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La crónica del deportado, por Alejandro Seselovsky (Orsai)   Leave a comment

Un periodista argentino, un pasaje de ida al aeropuerto de Barajas, en Madrid y un objetivo: dejarse deportar por las autoridades para vivir, desde dentro, el proceso de expulsión (publicada en  la revista Orsai).

Por Alejandro Seselovsky

(Fuente de la imagen)

Acabo de dar vuelta mi mochila sobre el piso de la terminal cuatro del aeropuerto de Barajas y la poca ropa que traje ahora está desparramada, podríamos decir que convenientemente. Estoy agachado, aguantando las cuclillas, a las seis y media de la mañana, hora de Madrid, en franca operación de búsqueda frente a la línea de control de fronteras, regulando la desesperación pero permitiendo que exhale su nervio: haciendo como que.

Llegué con otras trescientas personas en el vuelo UX 042 de Air Europa proveniente de Buenos Aires. Y excepto por mí, todos completaron sin problemas sus trámites migratorios después de atravesar ese vértigo de angustia que crece conforme avanza la fila hacia el puesto de control, conforme vamos llegando hasta la exacta entrada de lo que vinimos a cruzar: musculitos en las puertas de las discos, agentes de migraciones en las puertas de los países: entrar, no entrar, esa inminencia.

Yo me quedé atrás, los dejé ir hasta que pasaron todos, hasta que todos estuvieron ya en Madrid, que es eso que se ve al otro lado de los puestos de control y que me sugiere la posibilidad de que este lugar sobre el que acabo de desparramar mis cosas no lo sea: que esto no sea España, que todavía no sea España: será su palier. Y entonces: ¿sobre qué lugar del mundo vengo a estar? Digamos: ¿dónde estaríamos? ¿El palier es la casa? ¿La antesala de las cosas son las cosas? Sigo sacando medias, a la espera de que alguien venga a preguntarme qué perdí.

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“La próxima vez entren por Lisboa”

El hall de arribos, a esta hora, es una inmensidad vacía: nada, nadie. Esperaba provocar las alarmas del sistema quedándome quieto en un sector de alto tránsito pero no consigo que me adviertan y como no tengo todo el día, voy a tener que ir yo mismo a sacudir el sueño de la seguridad en Barajas. En esta España que aún no es, sobre un costado, junto a unos baños, hay una oficina de información turística. Me acerco, una chica muy rubia y delgada imposta la sonrisa para preguntarme qué lugar de la península quisiera conocer. Afuera aún es de noche y el avión del que bajé sigue ahí, puedo verlo a unos trescientos metros sobre la pista. Le digo que tengo un problema, le miento:

—Perdí mi pasaporte, no sé dónde está.

La sonrisa se le deshace en la cara:

—Eso es un problema.

Después hace un llamado, le habla a alguien de mí y de mi circunstancia, confirma los datos de mi tarjeta de embarque y me dice:

—Ya van a buscarlo en el avión, ¿seguro que no lo tienes contigo?

Guardo las cosas, cruzo el lugar y me dejo caer sobre unas sillas: la espera es el tempo de los aeropuertos y yo ahora tengo que esperar. Frente a mí van pasando otros grupos de personas que bajan de otros aviones: mujeres con saris, hombres con turbantes y esas caras en las que reconocemos la íntima complexión del extranjero, caras como la mía que en el Coto de Corrientes y Juan B. Justo no quiere decir nada pero que aquí, sobre la alfombrita de bienvenida de la Unión Europea, también, como a los demás, me vuelve lo que en un rato me van a explicar que soy: un nacional de tercer país, es decir, traduciendo, uno que no es de acá, uno que vino de afuera, uno que quiere entrar.

La chica de la folletería turística me hace señas. Voy, me paro frente a ella, me ilumino de esperanza y finalmente la escucho decir que no han encontrado nada en el avión, que alguien de policía migratoria ya está viniendo para acá. Se hicieron las ocho de la mañana, afuera se hace de día, el avión en el que vine ya no está y un pibe alto de pelo colorado cortado al ras y con un escudo sobre la manga que dice Cuerpo Nacional de Policía, me encara, bien, correcto, y sin mucha vuelta me pregunta:

—¿Qué ha pasado?

Es un pregunta abierta y, si fuéramos gente completamente honesta, su respuesta debería ser: mire, oficial, hay dos sujetos en un lugar de España que pensaron que yo podía tomarme un avión hasta acá para luego fingir que no tengo en mi poder la documentación correspondiente y así hacerme detener, dejarme llevar hasta el sector de inadmitidos y luego, ya de vuelta en mi país, escribir un relato acerca de cómo son las cosas aquí adentro, adentro del lugar donde usted va a llevarme ahora, al que usted ya me está llevando. Ellos, estos sujetos de los que le hablo, oficial, son un par de viejos conocidos que están haciendo un revista y quieren historias como esta, como la historia que usted y yo estamos protagonizando en este mismo instante en el que caminamos por los pasillos del destacamento policial y lo hacemos en silencio, usted un metro atrás, sin sospechar nada, con su chaleco flúo y el andar bien marcado, y yo sosteniendo una respuesta que no es.

Si de verdad quiere saber “qué ha pasado”, oficial, le cuento: mi pasaporte viaja tranquilo dentro de unos papeles doblados que lo esconden en el fondo de un bolsillo interno, a resguardo de que nadie lo encuentre y cometa la torpeza de hacerme entrar a España, con lo que se arruinaría el plan de estos viejos amigos, que también es mi plan.

Por las dudas, no traje carta de invitación, ni pasaje de regreso, ni dinero suficiente, ni tarjetas de crédito, ni reserva de hotel y antes de bajar del avión tomé la precaución de enrollarme al cuello una muy perturbadora chalina palestina. Pero como con ustedes nunca se sabe, y en tren de asegurar las cosas, no tengo más remedio que decirle lo que ya le he dicho: no sé dónde carajo puse mi pasaporte.

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“Yo soy de la ETA y voy a explotar la terminal 4 y a todos los cabrones que trabajan aquí”

Durante 2010, los casos de argentinos no admitidos en el aeropuerto de Madrid se ganaron su lugar en las tapas de los diarios a pura fuerza de la noticia: la mujer de setenta y dos años que llegó para visitar a los nietos pero que no pudo pasar y se le cagaron de risa y le quitaron su medicación. La profesora de historia que venía invitada por la Universidad Complutense y que tuvo que escuchar a una funcionaria del consulado argentino, una tal Valenzuela, diciéndole que llegan miles de turistas por día, que los sacan de la fila al azar y que esta vez le había tocado a ella, que qué se le va a hacer; y además estaba embarazada, la profesora, y además, cuando volvió, perdió el embarazo.

De golpe, algo se instala: lo real, que no es eso que sale en la televisión. Hay quilombo en Barajas, seiscientos argentinos inadmitidos durante el año, indignación popular y un grito de corazón: “¡Españoles putos!”. Así se expresan los pueblos cuando la que los expresa es la tele. Total que nos vinimos, dejamos una Argentina que tenía en Néstor Kirchner, en principio, a un sujeto con vida y ahora estamos acá, en una sala pequeña con un puñado de sillas, donde me pidieron que esperara. En la pared, un cartel con membrete del Ministerio del Interior y la Guardia Civil dice: “usted va a ser sometido a una inspección minuciosa en 2da. línea según lo establece el Art. 7 del Reglamento (CE) N° 562/2006”. Una pena que diga “sometido”, le quita calidez.

