un enorme abrazo para esta Navidad y este Año Nuevo. Todos los sueños, todos los proyectos, los propios y los de todos”. El de 2014 lo acompañaste con un poema de D.H. Lawrence: “Todo el mundo sueña, pero no de la misma forma/ Aquellos que sueñan de noche en los recesos polvorientos de la mente/ se despiertan por la mañana y descubren que era solo vanidad./ Pero quienes sueñan de día son gente peligrosa /porque sueñan con los ojos abiertos y los hacen convertirse en realidad”.

Este no es un texto que espera. No es un homenaje. Nada de periodismo. Es un texto para ahora, para estas horas sin tiempo en que luchás por tu vida, un texto para acompañar tu resistencia, para decirte que te quiero mucho, que fuerza, que todavía no, que acá estamos peleando, junto con vos, por el derecho al pan y a la poesía, por una sociedad de iguales y de asombros, y que, como Dylan Thomas, sabemos, no vas a entrar dócilmente en esa noche quieta.

Publicado marzo 16, 2018 por danielmecca en Relatos

Matilde Urbach   Leave a comment

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Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca
aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach.

Le Regret d’Héraclite, Jorge Luis Borges

Por Daniel Mecca (@dmecca1)

“Las desdichas son dones también, son la arcilla para la poesía”. Las palabras se desprenden de una entrevista a Jorge Luis Borges algún día de 1978. Lo dijo casi al pasar, pero llevaba la inminencia de la revelación. Yo descubrí esa arcilla a los 14, en la desdicha del amor. Mis cuadernos empezaron a acumular malos poemas, los primeros versos, palabras jóvenes de amor para esa chica, versos que eran un naufragio permanente; el latido era –es– una orilla incierta.

En el génesis de mi desdicha nació mi poesía, el acto de vida. Tenía razón Bukowski en su poema El genio de la multitud: aquellos que predican amor no tienen amor. El poeta no tiene amor, sino que lo predica. Allí su radica su carencia, su búsqueda, su motor de vida.

Esto implicaría que la posibilidad de amor –la posibilidad de dicha– atentaría contra la creación poética. Recordamos aquellas palabras de Borges sobre el poeta argentino Enrique Banchs al referirse a su obra: “La equívoca fortuna hizo que una mujer no lo quisiera”.

Hablamos, entonces, de que la ausencia de amor (es decir la ausencia de vida, la desdicha) abre la posibilidad a un acto creacional que es la poesía, una acción de vida. Y, bajo las mismas premisas, se observa que la presencia de amor (es decir de vida, la dicha) cierra la posibilidad de la creación poética, que, como se dijo, es acción de vida. Hegel planteaba que todo movimiento lleva en sí mismo su propia negación. Toda dicha lleva dentro de sí la raíz de la desdicha. Y viceversa.

Estamos ante una paradoja implacable. El amor (la poesía), así, se asume como una paradoja histórica: existe a la vez en la dicha y en la desdicha. Toda despedida (“esos dolores dulces”, diría el Indio Solari) materializa esta idea: en ellas se desmorona el latido más hermoso.

Cobra sentido, así, hablar de que el amor es hablar de la vida (el eros freudiano), pero hablar del amor es, también –además– hablar de la muerte (el tánatos). Pocas imágenes lo reflejan con tanta precisión como la notable escultura La Ninfa y el escorpión, de Lorenzo Bartolini, expuesta en el Museo del Louvre. Ella –una ninfa, una deidad– mira su hermosura y su herida. Los ojos abandonados. La piel joven. No es de dolor su mirada. Hay un delicado tormento. Se toca la piel, la íntima muerte. Ella se muere desnuda de vida.

Pero cuando hay amor no hay teoría. Tampoco en la pena de amor. A los 14 años, los versos que escribía eran relámpagos erráticos hacia ningún lado, era corporizar esos versos de Alejandra Pizarnik y ese ‘nada será tuyo salvo un ir hacia donde no hay dónde’. Era quedarme en su mirada, apenas unos segundos, sus ojos negros, y ella que no me veía, sus ojos negros, y yo que esperaba que me mirara porque en ese ese gesto, como un disparo, como un diamante, me crearía el latido, la piel.

“Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach”. Estos versos de Borges, que forman la totalidad del poema Le Regret d’Héraclite, quizás reflejen el vértice total de su poesía. Es la poetización de la más alta esperanza (la figura de Matilde Urbach es una figura utópica, inalcanzable), pero también de la más alta soledad. Ese poema recuerda a aquel breve relato que recuperan el mismo Borges y Bioy Casares en Historias Breves y Extraordinarias: “En el capítulo XI, de la Vida nueva, Dante refiere que al recorrer las calles de Florencia vio unos peregrinos y pensó con algún asombro que ninguno de ellos había oído hablar de Beatriz Portinari, que tanto preocupaba su pensamiento” (B. Suárez Lynch, Estudios dantescos, 1891).

Beatriz Portinari, como Matilde Urbach, son horizontes de amor.

