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Si el presente es de lucha, el futuro es nuestro   Leave a comment

Por Daniel Mecca

Cuando se quitó la vida repentinamente el poeta ruso Serguei Esenin, León Trotsky -quien admiraba profundamente a este poeta- escribió en enero de 1926: “Su resorte lírico no habría podido desarrollarse hasta el final más que en una sociedad armoniosa, feliz, plena de cantos, en una época en que no reine como amo y señor el duro combate, sino la amistad, el amor, la ternura. Ese tiempo llegará. En el nuestro, se incuban todavía muchos combates implacables de hombres contra hombres, pero vendrán otros tiempos que preparan las actuales luchas. La personalidad del hombre se expandirá entonces como una auténtica flor, como se expandirá la poesía. La revolución arrancará para cada individuo el derecho no sólo al pan, sino a la poesía”.

León Trotsky consideraba que el poeta Esenin “era de otro mundo”, en el sentido que escribía sus poemas y cantaba su voz para una época de armonía, un futuro de “auténticas flores”, que sucedería al periodo implacable de la revolución y de la lucha.

Hoy vivimos ese periodo de lucha en el marco de una crisis mundial capitalista, materializado a escala internacional en esas enormes movilizaciones en Brasil, Chile, Egipto, España, Grecia, entre otros países. Ese mundo que lleva sobre sí mismo su propia descomposición, que arrastra su miseria y su muerte y llena de muerte los rincones que toca. Su cuerpo agonizante se apoya sobre los condenados de la tierra para intentar mantenerse inútilmente de pie. Agoniza sobre su propia identidad y su contradicción histórica: en términos marxistas, el límite del capital es el capital mismo.

Masacre de Once

La masacre de Once, en Argentina, por citar un caso, puso en primer plano esta descomposición a escala nacional. Fue una masacre sintomática: funcionarios kirchneristas, empresarios –de privatizadas menemistas- y burócratas sindicales articulados en una alianza de negocios, poder, subsidios y empresas tercerizadas, a costa de la muerte de más de 50 trabajadores.

Para retratarlo: Guillermo Antonio Luna, ex subsecretario de Transporte Ferroviario de la Nación, era un hombre del sindicato de La Fraternidad, aliada a la Unión Ferroviaria (UF). Jugaba desde los dos lados del mostrador: desde su función pública autorizaba la entrega de los subsidios y el pago de los sueldos para las concesionarias y sus tercerizadas que estaban comandadas por sindicalistas como José Pedraza, ex de la UF y hombre amparado por el ministerio de Trabajo de la Nación. Las empresas tercerizadas pagaban menos salarios, además de tener peores condiciones laborales: a los trabajadores tercerizados les depositaban sueldos menores al dinero que giraba el Estado, diferencias del 30% e incluso superiores.

Pero no se trata de una denuncia contra tal o cual funcionario corrupto del poder de turno: hablamos de toda una arquitectura estatal parasitaria. Tras la condena histórica a José Pedraza se supo que su reemplazante en la dirección de la Unión Ferroviaria, Sergio Sasia, es otro dueño de una cooperativa. Todo siguió igual.

Lo único que cambió fue un desarrollo en las conciencias: esta condena a Pedraza fue una consecuencia histórica de una lucha concreta de miles de trabajadores que se extendió por más de dos años. Una lucha que no es una anécdota en el movimiento obrero, sino que atravesó la historia y ya es parte contundente de ella al lograr sentar en un juicio en Argentina, por primera vez, a un dirigente sindical como autor cómplice de un crimen político. Una condena que es consecuencia directa de las movilizaciones, de los reclamos, de las actividades en las calles y en los lugares de trabajo. Una condena perteneciente a la lucha popular que puso en la cárcel a Pedraza y su patota.

Porque es esta misma estructura de corrupción que derivó en el asesinato de Mariano Ferreyra y luego en la masacre de Once. Es el mismo aparato corrupto y represivo que, en plena democracia, mantiene desaparecidos a Luciano Arruga, Julio López y Daniel Solano, y donde la represión estatal –La Federal, la bonaerense, Gendarmería, Metropolitana, etc- se cobra una víctima por día en todo el país según datos de la Correpi. El aparato represivo sigue intacto en el kirchnerismo; el objetivo es claro: reprimir a los que luchan.

Crisis política, económica y de conciencia

Todos los días se siente el golpe contra los trabajadores: índices oficiales que aseguran que se puede comer con $6 por día; laburantes a los que el Estado les confisca el salario desde los $7.000, con paritarias que el ministerio de Trabajo homologa a la baja de la inflación que no es menor al 25% anual; el 75% jubilados que gana $2150 pesos; pueblos originarios aplastados por gobernantes provinciales feudalistas; salarios por debajo de la canasta familiar; el 40% de los trabajadores en negro, multinacionales de megaminería liquidando el suelo y el ambiente; la imparable crisis habitacional con chicos, hombres y ancianos durmiendo en las calles: según el informe 2012 del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), cerca de medio millón de personas no tiene el derecho a una vivienda digna en la Ciudad de Buenos Aires.