El que me viene a buscar es otro oficial: alto, completamente calvo y con una prolija barba candado. Subimos un piso por ascensor y salimos a lo que claramente es una comisaría: escritorios, computadoras, papeles y otros policías como él entre viejos armarios con viejas cajas encima que dicen, por ejemplo: “inadmitidos jun 99”. Me siento frente al señor oficial, que se ve que los aviones de combate lo estimulan porque tiene su pared repleta de pósters: aquí vemos un Sea Harrier, aquí un caza bombardero. Entonces, por primera vez desde que llegué, España, la Unión Europea, me hablan y me dicen: que voy a ser interrogado, que el Estado español va a designar un abogado para que oficie mi defensa y que, luego del interrogatorio, se me comunicará si puedo ingresar o si tengo que volver en el primer avión de Air Europa que salga para Buenos Aires. Le explico que no tengo pasaje de vuelta, me dice que el regreso corre por cuenta del Gobierno de España.

Dos mujeres policías me vienen a buscar. Una, con unos grandes dientes ingleses, y enérgica. La otra, gordita, contenta porque se va a casar. A las dos las hemos visto tantas veces en todas esas películas de Almodóvar, chicas de las clases populares madrileñas con empleo ingrato y sueños por cumplir. Las dos son muy amables cuando me piden, en la sala de requisa, que saque todo lo que traigo en la mochila. Voy a tener que dejar la cámara de fotos, el celular, el reproductor mp3, y si tengo lapiceras, tampoco las puedo ingresar:

—Aquí todos quieren dejar lo suyo en las paredes —me dice— quejándose, la mujer de los dientes. Le explico que solo tengo un lápiz negro. Me dice que lápiz negro no hay problema. La otra mujer, por su parte, saca los papeles entre los que está escondido mi pasaporte, los pone sobre la mesa y los deja ahí.

—Si llegás a encontrar mi pasaporte ahora, le pido tu mano al Rey.

—Lo siento, ya te he dicho que estoy comprometida.

Los dos nos reímos, un plato. Mirá si justo ahora: ja. La señorita oficial de policía guarda nuevamente los papales tal cual como los sacó, sin desdoblar ninguno, sin buscar entre ellos. Acto seguido, las dos me escoltan hasta el lugar que vine a conocer, el sector de inadmitidos del aeropuerto de Barajas, el limbo infame, el espacio suspendido, donde voy a compartir desayuno, almuerzo, merienda y cena con el resto de los inadmitidos del mundo.

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“Españoles manden a hacerse follar”

El lugar es un rectángulo de unos cuarenta metros de largo, diez de ancho, con un machimbre azul que sube por las paredes pintadas suavemente de amarillo. No hay ventanas y no hay más salida que un pasillo angosto que te lleva de vuelta a las oficinas policiales. Hay ocho habitaciones pequeñas con dos camas cuchetas cada una, más unos estantes donde acomodar maletas, más unas ventanas de vidrio espeso, granulado: imposible ver el otro lado. En los espacios compartidos hay mucha luz de tubo, blanca y dura. En el alto de un rincón hay una televisión que está clavada todo el día en TVE y cuyo control remoto está en manos de las señoritas oficiales: nadie puede cambiar de canal, nadie puede apagar las luces, ni siquiera las luces de las habitaciones. Hay que pedir que apaguen, que cambien y tener bien leídas las normas de convivencia que están pegadas en la pared:

  1. Para cualquier consulta, necesidad o solicitud podrán dirigirse a la asistente social, al policía o al personal de seguridad.
  2. El desayuno se realizará a las diez y quince horas.
  3. Toda persona que precise algún utensilio para afeitarse o asearse lo solicitará al personal de seguridad después del desayuno.
  4. Queda terminantemente prohibido comer en las habitaciones.
  5. El mobiliario de la zona común no se moverá de su sitio salvo que sea autorizado.
  6. No se introducirán sillas en los aseos ni en las habitaciones, tampoco se sacarán almohadas ni mantas de las habitaciones hacia las zonas comunes.
  7. No se acostarán en las sillas de las zonas comunes ni se pondrán los pies encima de ellas.
  8. Todas las personas deberán permanecer vestidas y calzadas en las zonas comunes.
  9. Las luces de las salas se apagarán a la 1:30 así como la TV y las máquinas expendedoras de refrescos. A dicha hora todas las personas se deberán retirar a sus respectivas habitaciones.
  10. Al abandonar estas dependencias se recogerá la ropa de cama entregándola a la asistente social o al personal de seguridad.
  11. Cuando el servicio de limpieza se encuentre en estas dependencias todas las personas deberán salir de las habitaciones.

En el centro hay tres teléfonos públicos desde donde se puede llamar siempre que tengas tarjetas y a donde también pueden llamarte, siempre que marquen el número de aquí. Junto a los teléfonos, en una prolija fotocopia, los números de urgencia de todos los consulados con presencia en Madrid más una cantidad de números anotados a mano, de apuro, en los bordes, sobre el gránulo de la pared, residuos de la desesperación, dibujos nerviosos que para alguien, por un instante, fueron la única esperanza.

Al costado, una mesa larga y sillas de plástico, blancas, de jardín. Frente a la tele, una línea de bancos de espera, tan aeroportuarios, “engamados” con el amarillito ese de la pared. Y una supuesta sala para chicos, con dos colchonetas azules en el piso y los restos de unos pocos juguetes. En ninguno de los dos baúles guardajuguetes hay juguetes, pero en uno quedó un dibujo: ese papel es mi primer contacto real con la angustia del encierro. No puedo decir que yo la sienta, pero sí que por primera vez la veo en toda su negrura con ese avión en picada que es devorado desde adentro por un siniestro cangrejo rojo de pinzas gigantes, todo con el trazo de una persona de seis años, siete, y que firma como Jonathan.

En las “zonas comunes” la temperatura es ambiente, podés estar tranquilo de jogging y remerita y el clima general es de cierta aburrida distensión, el desgano de la gente que espera. Sobre las bancas, un poco recostadas, dos chicas miran televisión. Hay unas botellas de agua mineral, unas mantas enrolladas y una Biblia. Las chicas hablan en portugués y llevan dos días acá adentro.

Cleiza, veintiséis años, morena, la cara fuerte y el pelo recogido, un embarazo de cuatro meses encima, con un novio español —el padre de la criatura— que se pasó estas tardes en el hall del aeropuerto, pero sin carta de invitación, el documento que reemplazó al visado tradicional. Y Rafaela, blanca, de treinta, profesora de español, que trajo la carta pero no los sesenta y dos euros por día que te piden en migraciones —las veces que se les da por pedirte—. Las dos son bautistas evangélicas y las dos saben que mañana a la noche van a estar de vuelta en Brasil, una en San Pablo, la otra en Curitiba. Se me ocurre contarle a Rafaela de qué se trata, por qué estoy acá y de pronto algo se le enciende en la cara: me dice que apenas llegue ella también va a ir a los diarios, a las radios y a los canales de televisión a contar este atropello. Le digo que en Argentina viene siendo un tema, me dice que qué bueno que le di la idea, que las cosas no pasan porque sí, que yo debo ser un enviado de Cristo.

Estoy hablando con las chicas cuando la vigorosa oficial de los dientes de piano asoma desde el pasillo y, grácil, etérea, me pregunta:

—¿Has desayunado?

Aldonza Lorenzo con placa policial queriendo saber si tengo hambre: una madre. Enseguida me trae una especie de strudel relleno con pastelera y una taza de café. Empiezo a preguntarme por todo ese maltrato. El café tiene nata, pero eso puedo manejarlo. Un buen “sudaca de mierda” me aseguraría la realidad, la enunciaría como la estaba esperando, y así estaríamos todos más tranquilos. Pero el insulto no aparece, no va a aparecer. Lo voy a comprender después.