(según se supo, Matilde Urbach es un personaje de la novela Man with four Lives, cuyo autor fue William Joyce Cowen. En la trama, un capitán inglés, en la guerra, mata cuatro veces distintas a un mismo capitán alemán. Según escribió el mismo Borges –14 de octubre de 1938 en la revista El Hogar– el alemán es un militar desterrado que proyecta, a fuerza de cavilar, una especie de fantasma corpóreo que guerrea y muere por la patria más de una vez”. Matilde es la enamorada del alemán. La noche antes de que éste parta hacia la guerra y la muerte ella le dice: “Ningún hombre del mundo sabrá nunca el sabor de mis labios, y ningún hombre del mundo podrá conseguir que yo desfallezca por conocer el sabor de los suyos”).

En su libro Maneras de hacer mundos, el teórico Nelson Goodman plantea que a menudo los intentos por responder qué es el arte no conducen a ninguna respuesta. Aclara además que un objeto puede ser una obra de arte en algunos momentos y en otros no, y que este objeto se convierte en obra de arte sólo cuando funciona como un símbolo de una manera determinada, por lo cual la pregunta que cabe hacerse sería “cuándo hay arte” (Goodman).

Del mismo modo, se puede pensar que la pregunta correcta no es qué es el amor, sino cuándo hay amor.

Hay amor en el poema de Borges, en aquellas manos que se rozan en un bar; hay amor en ese abrazo que di en un aeropuerto, en una cama cualquiera, en un beso cualquiera; hay amor en una canción, en una terrible negación de amor o en su terrible aprobación; hay amor en su perfume de los martes –aún lo puedo sentir–; hay amor en mi soledad y en la soledad de cualquiera; en las cartas que guardo en el segundo cajón; hay amor en tu cuerpo, en tu caricia, en tu despedida; hay amor dentro del amor y dentro del no amor. Siempre.

(Pienso en mis 14 años, en que siempre hay un naufragio en los ojos, un murmullo de tristeza joven, algo que tiembla cuando cae la lluvia, cuando somos desiertos, jazmines que nacen con la ceniza. Pienso en cada beso que di, en cada vez que te perdí –que es siempre la misma vez–, en cada caricia como un mundo; pienso en que te busco, que no sé quién sos, que me sumo a tu nombre, trazo tus pasos. Que hago de mi oficio tu amor, que te invento ausente, sin mapas. Que te quiero levemente. Leve. Invisible. Que aparecés quedándote en palabras).

Estas palabras no son más que un breve gesto de un inevitable perseguidor de amor: la esperanza de alguna vez desfallecer en los brazos de Matilde Urbach.

Artículo publicado en http://revistaelotro.wordpress.com/2014/04/20/matilde-urbach/

Publicado octubre 13, 2014 por danielmecca en Relatos

Escribir para no ser escrito   Leave a comment

escritor

Por Daniel Mecca (@dmecca1)

“Escribo para no ser escrito”. Fogwill tira la frase frente a la cámara, mira de costado, se ríe con sorna, con calle. Y sigue: “Escribo para sentirme más dueño de mis actos que si leyera o si obedeciera a los estímulos del mundo”. Toda escritura es una acción política. Toda indefinición sobre algún punto conlleva inexorablemente a la definición de un tercero sobre tu propia elección.

Lo mismo sucede con la escritura: la acción de encontrar la propia voz, el yo lírico, debe ser el resultado de una escritura sistemática, de una búsqueda de la propia mirada. Materializar esa mirada determina la emancipación. Si no escribís tu historia alguien, siempre, va a escribir la tuya.

La idea se puede transpolar de este modo a definiciones históricas: toda acción de escritura se convierte en metáfora, luego en realidad y luego en un eje medular de disputa por el poder hacia el reino de la libertad. La escritura, así, se revela como una pelea concreta en el terreno de la cultura, el espacio del cual tenemos que apropiarnos como trabajadores. En toda escritura —también— se determina la lucha de clases (“La palabra es la arena de la lucha de clases”, Bajtín).

Decía Barthes que la función de la escritura no es sólo comunicar, o expresar, sino imponer un más allá del lenguaje que es a la vez la historia y la posición que se toma frente a ella. Escribir, así, es materializar la historia, la nuestra, la que nos rodea y esa dialéctica permanente entre ambos factores. Escribir es dar vida, es crear un mundo, es la manera de hacer mundos.

“Hay pues en toda escritura presente una doble postulación: está el movimiento de una ruptura y el de un advenimiento”, escribió Barthes. La escritura busca, debe buscar, transgredir el terreno en el cual se apoya. Es, asimismo, la prisión donde la palabra también es encierro y permanencia del encierro; el autor se desenvolverá entonces en una eterna tensión entre crear un mundo (vida) y encerrarse en él (morir): esa paradoja es la condición de existencia de la escritura. Finalmente, el advenimiento —consecuencia del lenguaje escrito— es esperanza, es fe.

Esa fe, esa esperanza, que aparece en el momento de la escritura como fiebre, como destino: no podés dejar de escribir un instante porque allí, en el fondo, en lo hondo, está el horizonte donde uno se desploma y se nace en el mismo gesto. Como el latir.

Artículo publicado en http://revistaelotro.wordpress.com/2014/05/26/escribir-para-no-ser-escrito/

Publicado octubre 13, 2014 por danielmecca en Relatos