Enuncia este mismo informe que en la actualidad las villas en la Ciudad –hoy gobernada por el empresario derechista Mauricio Macri- albergan el doble de personas que en 2001 y cuatro veces más que en 1991. Que la escasez de suelo y de unidades en las villas llevó a que cerca del 40% de la población resida en condición de inquilina y que prácticamente carezca de posibilidades de acceso al suelo y sólo lo puede hacer a través de un mercado donde la demanda es mucho mayor que la oferta.

Hablamos, por otra parte, del pago de la deuda externa ilegítima: tal como denunció el Partido Obrero (PO), el gobierno utiliza para esto, por ejemplo, los fondos de la Anses (70.000 millones de pesos en los últimos cinco años). Sólo en abril de este año, el gobierno nacional usó más de US$ 2.300 millones del Banco Central para pagar deuda externa. O sea que utilizó unos 12.650 millones pesos del BCRA para pagar una deuda ilegítima.

No son simples y frías estadísticas: la crisis económica/política es también una crisis de conciencia que se transpola en el día a día a los trabajadores, en el desarrollo de su enajenación, con laburantes que pasan a veces más 15 horas en sus empleos. Es la mirada vacía y cansada del trabajador viajando en un tren, un colectivo o un subte atiborrado. Es la angustia en todo el cuerpo que genera la estructura consumista, que coloniza los días y las noches. Es la mirada aplastada por el discurso religioso que amortigua la lucha en la vida. Es la mirada suicidada. Y no es una metáfora: es así como en España sigue la ola de suicidios de personas que no podían pagar las hipotecas de la casa. El Estado sale a los salvar a los banqueros y condena a los trabajadores.

En un texto escrito en marzo de 1965, el Che Guevara escribía: “Las leyes del capitalismo, invisibles para el común de las gentes y ciegas, actúan sobre el individuo sin que éste se percate. Sólo ve la amplitud de un horizonte que aparece infinito. El premio se avizora en la lejanía; el camino es solitario. Es una carrera de lobos: solamente se puede llegar sobre el fracaso de otros. La mercancía es la célula económica de la sociedad capitalista; mientras exista, sus efectos se harán sentir en la organización de la producción y, por ende, en la conciencia”.

El hombre nuevo

Es necesario en este punto de inflexión que la clase trabajadora y la juventud tomen un protagonismo histórico mediante la acción política, en esta sociedad de explotación del hombre por el hombre. Esta posición ante los hechos amerita la realización de un hombre nuevo, un revolucionario, una expansión de la conciencia. Un compromiso de lucha para terminar con la enajenación social, política y económica que nos atraviesa como un balazo. Es el despertar de hombres nuevos contra la opresión institucionalizada; es el nacer de una vanguardia que motorice una sociedad nueva, más justa, socialista, revolucionaria.

El concepto del “hombre nuevo” fue profundizado por el Che Guevara. En una charla en 1998, el dirigente del Partido Obrero y actual candidato a diputado nacional por el Frente de Izquierda de los Trabajadores, Jorge Altamira, hizo un análisis sobre este punto:

“En la lucha contra la desigualdad, contra esta burocracia, contra los planes soviéticos dirigidos a fomentar la desigualdad como un primer paso al retorno al capitalismo, el Che Guevara desarrolla una idea: la idea del hombre nuevo, es decir el hombre que no puede realizar una felicidad individual sino es colectivamente. Esto es al revés del capitalismo, donde un tipo se considera feliz si cagó a todo el mundo.

(…) Esta idea del hombre nuevo no es del Che, sino que viene de la más remota antigüedad, desde los esclavos que se rebelaban contra los esclavistas: todo gran movimiento de lucha contra la explotación desarrolló un ideal de otro tipo de hombre y mujer que fuera humanamente, moralmente, espiritualmente la antípoda de la sociedad explotadora que estaba viviendo (…).

(…) Pero ese hombre nuevo del Che tiene mucho de idealista, porque para que la sociedad produzca esos hombres nuevos su nivel de desarrollo social tiene que ser muy superior al que tenía una sociedad como Cuba, y no puede ser un desarrollo circunscripto a un país, sino que abarque por lo menos a las partes más importantes del mundo avanzado. Pero el Che no estaba equivocado, porque para construir un mundo igualitario que dé lugar a un hombre igualitario tiene que haber un hombre igualitario que luche por un mundo igualitario. Si la sociedad no desarrolla condiciones de igualdad no puede haber hombres nuevos. Tiene que haber hombres nuevos que luchen por un mundo nuevo el cual creará los hombres nuevos”.

Escribió alguien que donde empieza el amor, muere el yo, ese déspota tenebroso. He ahí una de las claves: salir de uno mismo -de la esclavitud de uno mismo-, ceder parte de nosotros, de nuestra vida, construir esa felicidad colectiva. Sacrificarnos por el sueño colectivo de un mundo mejor. Y el amor, allí, como una significación dialéctica de creación, que es vida, latido, vientre: construir así sin exigir nada a cambio, sin esperar nada, amar sin pedir nada. Nacerse. Despertar del falso sueño en que andamos. Pelear por un mundo mejor es un acto de amor y de revolución, y que, como se ha dicho, al que le indigna la opresión es un revolucionario.