Pregunto si me puedo dar una ducha y entonces conozco a Olga, que no debe llegar a los treinta, relajada, muchos colores en la ropa, la reserva humanista entre las fuerzas del orden, nuestra asistente social, o sea: la persona que nos da las toallas, el champú, el desodorante, las mantas, las sábanas de abajo, las de arriba, la funda para la almohada y la que, por diez euros, me vende dos tarjetas con cien minutos para hablar a Buenos Aires. Estoy marcando una larga combinación de números y prefijos cuando me vienen a buscar. Otra vez en la comisaría, otra vez frente a mi oficial de bienvenida y los aviones de combate. Comienza el interrogatorio, por suerte lo tengo de mi lado al doctor Romojaro.

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“Fuerte Apache entra a España como sea”

Arturo Merelo Romojaro es flaquito, pelicorto, un hombre breve. Ha sido designado como mi abogado oficial y no va a hacer ningún comentario durante los ocho minutos de la entrevista, que consistirá en unas pocas preguntas básicas:

—¿A qué vienes a España?

—A visitar a un amigo.

—¿Tienes reservas de hotel?

—No.

—¿Tienes carta de invitación?

—No.

—¿Tienes boleto de regreso?

—No.

—¿Traes dinero?

—Cien euros.

—¿Me los muestras?

El policía escribe, imprime, sella y me informa que voy a tener que esperar unos minutos hasta que se me comunique la decisión con respecto a mi caso. Mi abogado y yo nos vamos a otra sala. El doctor Romojaro, perspicaz, me dice:

—Es probable que no te dejen entrar.

Parece que esta sala vacía en la que Romojaro y yo contamos los minutos solía ser una sala llena en los días de la gloria económica española, los buenos días del primer Zapatero y el pleno empleo. Parece que esto estaba lleno de personas que venían a buscarse un destino, el destino que fuera, y que entonces las cosas eran distintas y que el maltrato era como dios manda maltratar, no esta mariconada. Que ahora hay poca gente y muchos ojos mirando. Después, como dejando caer un pensamiento al paso, Romojaro me pregunta:

—¿Piensas recurrir?

—¿Qué sería recurrir? ¿Apelar?

—Claro.

—¿Tiene sentido?

El doctor Merelo Romojaro se acomoda en la silla, cambia la voz a modo semi confidencial y, como no queriendo tener que decirlo, me dice:

—Es que si recurres, a mí me pagan el servicio, ¿comprendes?
De pronto, Romojaro tiene la habilidad de hacerme sentir como en casa, así que le digo que sí, que desde ya, que cuente conmigo.

Nos llaman. La respuesta es no. Entro a firmar toda clase de papeles, incluida la apelación, incluido el documento que me informa que los nacionales de terceros países que han sido inadmitidos deberán regresar al mismo punto de origen y por la misma compañía aérea en la que vinieron.

Haber llegado a Madrid por Air Europa me garantiza alta frecuencia de vuelos hacia la Argentina, pero si viajaste por Air Tanzania capaz que tenés que esperar unos días y así es como inadmitidos de banda negativa se pasan una semana entera en el lugar de detención donde yo voy a estar veintiocho horas. Otro papel dice que vuelvo a Buenos Aires mañana temprano.

De nuevo en las zonas comunes, me meto en mi habitación, hago mi cama, me acuesto boca arriba y veo, en los listones verticales de la cama que tengo encima, la escritura agónica de los encerrados: el grafiti, una literatura. Busco en la otra cama, y también.

De golpe me doy cuenta de que están en las paredes, por todas partes. Con la sensación de estar descubriendo algo que había estado allí precediéndome, empiezo a copiar. Estoy llenando las hojas de mi cancherísima libretita Moleskine cuando un pibe morocho, con las narinas enrojecidas y una expresión general de derrota, abre la puerta y me pregunta:

—¿Eres el argentino?

Nicolae tiene treinta y cuatro años, nació en Focsani, capital de Vrancea, setenta mil habitantes a orillas del río Milcov, centro-oeste de Rumania. Descastados, desclasados, los rumanos en España forman uno de esos colectivos migrantes que se vuelve lugar común vapulear, el perfecto mojón para el ojo idiota. Ahora, uno de esos tipos, comparte habitación conmigo.

Sentado en el borde de la cama, Nicolae me cuenta que viene de Londres, que tiene dos hijos, que a uno le puso Raúl por la estrella del Real Madrid, que estuvo casado, que fue albañil y también cosechó la vendimia, que la primera vez que llegó a Madrid no sabía una palabra de español, que la última se fue sintiendo que España era su patria.

Me cuenta, Nicolae, que vino a lo que vienen todos, a ver si la materia de sus sueños estaba acá, si acá estaban el auto, la casa, la mujer, la vida que en Rumania no. Se desengañó pronto y entonces empezó a robar.

—¿Robar qué?

—Ropa, gafas para el sol, whisky. El whisky es lo que mejor rinde.

—¿Revendías?

—Claro, todo. Por una botella de whisky me daban cinco euros, y con eso comía.

—¿Dónde robabas?

—En cualquier tienda.

—¿Nunca te atraparon?

—Pocas veces.

—O sea que sí.

—Pocas veces.

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“Cálmense y solo repitan Jehová es mi pastor”

El almuerzo viene en unas bandejas plásticas, parecidas a las del avión. Hoy tenemos milanesa de pollo con papas fritas, más un cuadradito de ensalada verde con dos tomates cherry, más un guiso de lentejas más botellita de agua mineral más postre: flan, en pote. Pido sal pero no queda. Un lugar donde calentar un poco las lentejas, pero tampoco. Después de comer, aquí, en Barajas, arranca un nuevo día.

La luz, invariable, es, aquí dentro, un correlato del invariable reloj interno: todo está como detenido, no hay acción hacia delante, no hay devenir. Solamente algo se mueve, se sobresalta, cuando suenan los teléfonos. Siempre atiende el que está más cerca y después, por ejemplo, comunica:

—¡Álvaro, de Venezuela! ¿Está Álvaro de Venezuela por ahí?

—Sí, aquí estoy.

—Tu hermana.

Pero pueden pasar varias horas sin que nadie llame y entonces lo que queda es ver televisión, queda la nada: es un poquito para matarse. Yo salgo en unas horas, pero otros empiezan a ver pasar los días: “Aquí vivió nueve días una paraguaya”, dice en la pared de mi cuarto. Por eso, nueve días, para matarse.

Son las tres de la tarde y la gente está ahí sentada o, como Nicolae, durmiendo. Y todos en este paisaje de lo quieto, de lo que no es, sumergidos en una babosa letanía de hibernación, enfrentando como podemos al monstruo que ya no es la frustración ni el enfado, sino el hastío, la muerte en bicicleta, la hiper conciencia del tiempo que te prende fuego la cabeza y que te deja frente al enunciado inevitable de una línea atroz: me aburro. A partir de ahí, lo que queda es mirar el vacío hasta que te vengan a buscar, es decir, para siempre.

Nos saca del sopor una repentina delegación de ochos personas, que incluye a un par de mujeres de trajecito con carpetas en la mano, muy rubias, de ojos casi transparentes que hablan algo a lo que no le podemos llamar ni inglés ni español. Las acompañan otros dos sujetos y nuestras oficiales amigas de siempre más un pelado con borceguíes que les da órdenes. El traductor traduce: aquí se come, aquí se duerme, aquí se vive. Las mujeres anotan cosas y ponen cara de ajá. Nadie se sale de su papel, tampoco nosotros. Las dos brasileritas evangélicas, Nicolae que sale del cuarto refregándose sus rumanas lagañas, Álvaro de Venezuela y un enfermero de Melbourne recién llegado miramos a esas personas que nos miran y lo hacemos sin atrevimiento, algo quebrados, desde la penitencia. Ahí están ellos, un tour del control y la seguridad de algún consulado nórdico, y acá nosotros con nuestras remeritas de dormir, con toda nuestra “inadmitidez” al aire, como destituidos: mascotas en el canil sorprendidas en sus jaulitas misérrimas que en cuanto vuelvan a quedarse solas seguirá cada una entreteniéndose con su propio encierro. (Atroz, la línea: me aburro.)

Teléfono. Es para mí. Voy. Hernán Casciari del otro lado.

—¿Todo bien?

—Todo bien.

Parece que llamaron los del consulado argentino, que saltó el caso y que están viniendo para acá, es decir: a Barajas, a ver qué nuevo quilombo tienen en puerta. Gracias, Hernán. Hablamos. Una hora más tarde estoy otra vez sentado en el escritorio con los aviones en la pared, pero ahora no hay policía, sino dos caballeros de inconfundible acento porteño que me preguntan:

—¿Está bien? ¿Le han hecho algo? ¿Hay algo que quiera denunciar?

La tarjeta que me da Luis García Tezana Pinto dice que es ministro cónsul general de la República Argentina. Su compañero es un hippie mayorcito de barba canosa y colita en el pelo que viene a ser el abogado. Entre los dos me explican que, sin mi pasaporte, tienen las manos atadas. Me lo dicen como excusándose: mire, va a tener que volverse.

Vamos a decirlo así: pareciera que acá están todos cagados, que están expiando. Los polis no se te ríen en la cara y los consulados vienen a ver las habitaciones o a preguntarte si alguien te miró feo. Yo tenía derecho a la degradación del inadmitido y ya ven, las cámaras apuntaron sus luces sobre este cono de sombra y ahora todos dicen gracias y piden por favor.

Después de firmar nuevos papeles, el Ministro y su abogado fumón empiezan a levantar campamento. Entonces les pregunto:

—¿Cuál es la cuestión de fondo en el problema de los inadmitidos?

Tezana me responde sin sacarle los ojos al sobre donde está metiendo sus últimos papales:

—La cuestión de fondo es que acá no hay laburo para nadie.

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“Estos españoles tienen euros pero no tienen educación. Aguante Chile aguante Latinoamérica”

La noche es el mismo bodrio del día pero con menos informativos y más doctor House, que dice lupush porque está doblado al castizo, como todo aquí en España: un infierno. Vemos los goles de la fecha y el pronóstico del clima para Madrid, Valencia, Sevilla, Cataluña. En el corte, un aviso de Activia, que en España es verde. Raro: en mi país los modelos de Activia que cagan bien usan el violeta. Será la multiculturalidad.

Una chica negra, pequeñita, con unas trenzas hacia atrás, vestida con un saquito marrón de media manga, entra al salón y deja su bolso en el piso. Está temblando y lleva el susto en la cara. Avanza hacia los teléfonos, llama, cuelga, sale llorando de ahí y va a sentarse. Ahí se queda, bajando un llanto apretado, para adentro, el llanto de alguien que ni siquiera espera desahogarse. Estoy tratando de comprender lo que le pasa cuando llega la cena: cuadraditos rebozados rellenos de jamón y queso acompañados por unas rebanadas de chorizo colorado. La chica, que se seca las lágrimas e intenta comer algo, tiene veinticinco años, es nigeriana y no habla una palabra de español. Tuvo problemas con su carta de invitación y no tiene a quién avisar. Está muerta de frío. Le traigo el buzo rojo que nunca le devolví a mi amigo Rodrigo Lara y se lo pone. Su bandeja es la única que lleva una etiqueta que dice: “musulmán”. Y le faltan las rodajas de chorizo.

Para la una, solo quedamos Álvaro de Venezuela y yo, mirandoTonterías las justas, y comprobando que la televisión atraviesa una crisis creativa en todas partes del mundo. Álvaro es moreno, debe pesar unos cien kilos y tiene a sus tres hermanas en Valencia casadas con tres españoles que, supuestamente, están ahí afuera viendo cómo hacer para que finalmente entre a España. Álvaro es de Sabana Grande, un barrio de Caracas, donde tiene un ciber y locutorio y su esposa no sabe nada de él desde hace cinco días. Eso no parece preocuparlo especialmente, pero de todas formas le ofrezco mi tarjeta, por si quiere llamar. Álvaro me agradece, creo que somos amigos.

A las ocho de la mañana del día siguiente, una mujer oficial, con la desaprensión de los desconocidos, grita mi nombre. Asomo desde la habitación y la veo ahí parada, mirando al piso. Cuando me ve aparecer hace sonar su música:

—Te marchas.

En tres minutos cierro la mochila y salgo. Nicolae ya no está y en la habitación de al lado duermen las dos brasileñas con sus biblias bajo la almohada junto a nuestra nigeriana inadmitida, que está envuelta en una gran kanga azul con estampados naranjas y tiene el buzo de Rodri puesto, que allá fue, a buscar su destino en los guardarropas africanos. En la sala de requisa me devuelven las cosas: el celular, el reproductor, la cámara de fotos.

Después caminamos hacia la pista donde está el patrullero que me va a llevar hasta la escalera del avión. En medio de un silencio penitente, me subo a la patrulla. El viaje es corto y oscuro. Voy sentado atrás, soy algo que va de vuelta, lo que no fue aceptado, soy eso que, acá, no: yo, el inadmitido. Dos polis me escoltan, me abren la puerta, me depositan en manos de una azafata mayor, le entregan ellos mi documentación provisoria, como diciendo: ahora es tuyo. Todos nos ponemos serios cuando completamos el acto: los polis, la azafata, yo mismo.

Algo está pasando, algo que se recorta de la cantidad de movimientos ordinarios que se producen mientras la gente embarca, un hecho diferencial. El resto de los pasajeros que en ese momento está subiendo la escalera ve caer un auto de la policía con un detenido que sube con ellos al mismo vuelo y un poco se quedan. Vuelvo a la Argentina, que me recibirá con el cadáver tibio de Néstor Kirchner y un velorio popular en Casa Rosada. Me voy de Barajas con lo que vine a buscar, una libreta repleta de notas y un grafiti propio en la pared.

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“Alejandro Seselovsky estuvo aquí para Orsai revista, el 26 de octubre de 2010”

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Publicado junio 30, 2012 por danielmecca en Apuntes taller de periodismo

Entrevista de María Esther Gilio a Aníbal Troilo   Leave a comment


ENTREVISTA DE MARÍA ESTHER GILIO a ANÍBAL TROILO

LA PRIMERA NOCHE, MARÍA ESTHER GILIO APENAS CONSIGUIÓ QUE REGISTRARA SU PRESENCIA. LA SEGUNDA, ESPERÓ HORAS EN UNA MESA DEL BOLICHE DONDE TOCABA Y, AUNQUE TAMPOCO CONSIGUIÓ SACARLE UNA PALABRA, SE ENCONTRÓ RODEADA DE LEYENDAS COMO HÉCTOR STAMPONI, PEDRO MAFFIA Y HORACIO SALGÁN HABLANDO DE LA NUEVA OLA DE LOS AÑOS ‘20 Y DE ESE INSURGENTE QUE ERA PIAZZOLLA. PERO A LA TERCERA NOCHE, ANÍBAL TROILO SE SENTÓ A LA MESA Y HABLÓ. ESTA ES LA CRÓNICA DE AQUELLAS NOCHES DE 1967.