Escribió el Che, otra vez: “Los dirigentes tienen que cumplir su papel de vanguardia; y, en una revolución verdadera, a la que se le da todo, de la cual no se espera ninguna retribución material, la tarea del revolucionario de vanguardia es a la vez magnífica y angustiosa. Déjeme decirle, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor. Es imposible pensar en un revolucionario auténtico sin esta cualidad. Quizás sea uno de los grandes dramas del dirigente; éste debe unir a un espíritu apasionado una mente fría y tomar decisiones dolorosas sin que se contraiga un músculo. Nuestros revolucionarios de vanguardia tienen que idealizar ese amor a los pueblos, a las causas más sagradas y hacerlo único, indivisible”.

Un encuentro futuro

Adiós, amigo mío, adiós
tú estás en mi corazón.
Una separación predestinada
promete un encuentro futuro.

Adiós, amigo mío,
sin estrechar la mano ni palabra
no te entristezcas y ninguna
melancolía sobre las cejas

morir en esta vida no es nuevo,
pero tampoco es nuevo el vivir.

Estos versos pertenecen al poeta Serguei Esesin, escritos antes de suicidarse en diciembre de 1925. Trotsky se preguntaba al respecto un mes después: “En su último momento, ¿a quién escribió Esenin su carta de sangre? ¿Quizá llamaba de lejos a un amigo que aún no ha nacido, el hombre de un futuro que algunos preparan con sus luchas como Esenin lo preparaba con sus cantos? El poeta ha muerto porque no era de la misma naturaleza que la revolución. Pero en nombre del porvenir, la revolución le adoptará para siempre”.

Hay que luchar para hacer ese mundo: que el presente de lucha sea el resorte del futuro. Como se ha escrito, la más grande felicidad del hombre no está en el usufructo del presente, sino en la preparación del porvenir. A través de un partido y un programa político concreto, hay que organizar a la clase trabajadora y a la juventud, tomar la acción de nuestro destino histórico, pero no con palabras, no con habladurías baratas, no con teoría sin acción; hay poner el cuerpo a la palabra. Hay que transformar la vida y el hombre con un espíritu crítico, de revuelta, de liberación. No seamos espectadores de nuestra vida ni de la vida que nos rodea.

El ascenso de los trabajadores de prensa

Seamos concretos con las palabras: por ejemplo, el proceso de lucha por las paritarias de prensa escrita produjo un cuadro de ascenso histórico en el gremio de prensa, donde cada redacción eligió sus propios delegados de base y votó en asambleas todas las medidas. Luego de tres meses de plan de lucha, con tres paros generales de 24 horas, seis movilizaciones, retiros de firmas, paros parciales y asambleas, se firmó la primera paritaria de prensa escrita después de 38 años. Histórico.

A esto hay que sumarle el avance en empresas donde había sido abolida la vida gremial como en Clarín, donde a partir del año pasado, y después de una década de vacío sindical, se eligieron delegados de comisión interna y paritarios; se logró efectivizar a decenas de compañeros precarizados, después de meses de lucha, hubo asambleas de 400 compañeros, y se consiguió, entre todos los trabajadores, que la empresa reconociera a la Comisión Interna.

Estos hechos históricos en el gremio de prensa y en el movimiento obrero no solo revelan un desarrollo en la conciencia de los trabajadores -impulsada por décadas de juventudes precarizadas con una orientación de lucha-, sino que también es una interpelación directa a la burocracia mafiosa de los sindicatos. Pero sobre todo, y como un planteo de desafío político, abre la perspectiva a nuevas conquistas, a una profundización de la conciencia de clase, a la construcción de un mundo mejor.

El futuro es nuestro

En estos tiempos de lucha permanente, el arte y la poesía deben ser fuente de la vanguardia, de revuelta, de espíritu, de amor, de libertad. El surrealismo reivindicaba ese espíritu: según definió Aldo Pellegrini en la “Antología de la poesía surrealista” este movimiento fue una mística de la revuelta y de liberación contra la estructura fosilizada del sistema. Así lo expresó el escritor: “El surrealismo es esencialmente revolucionario y aspira a transformar la vida y la condición del hombre”.

El deber del poeta, dice Artaud, no es ir a encerrarse cobardemente en un texto, un libro, sino al contrario salir afuera para sacudir la conciencia pública. La ceguera institucionalizada que proclama el discurso del poder, los comisarios del mundo, destierra la libertad, la poesía, crea ciegos en la mirada. Hay que salir, romper la cárcel de la vida-ilusión, ser una trinchera de libertad, una mirada estética, revolucionaria, colectiva. Todo latido es un camino. Que sea este un camino donde las paredes del frío y del poder irán cayendo detrás de un incontable corazón.