“Para escribir música preciso una letra primero. Una letra que me guste. Entonces la mastico. La aprendo de memoria. Todo el día la tengo en la cabeza. Es como si la fuera envolviendo en la música. Es muy importante para mí lo que dice la letra de una canción. Por eso me gustaban las letras de Manzi. Eramos como hermanos, con una sensibilidad parecida…”

Tres noches tuve que esperar para hablarle de lo que quería. No era fácil. Siempre ocurría lo mismo. El decía: “Sí, sí, mi querida, siéntese”. Y me tomaba del brazo para que me sentara. Yo me sentaba y esperaba. Con todas mis preguntas escondidas en la manga: “Usted admira a Di Sarli, ¿por qué?”. Y después, cuando el humo fuera más espeso y la noche más adulta: “¿Y Piazzolla, Piazzolla?”. Pero ¡mi Dios! siempre a esa hora dejaba escapar un brillo muy breve de entre los ojos finos como una raya y me decía: “Está bien, todo está bien. Lo que importa es esto”. Y movía las manos. “Esto, esto.” Yo trataba de anotar en mi memoria “esto”.
“Esto” eran las sombras silenciosas en las mesas. La gente que apretaba, al pasar, su brazo, el amor que incontenible lo anegaba. “Esto” era también yo, como una cámara ansiosa, con toda la pupila abierta para no perder una sola imagen, un solo movimiento de sus manos; mullidas, chicas, lentas, acariciando el vaso empañado y frío.
Una mujer cantaba acompañada por un piano. Troilo le decía que sí a la letra, que hablaba de un tiempo viejo y feliz; sí a la voz que lloraba desgarrada de soledad sin esperanza.
Detrás de Troilo, a dos metros, junto al mostrador, de pie, lúcido, sonriente, presente y ajeno, su representante. Miraba, sonreía, vigilaba… Recordé la entrevista de días antes en su oficina de Lavalle. Su desconfianza desde el comienzo, y desde el comienzo mi hipocresía. Sus temores de que Troilo pudiera embarcarse en empresas que lo comprometieran, mi diligencia para ahuyentar esos temores.
–La entrevista es para una publicación independiente. Quédese tranquilo.
–¿Independiente?
Cualquiera podía darse cuenta de que no había acertado con la palabra que lo dejaría tranquilo. Su rostro se había ensombrecido. Era necesario tirarse al agua.
–Sí, quiero decir, sin ideas políticas.
El representante sonrió. Tal vez sabía que para conseguir esa entrevista yo era capaz de cualquier cosa. Decidió ser generoso.
–Está bien, venga esta noche a Caño 14. Después de las doce. Allí podrá preguntarle.
Pero preguntar no era fácil, porque él no respondía sino dándome palmaditas en la mano o acercándome el vaso; entonces yo trataba de envolver mis preguntas en el disfraz de una conversación casual, pero sonreía y me decía:
–Sí, uruguaya, sí –y luego señalaba a la cantante–. Escuche.
Me sentía idiota, con mis pobres preguntas tan inútiles y mi vaso en la mano todavía intocado. Hasta que me deslumbró la certidumbre de que había que zambullirse en ese vaso porque era del otro lado que iba a encontrar a Troilo y también las preguntas necesarias a las mejores respuestas.
Sin embargo, fue todo un espejismo. Encontré a Troilo sí, del otro lado. Pero no pude encontrar la voluntad para anotar las tan deseadas respuestas, ni el ánimo de hacer las necesarias preguntas. Sólo estaban él, su bandoneón y unas ganas enormes de llorar atando a treinta desconocidos.
Así fracasé la primera noche.
El local estaba gris de humo porque era la una de la mañana de un viernes; y el representante se paseaba nervioso, porque siendo viernes, y la una de la mañana, Troilo no llegaba.
A mí me habían ubicado en una mesa medio arrinconada donde estaba sentada la gente de la orquesta y un tipo locamente eufórico que decía haber llegado de Río esa mañana, ser escultor, adorar a Troilo y a una mujer muy flaca y muy insustituible, que tenía a su lado, y que acababa de conocer, providencialmente en un cafetín de Tres Sargentos.
–Diga que Troilo no es un ejecutante, que es un creador –me decía–. Diga, escúcheme, diga que es un mito. Una forma ineludible. Cuente eso, cuente que habíamos pasado una noche tormentosa. Como la de hoy, ¿eh Nelly? Ya era de mañana. Y llovía. Yo me iba de Buenos Aires. Había subido al taxi y Aníbal estaba parado en la calle, con el agua chorreándole la cara y me decía: “Quedate, quedate”. Habíamos ido a ver a Tania. “Quedate. Esto es Buenos Aires, esto es la garúa.”
El representante miraba al eufórico con expresión ausente y no cesaba de volver la cabeza hacia la entrada cada vez que chirriaba la puerta.
–Y un día en que andaba mal, como anda mal Aníbal cuando anda mal, y yo le dije: ¿pero a dónde vas, viejo, a dónde vas?; me contestó: “¿Yo? ¿A dónde querés que me vaya? Si a mí ya no me para nadie. ¿Qué creés que me puede parar a mí? Puede ser que me pare una ventana con los vidrios rotos”.
El representante volvió a mirar al escultor eufórico. Esta vez con expresión incrédula. ¿Cómo se podía hablar de tales vaguedades con toda esa gente allí esperando, ese humo tan espeso y ese reloj que ahora marcaba las dos menos cuarto?
–Sí, es un lúcido. Sabe muy bien qué puede y qué no puede. Sabe muy bien cuándo anda mal y cuándo tiene que dejar de andar mal… agarra la valija y desaparece. ¿Ve este reloj? Un día me encontré con él por ahí. Yo andaba solo; cumplía años. Me llevó a su casa. Había comprado este reloj para regalar, pero era mi cumpleaños y quiso dármelo. “Tomalo”, me dijo, “el otro que se vaya al diablo”.
Pregunté al señor serio que tenía a mi derecha, serio, delgado y cuidadosamente vestido:
–¿Quién es el que habló ahora? Yo no conozco a nadie.
–Héctor Stamponi.
–¿El compositor?
–Sí.
–Disculpe, ¿y usted?
–¿Quién, yo?
–Sí.
–Maffia.
–¿Maffia?
–Pedro Maffia.
Me reí.
–¿De qué se ríe?
–Pensaba en “A Pedro Maffia” tocado por Troilo y Grela.
–Sí… el mismo.
–Usted me está tomando el pelo.
–¿Me ve cara de tomarle el pelo?
No le veía, no, cara de tomarme el pelo. Pero ¿cómo podía explicarle que yo creía que él era una gloria del pasado, un muerto ilustre?
Salgán acabó de tocar y vino a sentarse a la mesa. Con su cara un poco hosca, sus ojos saltones y su miopía. Pero Maffia había quedado callado. Se miraba las manos.
–Así que usted ya me hacía en la Chacarita.
–¡No, no! No sé… Nunca pensé en usted como en un ser real. Para mí era un poco la historia.
Volvió a mirarse las manos.
–Soy un poco la historia. Piense que en el ‘20 yo era nueva ola.
–Lo que ustedes hicieron, Pedro, tiene vigencia hoy –dijo Salgán.
–Ahora la nueva ola es otra –dijo
Maffia.
–¿Y a usted qué le parece esta nueva ola?
–Está doblando el tango. Lo está doblando. Es negativa.
–¿Habla de Piazzolla?
–No quiero hablar de nadie en particular… ¿Quién lo entiende?
–¿A Piazzolla?
–Sí, ¿quién lo entiende? Piense en Troilo.
Salgán dijo como para sí mismo “no hay por qué oponerlos”.
–Yo los opongo, Horacio, yo los opongo.
–No soy el dueño de la verdad; admito otras maneras.
–Está bien, está bien. Pero él, usted, conservan la línea melódica. Cuando no se conserva la línea melódica, ¡basta! Yo lo escucho a Piazzolla y me gusta…, no se trata de eso. Usted respeta al autor. El, Piazzolla, hace otra cosa.
La puerta volvió a chirriar. El representante y yo volvimos al unísono nuestras cabezas y sonreímos al unísono. Pichuco entraba con sus pasos cortos y lentos. Eran las dos. La misma rubia del día anterior lo seguía.
–¿Quién es? –pregunté.
–La madre –dijo alguien riendo.
La rubia se acercó en ese momento.
–Che, esta periodista preguntó qué eras vos del Gordo y le dijeron que la madre.
–Y… no está mal.
Luego, mirándome:
–Es mi marido, querida.
–¿Cómo se siente compartiendo todos sus días con un hombre tan famoso?
–El Japonés es el hombre más bueno del mundo, pero ¡es de difícil! Es de Cáncer.
Y luego, señalando a Maffia:
–El lo conoce bien.
–Tenía catorce años cuando lo conocí –dijo Maffia.
–¿Los dos de pantalón corto?
–No, m’hija, no. Primero me mata y ahora me rejuvenece. Yo tenía unos cuantos años más que él. Me lo trajeron para que le diera clases de bandoneón. Vino a diez clases. Un día chau, no apareció más. Pantalón largo, muy gordito. No le gustó mi cara. No sé. No vino más. Yo era riguroso. Era muy riguroso. Un día, años después, me dijo: “No fui más porque ¿qué querés? Vos tenías cara de bombero. ¡Y sabés cómo te quiero!”.
Troilo, sentándose: “A mí no me gustaba estudiar”.
–¿Qué hacía en esa época?
–¡Pero piba, usted está tomando café! Pero, sírvale algo.
–¿Ya le gustaba el tango?
–Me toca entrar. Más tarde, ¿eh?
Otra vez los golpecitos en la mano, los ojos finos como una línea, el gesto de acariciar el vaso, el aire, en general, ausente.
Y a dos metros, también otra vez, el representante. Sonriente, atento, vigilante.
Quédese tranquilo, señor representante. Yo sé lo que es un ídolo, su promoción, la taquilla. Cuando escriba diré: “Pichuco levantaba con la derecha el vaso de Coca-Cola” mientras decía: “El tango es la síntesis del alma porteña”. Tranquilícese, como dijo el escultor eufórico, él es un hito, y ya nada podrá contra eso, ni el cuidado en ocultarlo de todos los representantes, ni la avidez en mostrarlo de todos los periodistas.
Francini se acercó con el violín en la mano.
–¿Vamos?
Troilo se levantó, y sin apuro, con pasos cortos, caminó hacia el escenario. Tanteó la silla, se sentó, barrió la penumbra con una mirada ausente, tomó el bandoneón que le alcanzaron y cerró los ojos. Alguien dijo:
–Hoy va a tocar como Dios. Siempre toca como Dios cuando más cerca está de tocar como el diablo.
Dijo su mujer: “Después de esta vuelta nos vamos. Hoy el Japonés está mal”.
Tocó como Dios y se lo llevaron. Así fracasó mi segunda noche.
Eran sólo las once, pero Troilo ya había llegado y sentado en la cocina tomaba café. Oí que le decían:
–Che, Gordo, ahí te está esperando esa periodista uruguaya que quiere entrevistarte…
–¡Pobrecita!, que pase, ¿qué le voy a decir?
–Esperá a ver qué te pregunta.
–No le voy a preguntar nada. Hable de lo que tenga ganas. Cuénteme de usted. De cuando era chico.
–¿Y qué querés que te diga, piba? Cuando era chico era un gordito. Siempre fui un gordito. Tenía un hermano mayor… Vivía en el barrio del Abasto. A los nueve años debuté en un café, con una orquesta de señoritas, y de mañana, como me caía de sueño, en lugar de ir al colegio me iba al café a dormir. Quedé libre. Mi vieja se agarró un disgusto de la gran siete. No soñaba que yo con la música podría llegar a algo.
–¿Qué se tocaba en esa época?
–Más o menos por esa época se estrenó “Mi noche triste”, un tango del padre de Cátulo. A los catorce años, ya de pantalón largo, empecé a trabajar de contrabando en el Tabarís.
–¿De contrabando?
–Sí, porque era menor. Allí conocí a Vardaro, a Pascual Contursi. Hacíamos el tango de vanguardia. Entrábamos a trabajar a las seis de la tarde y no parábamos hasta que se iba el último borracho. Había días que terminábamos tocando con el sol en la cara.
Y se llevó las manos a los ojos como si otra vez el sol lo estuviera deslumbrando. Luego las bajó y se las miró. Eran pequeñas, mullidas y blancas y temblaban ligeramente.
–Mire –me las muestra–. Hoy me encuentra así, tan mal, porque estoy muy bien.
–Yo no lo encuentro así, tan mal, sino sólo muy bien.
Se echó a reír y los ojos le desaparecieron devorados por la cara.
–Siga contándome.
–Sí, pero tome algo.
–Bueno.
–En 1929 ya tenía orquesta propia. Tocaba en el cine Medrano. La jazz era de Tanturi. Me acuerdo porque en el ‘30 fue el mundial de fútbol. Yo soy de River.
A nuestro alrededor los mozos entraban con bandejas, se detenían a escuchar lo que Troilo me decía. Intervenían en el diálogo.
–Che, Gordo, contale cuando conociste a Discépolo…
–Tenía dieciocho años. Discépolo me contrató para hacer una gira.
–¡Seguí, Gordo!
–Pero, viejo… no sé. ¿Qué más? Contale vos.
–Discépolo quería hacer una gira por el extranjero y pidió un bandoneón. Pero no cualquier bandoneón. Alguien que representara a la raza, a los porteños. Este tenía dieciocho años; morocho, gordito, peinado al medio.
Troilo riendo: “Sí, Discépolo estaba acostado. Me dijo: ‘tocá’.
Y le gustó.”
–¿Le gustó? Quedó loco. Le contó a Tania. Un tipo de macho argentino, de esos que enloquecen a las mujeres.
–¡Cómo te gusta hacer ese cuento!
–La cosa fue que Discépolo quiso cerrar trato enseguida… pero el prototipo de macho, porteño, morocho y de raya al medio, le dijo: “Bueno, pero tengo que pedir permiso a mi mamá”.
Troilo reía, ahora, casi a carcajadas.
–Pero che… si yo era un pibe. ¿Vos conocés el Tupí? –me preguntó.
–Sí.
–No el de ahora, el de antes.
–Sí, el que estaba frente al Solís.
–No, yo digo el que estaba en la 18 de Julio. Allí trabajamos en el ‘36. El Tupí de San Ramón. Vivíamos cuatro en una pieza, en la calle Cuareim. Cuando podíamos comíamos puchero en el Café del Plata. ¡Costaba cuarenta centésimos! Por ese mismo tiempo Pascual Contursi estaba en un teatro que había al lado del Royal. El programa decía: “Pascual Contursi, cantor argentino”. Bueno, ¿qué más quiere que le cuente?
–Usted compone…
–Sí.
–Me gustaría que me contara cómo hace… si el tema se le ocurre de golpe…, cómo.
–No, no, no. Yo nunca puedo escribir música por escribir. Preciso una letra primero. Una letra que me guste. Entonces la mastico. La aprendo de memoria. Todo el día la tengo en la cabeza. Es como si la fuera envolviendo en la música. Es muy importante para mí lo que dice la letra de una canción. Por eso me gustaban las letras de Manzi. Eramos como hermanos, con una sensibilidad parecida…, el mismo amor por el teatro…
–¿El teatro?
–Sí, si usted me preguntara dónde quiero que me agarre la muerte le contestaría: en el teatro. Cuando Manzi dirigía yo iba viviendo toda la obra paso a paso. Hablábamos horas por teléfono. Yo conocía sus películas antes que nadie. Nos entendíamos sin palabras. Nos mirábamos, y uno ya sabía qué quería decir el otro. En la amistad y el amor ése es el único idioma.
Y se quedó callado.
Con los mismos ojos ausentes que ya le conocía y acariciando un vaso que no sé cómo había llegado a sus manos.
Sentí que me tocaban el brazo y me volví. Era alguien que andaba revoloteando por alrededor de nosotros, pero que yo no conocía. Me dijo rápidamente, en un murmullo:
–¡Cuidado! ¡Va a llorar! –Y luego–: Che, Gordo, vamos. Ya te toca.
El dijo entonces:
–Espéreme, pero para hablar de cualquier cosa, ¿eh?…, de Montevideo.
Me quedé sentada. Mirándolo entrar a la sala. Escuchando las inflexiones cariñosas de voces que decían. “Gordo”, “Gordito”, “Pichuco”. Escuchando luego el silencio. Por el silencio supe que había llegado al escenario, y cuando éste creció y se hizo espeso, que había tomado el bandoneón y cerrado los ojos.