El arte, a su vez, debe impulsar el protagonismo de los espectadores, quitarlos de esa pasividad histórica y subordinada a la condición sagrada del artista, del compositor, de las academias y del teórico del arte. Jacques Ranciére, en su libro El espectador emancipado, llama al espectador a afirmar su mirada y convertirse en un ser activo, ya que, como señaló un teórico, “cuanto más se contempla, menos se es”. Hay que ser protagonistas y dejar de contemplar. Hay que despertarse. Hay que sentir y luchar como poetas. Afirmar el latido, la libertad.

La acción de despertar implica la acción de abrir los ojos. Despertar, asimismo, es pasar de la manifestación inconsciente del sueño al estado de conciencia, en términos psicoanalíticos. Más aún, abrir los ojos es una de las expresiones biológicas al nacer. Esta acción, entonces, se presenta como un hecho iluminador y revolucionario: es despertar la conciencia, y, una vez hecho, abrir otros ojos, otras miradas. Abrir la mirada, marcar un punto histórico de quiebre contra la esclavitud planificada. La vida no es ni debe ser sueño. Abramos los ojos, el latido. Nazcamos. Nacerse. Que toda vigilia debe ser la de los ojos abiertos. Que la vida es el despertar permanente a la vida.

Peleemos todos por el derecho al pan y el derecho a la poesía.

Que es el derecho a un mundo mejor.

Que se expanda la vida.

Porque si el presente es de lucha, el futuro es nuestro.

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Publicado julio 29, 2013 por danielmecca en Ensayos

Apuntes sobre el latir para una revolución espiritual y política   Leave a comment

“Donde el amor despierta, muere el yo, ese déspota tenebroso”
Dschelaleden Rumí

A veces el corazón ocurre más que otros días, un latir que parece rodearte, que te acorrala, te amanece, te revoluciona, te pregunta hacia dónde se va, hacia dónde querés ir, estar, latir; hacia dónde carajo se va todo, mientras todo parece irse al carajo. Un latir oculto, a veces exiliado, lejos, contradictorio, pero siempre un latir. Porque hasta ahora estar vivo fue eso: la eterna paradoja de liberar el latir que nosotros mismos encerramos, esa esquizofrenia de los días y las noches. El corazón, entonces, se transforma en la condena y en la libertad; y esa lucha de planos es a veces un motor inquietante, salvaje, pero otras, las más, un breve llanto solo, solitario, soledad. Lo decía Freud: es imposible escaparnos de nosotros mismos. Lo decía el Che: el conocimiento nos hace responsables. Dos corrientes que van hacia el mismo hondo río. Así, escaparse de uno mismo no sería la salida simple, contra lo que pueda llegar a pensarse; escaparse constituye una estrategia sumamente difícil, cargada de razonamientos, filosofías, defensas, murallas, estrategias, tácticas, planteos, justificaciones. Pero claro, del otro lado no hay que confundir jamás simpleza con estupidez: la simpleza, la verdadera simpleza, nunca es estupidez o frivolidad. Quedarse de pie ante el hondo temblor de estar vivo es, insisto, lo más simple y también lo más profundo, porque simpleza quiere decir, además, profundidad, que quiere decir libertad. La complejidad, si se quiere, radica aquí en el miedo a esa libertad, al desprendimiento, al vacío, a la vacuidad, a la muerte. Entonces  vivir se convierte en el miedo a vivir, que es, por consiguiente, el miedo a morir. De este modo, la vida termina siendo una mala anécdota de la muerte. Caramba. Ahora bien, el problema de no poder escaparnos de nosotros mismos es, precisamente, el nosotros mismos. A saber: el corazón de la libertad radica en el desprendimiento de nosotros sobre nosotros y de nosotros sobre las cosas; es arrancarse algún día de sí mismo (que no es morir, sino renacer), partir de un golpe el espejo del autoenamoramiento (ego), esa metafórica masturbación de pensarnos como el mar y no como la ola que finalmente somos. He leído por ahí que la trampa está en creer que matando al ego se mata la identidad y se termina la vida, chau: es cierto que es una trampa y sólo resta agregar que desprendernos de nosotros es la única manera de ser, finalmente, nosotros, de ser lo que somos (realmente) detrás de lo que creemos que somos. Ya lo eternizó Nietzsche: ¿cómo podrías renacer sin antes haberte convertido en cenizas? Volverse cenizas entonces, tiernas cenizas, arracancarse las máscaras infames que necesita la sociedad puta como método legitimado de aceptación en masa, que es su forma de control social, cultural y académico; arrancarse del objeto-consumo-mercancía, de su inutilidad, del mercantilismo del alma;  arrancarte la mirada de los otros como si en ello tuvieras que apedrear las paredes de una muralla, porque detrás de esos ladrillos, de cada sombra edificada, estás vos y estoy yo.

A veces el corazón ocurre más que otros días, y esta madrugada es uno de ellos, donde busco la libertad, la escribo, escribo la libertad, la siento, la libertad, la lato, la necesito, la libertad. Es el agua y nunca el desierto. A veces voy caminando y se me viene una expresión: llegar hasta donde llegue. Lo importante es advertir que lo importante no es llegar lejos, si no hacia dentro, hacia el lento fondo infinito, hacia lo que somos, tan infinitos, tan fondo, tan dentro. El precio de ser uno mismo puede ser temible, pero, otra vez Nietzsche, ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo. Y escribir este texto es mi decisión de pagarlo, de ser, es mi palabra de que siempre seré yo, de que me voy a buscar entre la niebla que es la vida, aún cuando esté perdido, aún cuando sea otro náufrago más.  La libertad es descubrir que no hay que buscar razones para vivir, porque vivir es la única razón. Y yo también tengo miedo de estar vivo, pero estoy vivo y eso es lo único, lo cierto, lo final. Pero es cierto que esta revolución espiritual tan necesaria y vital necesita estar acompañada por una revolución política, que las alinee, las simbiotice, las nazca. Una revolución política, socialista, que parta desde las bases puras de la horizontalidad política, de la igualdad de las condiciones de vida, del bolsillo y del corazón, de luchar contra el poder, contra el control, la burguesía, el hambre, la puta corrupción, la guita en  unos pocos, la desesperación que se derrumba sobre el resto. Una revolución política contra el ego masturbatorio capitalista, contra el consumismo barato, sistemático, contra la vida barata, los valores baratos, la muerte barata, necia, idiota, la muerte de perseguir lo que nunca se necesitó, la muerte barata de morir besando guita, la muerte de morir besando muerte. Una revolución política contra los cerdos que quieren manejar el destino de los débiles, los pisoteados, contra los comisarios del mundo, de cada país, de cada ciudad, de cada esquina, que usando el discurso democrático quieren esclavizar los latidos, hijos de puta, inventan la moral, la religión, construyen la gran torre de la desigualdad para vivir allí sin culpa, mirar arrogantes desde arriba, sí, desde arriba, hijos de puta, y nada importa –dicen- si yo importo más que el otro, oscuro, oscuro corazón que los late,  que los despierta cada día para respirar en la cloaca social que diseñaron como arquitectos del sistema, esa porquería asimétrica que adoran. Pero también están los indiferentes, tan iguales y tan peores que los otros, porque no hay excusa para quien escuchó  alguna vez los inolvidables aullidos del hambre, de la desigualdad, del desequilibro, de la desesperación; no hay excusa para quienes se inyectan la ceguera institucionalizada, para los que compran el vulgar discurso del poder. (Entre paréntesis, hay un grave error culturizado en creer que porque se escucha a Brahms, Chopin o Messian, por ejemplo; o porque se admira a Duchamp o Kandinsky o Pollock, y así ad infinitum, hay un error culturizado, decía, en creer que consumir eso es parte de una posición elitista. No, eso es lo que quiere que  tragues el discurso del poder, que creas que ese tipo de arte es sólo para gente culta, eruditos, para así dejarte afuera, excluirte, matarte de esa sociedad. Creer eso es hacerle el juego al poder, es no tener un sentido crítico de dónde se está parado, en qué lugar estás viviendo; eso es ser funcional a la derecha). No hay excusa para los que deciden lavarse las manos, hacerse los pelotudos, mirar su propio ojo ciego. Porque, retomando lo que dijo el Che, el conocimiento nos hace responsables. Porque el hambre es un crimen que no sale en los página de los policiales de los diarios, o, peor aún, sí sale, pero victimizándola, criminalizándola, destruyéndola, o, más aún, haciéndola invisible. Ojos que no ven, capitalismo que no siente. Todos fuimos indiferentes alguna vez, pero todos podemos buscar, desde cualquier trinchera, desde cualquier barricada de vida, la manera de cambiar la vida, el mundo, y, sobre todo, a uno mismo. Cambiar el latir es una manera de cambiar el mundo.

A veces el corazón ocurre más que otros días, y en este día, más que nunca, es necesaria, entonces, tanto la revolución espiritual como la política, la política como la espiritual: para que exista una es necesario que exista la otra. Allí, entre ambas fronteras de la misma sangre, se levanta, debe levantarse, el plano del amor, de la poesía, de la sensibilidad, del querer, del enamorarse alguna vez siquiera, de sentir como una caricia te puede romper la piel dura. “Donde el amor despierta, muere el yo, ese déspota tenebroso”. Esa frase, tan perfecta y certera, funciona de igual modo en ambas revoluciones: primero contra el yo egoico del espíritu que reprime la libertad y, seguidamente, contra el yo egoico de la sociedad capitalista, que hace exactamente lo mismo: es la esclavitud deliberada. Ambos patrones –el término no es azaroso, está claro- consolida la misma esencia, la misma neblina que oculta –que pretende ocultar- lo verdadero de estar vivo. Quizás, como se dice un poco ingenuamente, el amor termine salvando al mundo. Me gusta creer eso en esta madrugada de sábado 7 de enero  de 2012. Y sí, muchas veces, muchas, me derrumbo, me naufrago, me hundo en tierra frágil con el corazón frágil, me paraliza estar vivo, me lastima respirar, lato desprotegido como algo herido. Sí, muchas veces me muero de miedo, de la insoportable soledad del ser; muchas le tengo miedo a la muerte, al largo morir, a que me rajen a patadas de este corazón, a que termine mi voz mía. Recuerdo aquellas contundentes palabras del notable poeta Rilke: “Cuanto más nos creemos en medio de la vida, más la muerte se atreve a llorar entre nosotros”. Recuerdo también los versos de un poema que escribí alguna otra noche: “Más me iré como la nieve, lenta y delicada, me iré como abriendo las manos al viento desconocido”. Pero mientras se lata, es necesario seguir latiendo firme. Y que no te encuentre la muerte muriendo nunca. Sé poco, pero lucho por lo poco que sé. Creo poco, pero me desvivo por lo poco en que creo; porque el único latir es vivirse y morirse por lo que se siente, por lo que se late. Latir debe ser libertad. El único latir es esta revolución espiritual y política. Latir hasta donde se lata, es la única consigna.