Por María Esther Gilio
Fuente: suplemento “Radar”, del diario “Página 12”

Publicado junio 7, 2010 por danielmecca en Apuntes taller de periodismo

“La espera del ciruja de Plaza Francia”, por Jorge Gottling   Leave a comment

También él es un paisaje de la Ciudad. Con cada ocaso, con la casa puesta como un caracol, el hombre se ubica en el mismo banco de la Plaza Francia. Despliega despaciosamente sus pertenencias, comienza a construir su lecho.

Ocupará caprichosamente tres o cuatro metros cuadrados de la manzana más cara de Buenos Aires hasta que el sol despunte. Es difícil que alguien conozca su nombre, pero quien lo vio alguna vez, quien se tomó tiempo para descifrarlo, sabe que es un ciruja distinto. Tampoco nadie conoce su voz: no pide, no reclama, no protesta, no acepta.

Improvisa un colchón con trapos grises, ennegrecidos por la suciedad o por los años, sus frazadas son extendidas bolsas plásticas, también un cuero pesado e incoloro. No se echará hasta la medianoche. Ilumina su banco la tenue luz de una tulipa pública. Eso es su escritorio y —creemos— su sala de lectura. El hombre lee un diario con la mirada fija, sin lentes, adivinando la letra impresa, hasta que el sueño llegue en su auxilio.

Tiene ojos celestes, la sal del tiempo le oxidó la cara, le dejó estigmas, hinchado por el vino o los hidratos, manos que se prolongan en dedos amorcillados, con uñas largas y negras. Viste ropa ajada, que alguna vez estuvo de moda, como él. Coloca a su lado una casilla de madera, una cucha, que invariablemente portará cuando parta, al alba, rumbo al norte o al olvido.

Alguien arriesga una historia sobre este ícono de la decadencia. Alguna vez fue próspero, tuvo esposa, hijos amores tan furtivos como los sueños. Los hijos partieron, su perro se fue tras una perra y la mujer tras otro hombre. Pasó de la depresión a la locura, trató de refugiarse con sus hijos, pero no: nunca se sabe si falta una habitación o sobra un viejo. En orfandad, aprendió que la vida es una lata que hay que seguir abriendo. No hay revancha para los duros, tampoco la busca. Se oculta, entonces, en la diáfana Buenos Aires de afiche. Resignado ante la pérdida y el olvido, sólo ha guardado la casilla: él cree que su perro ha de volver.

(nota publicada en Clarín el 27/6/04)