Publicado enero 7, 2012 por danielmecca en Editoriales, Ensayos

Al carajo con este texto   Leave a comment

Una percepción: todos (o casi todos, así me salvo de posibles críticas, claro) estamos construidos bajo un complejo sistema. Me explico: todo sistema plantea un encierro, una huída sin movimiento. Precisamente por eso es un sistema: se crea (se auto-crea) para proteger al sujeto -individual o colectivo- de amenazas externas, lo encierra (se encierra) sobre sí mismo, ensimismo, un sistema diseñado con la precisión de un artista obsesivo, dibujado con la mano de alguien que tiene miedo.

Pero decir que, enmarcado en dicho sistema, ese sujeto –individual en este caso- tiene miedo al afuera, es indudable, una obviedad. Lo profundo es advertir que tiene miedo hacia adentro, miedo hacia sí, miedo al único enfrentamiento válido que existe: contra uno mismo. Por lo cual, en este plano se desprende una brutal revelación: el sujeto (¿o el objeto?) sistematizado, creyendo que se está curando (léase salvando) con ese sistema, solo se está metiendo en el mismo dolor, en el vientre del dolor, del sufrir, arrastrando por supuesto una mentira consiente e inconsciente, una máscara profunda. Ergo, siguiendo en esta línea, se está ante la segunda brutal revelación: el sujeto precisa -elije- el sufrir porque es conveniente, inconscientemente, claro; es decir, el sufrir sigue siendo preferible a lo de afuera, y, más aún, a lo adentro, como si se tratara de un extraño paraíso atemporal.

Días atrás me encontré escribiéndole a alguien que sufrir es ocultarse. Hago pleonasmo: sufrir es ocultarse. Se sufre para no resolver el verdadero conflicto, distinto siempre en cada sujeto. Por demás, ya los freudianos teorizaron sobre el beneficio secundario del dolor, concepto que se suma a este escenario. En este sentido, en la construcción de un sistema, sufrir es parte del juego. Es más, es quizás el mayor alimento –entretenimiento- del juego: estoy hablando del sistema y su honda conexión con el ego, ese déspota tenebroso (la frase es robada), que se mantiene en pie porque queremos (obsérvese la deixis) mantenerlo en pie, porque atacar al sistema que nosotros mismos creamos es, en cierto modo (por no decir en todos los modos), atacar explícitamente al ego, atacarnos definitivamente a nosotros. Y otra vez ese enfrentamiento clave e inevitable que lleva a un solo lugar: conocerse a uno mismo.

Pero toda esta tediosa verborragia (hemorragia) psicoanalítica-lingüística sin licencia venía a cuento de algo más profundo. Hace unas semanas, en un diálogo con M, creamos una frase de carácter nietzscheano muy interesante, algo así como que “una de las variables menos controlables en la vida, es precisamente la vida misma”. He aquí el desenlace: existe un sistema porque se necesita un control, hacia adentro y hacia afuera; existe un sistema porque precisamente se tiene miedo hacia afuera, y, por supuesto, se teme hacia adentro también, aunque no se sepa o no se quiera saber. Hay un control porque nos desvela lo que no podemos controlar, esencialmente ese inevitable final inevitable que llegará, maldita sea que llegará: no tengo dudas, la muerte es un golpe al ego y, por consiguiente, al sistema íntimo.

Qué lindo sería mandar al carajo a ese sistema, de agujerear lentamente esa estructura para que empiece a entrar aire, sí, aire, por algún lado, como en esas noches de otoño, en las cuales, al caminar por la calle, se siente ese viento de lado, sutil como el algodón. Qué lindo sería dejarse llevar por lo incontrolable (aceptar que hay cosas incontrolables, ¿no?), dejarse ser, arriesgar, equivocarse, y ser un sonido que va de aquí hacia allá y hacia ningún lado (la parte hippie del relato). Hablo de libertad, de aire y de libertad, que, arriesgo y lo repito, es una de las mayores razones para estar vivo. Pero heme aquí, escribiendo este texto a la 1 y 27 de la madrugada del domingo 19 de junio de 2011, este texto que alimenta, no tengo dudas, mi sistema y mi ego, provocando (el gerundio no fue debidamente chequeado) una paradoja interesante. Seamos sinceros: es mentira que yo escriba esto para ayudar a otros: yo escribo para ayudarme a mí, pero me gusta creer que en una de esas también le abro los ojos a alguien. Pero insisto: estas palabras son, en el fondo, funcionales a mi sistema. Caramba, diría Borges.

En resumen: qué lindo sería mandar al carajo este texto.

Publicado diciembre 30, 2011 por danielmecca en Editoriales, Ensayos

La tentación de Dios   Leave a comment

En estos días no faltan razones para creer en Dios, esa inmensa institución: que la soledad, que la psicosis de los medios, que la velocidad de la vida, que la muerte. A la mínima sensación de peligro en nuestra vida o la de alguien querido, sospecho que hasta el más ateo necesita creer en algo, sentir que no hay un vacío infinito después de la Chacarita, que ya no habrá más pena ni olvido cuando se apaguen definitivamente los ojos. Cambiando un poco las palabras del poeta Almafuerte, creo todos los ateos se vuelven creyentes cinco minutos antes de la muerte.

Durante los últimos años -y luego de una infancia excesivamente religiosa- pude advertir que creer en Dios era desligarse de la responsabilidad de estar vivo; era dejar tu vida en manos de un sospechoso ente invisible que te protegía  cuando salías y entrabas en tu casa. Era escuchar a cada hora: que sea lo que Dios quiera,  temible oración que quitaba toda responsabilidad de elección. Entonces entendí que creer en Dios era desprenderme de mi vida, dejarme a otro, no ser más yo. Y seguidamente, como si hubiese despertado de una gran ceguera, observé el control que genera la religión sobre el hombre a base de un miedo histórico: fabrican temor para fabricar súbditos: la esclavitud inasible. Entonces grité silenciosamente basta y me aferré a mi vida, a creer en lo que soy. Sabía el precio a pagar: ahora estaba solo en el mundo, desprotegido ante el morir.

Durante los últimos quince días vi la angustia y el temor de frente, acechándome como un grito, y la tentación de Dios se me filtró como un calambre en todo el cuerpo. Ya no era un espectador. Quería rezar, pero no quería. Necesitaba creer, pero no quería. La desesperación  te lleva a pensamientos desesperados, a dejar sin efecto la razón, a buscar la salida más fácil en una autopista caótica. Y siempre es más fácil creer en Dios que no creer: su marketing es perfecto e incuestionable. Como en una historia bergmaniana, mi juego de ajedrez, mi vida, era desestructurada con un jaque. Pero seguí de pie y seguramente me hice más fuerte.

Veo y hablo con mucha gente triste, que se aferró a Dios como quien se agarra a la merca, al pucho, a los caballos, al juego, al alcohol, al amor. Da igual. El medio cambia pero el fin siempre es el mismo. ¿Se puede cuestionar a aquel que se aferró a la cruz porque ya no le quedaba nada? ¿O a aquella que sacó un rosario en pleno vuelo cuando el avión se movía como una coctelera? No. Dios, aún siendo una farsa magnífica, sostiene a muchas personas a través de la esperanza, una palabra de doble filo. Me gusta citar a Borges, cuando decía que Dios es el mejor invento de la literatura fantástica. Y es cierto. O no. No lo sé. Hoy tengo fe en no tener esa fe. O, mejor dicho, tengo fe en el hombre porque yo escribo mi destino. Y eso me hace libre, que es la máxima expresión de estar vivo.

(publicada el 21 de enero de 2011 en www.danielmecca.wordpress.com)

Publicado junio 19, 2011 por danielmecca en Editoriales, Ensayos

Respirar es dejar una mirada   Leave a comment

¿Quién habla cuando habla nuestra voz? ¿Quién afirma cuando afirma nuestra voz? Somos unos malditos repetidores, le escuché decir a alguien por ahí. Sí, somos unos malditos repetidores, coincido (grito, repito) ahora yo (en clara contradicción de estos argumentos). Como arquitectos que diseñan sobre unos cimientos inciertos (la vida), construyamos nuestra palabra y nuestra mirada y no repitamos idiotizados las palabras y las voces sistematizadas, los discursos cementados de los otros (sí aprender de lo que dijeron y dejaron los otros, pero transformarlo, no repetirlo, hacerlo nuestro: es la metamorfosis de estar vivo). Hay que cuestionar, siempre: el que acepta se mata de a poco. Hay que indagar, criticar, preguntar, incluirise, profundizar; hay que nacer, morir y renacer todo el tiempo. Y construirnos, edificar nuestra mirada y el pensamiento. Una vieja premisa budista sostiene que el discípulo -en la línea de la vacuidad, del vacío- no debe aferrarse a nada, ni siquiera a las palabras que los maestros mismos le están enseñando en ese momento. Aquí, del mismo modo,  que no se acepte nada de lo que le digo, que se cuestione, que de eso se trata; respirar es dejar una mirada. Y es la nuestra.

(publicada el 15 de mayo de 2011 en www.danielmecca.wordpress.com)

Publicado junio 18, 2011 por danielmecca en Editoriales, Ensayos

Máscaras   3 comments

Un teatro. Eso es el mundo. Eso es la gente. Eso somos, cada día y cada muerte. Así las máscaras van circulando por las avenidas, sutiles o rugientes;  estratégicamente toman rostros por años y después, un día cualquiera, lo sueltan, se mudan a otra cara, a otra respiración, temiblemente, impunemente. A veces se quedan para siempre, hasta que llega la Chacarita, se cierra el cajón y chau, nunca se sabrá quién era esa persona detrás de esa persona. Triste. Hay máscaras de buen padre o madre, de buen hijo, de buen falopero o de buen bufón entre los amigos; hay máscaras de triste y del siempre feliz. Está la máscara del intelectual, del revolucionario y del facebook. También la de navidad, la de la modelito o del rockero; además, la del partido del domingo, la del rebaño, la del suicida o del psicópata. Máscaras, máscaras y máscaras que atentan contra lo auténtico, lo propio, lo único que vale en esta vida:  así, que no te construya la mirada del otro como una fábrica de mentiras, que no te diseñes para la aceptación ajena, el agrado, la desperación de pertenecer; que tu voz sea tu verdad, no la verdad; que no te convieras (convirtamos) en lo que vos-crees-que-el-otro-cree-que-vos-tendrías-que-ser (“¿Soy como yo creo ser o como los demás cree que soy?”, se preguntaba trágicamente Miguel de Unamuno). En fin, que no haya más ”ser para el otro o no ser”, para encontrar así la verdadera cara, el presente sobre el rostro. Según la etimología griega, “persona” -que viene de personare– era la palabra que utilizaban para designar la máscara que usaban los actores durante la obra de teatro. Curioso. Terrible. ¿Cuántas  máscaras somos, fuimos, seremos? ¿Cuántos actos dura así la vida? ¿Hasta cuándo? ¿Para qué? ¿Cuál es tu máscara?

(publicada el 20 de enero de 2011 en www.danielmecca.wordpress.com)

Publicado junio 18, 2011 por danielmecca en Editoriales, Ensayos

La tentación de Dios   Leave a comment

En estos días no faltan razones para creer en Dios, esa inmensa institución: que la soledad, que la psicosis de los medios, que la velocidad de la vida, que la muerte. A la mínima sensación de peligro en nuestra vida o la de alguien querido, sospecho que hasta el más ateo necesita creer en algo, sentir que no hay un vacío infinito después de la Chacarita, que ya no habrá más pena ni olvido cuando se apaguen definitivamente los ojos. Cambiando un poco las palabras del poeta Almafuerte, creo todos los ateos se vuelven creyentes cinco minutos antes de la muerte.

Durante los últimos años -y luego de una infancia excesivamente religiosa- pude advertir que creer en Dios era desligarse de la responsabilidad de estar vivo; era dejar tu vida en manos de un sospechoso ente invisible que te protegía  cuando salías y entrabas en tu casa. Era escuchar a cada hora: que sea lo que Dios quiera,  temible oración que quitaba toda responsabilidad de elección. Entonces entendí que creer en Dios era desprenderme de mi vida, dejarme a otro, no ser más yo. Y seguidamente, como si hubiese despertado de una gran ceguera, observé el control que genera la religión sobre el hombre a base de un miedo histórico: fabrican temor para fabricar súbditos: la esclavitud inasible. Entonces grité silenciosamente basta y me aferré a mi vida, a creer en lo que soy. Sabía el precio a pagar: ahora estaba solo en el mundo, desprotegido ante el morir.

Durante los últimos quince días vi la angustia y el temor de frente, acechándome como un grito, y la tentación de Dios se me filtró como un calambre en todo el cuerpo. Ya no era un espectador. Quería rezar, pero no quería. Necesitaba creer, pero no quería. La desesperación  te lleva a pensamientos desesperados, a dejar sin efecto la razón, a buscar la salida más fácil en una autopista caótica. Y siempre es más fácil creer en Dios que no creer: su marketing es perfecto e incuestionable. Como en una historia bergmaniana, mi juego de ajedrez, mi vida, era desestructura con un jaque. Pero seguí de pie y seguramente me hice más fuerte.  

Veo y hablo con mucha gente triste, que se aferró a Dios como quien se agarra a la merca, al pucho, a los caballos, al juego, al alcohol, al amor. Da igual. El medio cambia pero el fin siempre es el mismo. ¿Se puede cuestionar a aquel que se aferró a la cruz porque ya no le quedaba nada? ¿O a aquella que sacó un rosario en pleno vuelo cuando el avión se movía como una coctelera?
No. Dios, aún siendo una farsa magnífica, sostiene a muchas personas a través de la esperanza, una palabra de doble filo. Me gusta citar a Borges, cuando decía que Dios es el mejor invento de la literatura fantástica. Y es cierto. O no. No lo sé. Hoy tengo fe en no tener esa fe. O, mejor dicho, tengo fe en el hombre porque yo escribo mi destino. Y eso me hace libre, que es la máxima expresión de estar vivo.

Publicado enero 21, 2011 por danielmecca en Editoriales, Ensayos