Publicado junio 7, 2010 por danielmecca en Apuntes taller de periodismo

“Esa mujer”, por Rodolfo Walsh   Leave a comment

El coronel elogia mi puntualidad:
­Es puntual como los alemanes ­dice.
­O como los ingleses.
El coronel tiene apellido alemán.
Es un hombre corpulento, canoso, de cara ancha, tostada.
­He leído sus cosas ­propone­. Lo felicito.
Mientras sirve dos grandes vasos de whisky, me va informando, casualmente, que tiene veinte años de servicios de informaciones, que ha estudiado filosofía y letras, que es un curioso del arte. No subraya nada, simplemente deja establecido el terreno en que podemos operar, una zona vagamente común.
Desde el gran ventanal del décimo piso se ve la ciudad en el atardecer, las luces pálidas del río. Desde aquí es fácil amar, siquiera momentáneamente, a Buenos Aires. Pero no es ninguna forma concebible de amor lo que nos ha reunido.
El coronel busca unos nombres, unos papeles que acaso yo tenga.
Yo busco una muerta, un lugar en el mapa. Aún no es una búsqueda, es apenas una fantasía: la clase de fantasía perversa que algunos sospechan que podría ocurrírseme.
Algún día (pienso en momentos de ira) iré a buscarla. Ella no significa nada para mí, y sin embargo iré tras el misterio de su muerte, detrás de sus restos que se pudren lentamente en algún remoto cementerio. Si la encuentro, frescas altas olas de cólera, miedo y frustrado amor se alzarán, poderosas vengativas olas, y por un momento ya no me sentiré solo, ya no me sentiré como una arrastrada, amarga, olvidada sombra.
El coronel sabe dónde está.
Se mueve con facilidad en el piso de muebles ampulosos, ornado de marfiles y de bronces, de platos de Meissen y Cantón. Sonrío ante el Jongkind falso, el Fígari dudoso. Pienso en la cara que pondría si le dijera quién fabrica los Jongkind, pero en cambio elogio su whisky.
El bebe con vigor, con salud, con entusiasmo, con alegría, con superioridad, con desprecio. Su cara cambia y cambia, mientras sus manos gordas hacen girar el vaso lentamente.
­Esos papeles ­dice.
Lo miro.
­Esa mujer, coronel.
Sonríe.
­Todo se encadena ­filosofa.
A un potiche de porcelana de Viena le falta una esquirla en la base. Una lámpara de cristal está rajada. El coronel, con los ojos brumosos y sonriendo, habla de la bomba.
­La pusieron en el palier. Creen que yo tengo la culpa. Si supieran lo que he hecho por ellos, esos roñosos.
­¿Mucho daño? ­pregunto. Me importa un carajo.
­Bastante. Mi hija. La he puesto en manos de un psiquiatra. Tiene doce años ­dice.
El coronel bebe, con ira, con tristeza, con miedo, con remordimiento.
Entra su mujer, con dos pocillos de café.
Contale vos, Negra.
Ella se va sin contestar; una mujer alta, orgullosa, con un rictus de neurosis. Su desdén queda flotando como una nubecita.
­La pobre quedó muy afectada ­explica el coronel­. Pero a usted no le importa esto.
­¡Cómo no me va a importar!… Oí decir que al capitán N y al mayor X también les ocurrió alguna desgracia después de aquello.
El coronel se ríe.
­La fantasía popular -dice-. Vea cómo trabaja. Pero en el fondo no inventan nada. No hacen más que repetir.
Enciende un Marlboro, deja el paquete a mi alcance sobre la mesa.
-Cuénteme cualquier chiste -dice.
Pienso. No se me ocurre.
­Cuénteme cualquier chiste político, el que quiera, y yo le demostraré que estaba inventado hace veinte años, cincuenta años, un siglo. Que se usó tras la derrota de Sedán, o a propósito de Hindenburg, de Dollfuss, de Badoglio.
-¿Y esto?
­La tumba de Tutankamón -dice el coronel-. Lord Carnavon. Basura.
El coronel se seca la transpiración con la mano gorda y velluda.
-Pero el mayor X tuvo un accidente, mató a su mujer.
­¿Qué más? ­dice, haciendo tintinear el hielo en el vaso.
-Le pegó un tiro una madrugada.
­La confundió con un ladrón ­sonríe el coronel . Esas cosas ocurren.
­Pero el capitán N. . .
­Tuvo un choque de automóvil, que lo tiene cualquiera, y más él, que no ve un caballo ensillado cuando se pone en pedo.
­¿Y usted, coronel?
­Lo mío es distinto ­dice­. Me la tienen jurada.
Se para, da una vuelta alrededor de la mesa.
­Creen que yo tengo la culpa. Esos roñosos no saben lo que yo hice por ellos. Pero algún día se va a escribir la historia. A lo mejor la va a escribir usted.
­Me gustaría.
­Y yo voy a quedar limpio, yo voy a quedar bien. No es que me importe quedar bien con esos roñosos, pero sí ante la historia, ¿comprende?
­Ojalá dependa de mí, coronel.
­Anduvieron rondando. Una noche, uno se animó. Dejó la bomba en el palier y salió corriendo.
Mete la mano en una vitrina, saca una figurita de porcelana policromada, una pastora con un cesto de flores.
-Mire.
A la pastora le falta un bracito.
­Derby -dice. Doscientos años.
La pastora se pierde entre sus dedos repentinamente tiernos. El coronel tiene una mueca de fierro en la cara nocturna, dolorida.
­¿Por qué creen que usted tiene la culpa?
­Porque yo la saqué de donde estaba, eso es cierto, y la llevé donde está ahora, eso también es cierto. Pero ellos no saben lo que querían hacer, esos roñosos no saben nada, y no saben que fui yo quien lo impidió.
El coronel bebe, con ardor, con orgullo, con fiereza, con elocuencia, con método.
-Porque yo he estudiado historia. Puedo ver las cosas con perspectiva histórica. Yo he leído a Hegel.
­¿Qué querían hacer?
­Fondearla en el río, tirarla de un avión, quemarla y arrojar los restos por el inodoro, diluirla en ácido. ¡Cuanta basura tiene que oír uno! Este país está cubierto de basura, uno no sabe de dónde sale tanta basura, pero estamos todos hasta el cogote.
­Todos, coronel. Porque en el fondo estamos de acuerdo, ¿no? Ha llegado la hora de destruir. Habría que romper todo.
-Y orinarle encima.
­Pero sin remordimientos, coronel. Enarbolando alegremente la bomba y la picana. ¡Salud! -digo levantando el vaso.
No contesta. Estamos sentados junto al ventanal. Las luces del puerto brillan azul mercurio. De a ratos se oyen las bocinas de los automóviles, arrastrándose lejanas como las voces de un sueño. El coronel es apenas la mancha gris de su cara sobre la mancha blanca de su camisa.
­Esa mujer ­le oigo murmurar­. Estaba desnuda en el ataúd y parecía una virgen. La piel se le había vuelto transparente. Se veían las metástasis del cáncer, como esos dibujitos que uno hace en una ventanilla mojada.
El coronel bebe. Es duro.
­Desnuda ­dice­. Éramos cuatro o cinco y no queríamos mirarnos. Estaba ese capitán de navío, y el gallego que la embalsamó, y no me acuerdo quién más. Y cuando la sacamos del ataúd -el coronel se pasa la mano por la frente­, cuando la sacamos, ese gallego asqueroso…
Oscurece por grados, como en un teatro. La cara del coronel es casi invisible. Sólo el whisky brilla en su vaso, como un fuego que se apaga despacio. Por la puerta abierta del departamento llegan remotos ruidos. La puerta del ascensor se ha cerrado en la planta baja, se ha abierto más cerca. El enorme edificio cuchichea, respira, gorgotea con sus cañerías, sus incineradores, sus cocinas, sus chicos, sus televisores, sus sirvientas, Y ahora el coronel se ha parado, empuña una metralleta que no le vi sacar de ninguna parte, y en puntas de pie camina hacia el palier, enciende la luz de golpe, mira el ascético, geométrico, irónico vacío del palier, del ascensor, de la escalera, donde no hay absolutamente nadie y regresa despacio, arrastrando la metralleta.
­Me pareció oír. Esos roñosos no me van a agarrar descuidado, como la vez pasada.
Se sienta, más cerca del ventanal ahora. La metralleta ha desaparecido y el coronel divaga nuevamente sobre aquella gran escena de su vida.
­…se le tiró encima, ese gallego asqueroso. Estaba enamorado del cadáver, la tocaba, le manoseaba los pezones. Le di una trompada, mire -el coronel se mira los nudillos­, que lo tiré contra la pared. Está todo podrido, no respetan ni a la muerte. ¿Le molesta la oscuridad?
­No.
­Mejor. Desde aquí puedo ver la calle. Y pensar. Pienso siempre. En la oscuridad se piensa mejor.
Vuelve a servirse un whisky.
­Pero esa mujer estaba desnuda -dice, argumenta contra un invisible contradictor-. Tuve que taparle el monte de Venus, le puse una mortaja y el cinturón franciscano.
Bruscamente se ríe.
­Tuve que pagar la mortaja de mi bolsillo. Mil cuatrocientos pesos. Eso le demuestra, ¿eh? Eso le demuestra.
Repite varias veces “Eso le demuestra”, como un juguete mecánico, sin decir qué es lo que eso me demuestra.
-Tuve que buscar ayuda para cambiarla de ataúd. Llamé a unos obreros que había por ahí. Figúrese como se quedaron. Para ellos era una diosa, qué sé yo las cosas que les meten en la cabeza, pobre gente.
­¿Pobre gente?
­Sí, pobre gente.­El coronel lucha contra una escurridiza cólera interior­. Yo también soy argentino.
­Yo también, coronel, yo también. Somos todos argentinos.
­Ah, bueno ­dice.
­¿La vieron así?
­Sí, ya le dije que esa mujer estaba desnuda. Una diosa, y desnuda, y muerta. Con toda la muerte al aire, ¿sabe? Con todo, con todo…
La voz del coronel se pierde en una perspectiva surrealista, esa frasecita cada vez más rémova encuadrada en sus líneas de fuga, y el descenso de la voz manteniendo una divina proporción o qué. Yo también me sirvo un whisky.
­Para mí no es nada -dice el coronel­. Yo estoy acostumbrado a ver mujeres desnudas. Muchas en mi vida. Y hombres muertos. Muchos en Polonia, el 39. Yo era agregado militar, dése cuenta.
Quiero darme cuenta, sumo mujeres desnudas más hombres muertos, pero el resultado no me da, no me da, no me da… Con un solo movimiento muscular me pongo sobrio, como un perro que se sacude el agua.
­A mí no me podía sorprender. Pero ellos…
­¿Se impresionaron?
­Uno se desmayó. Lo desperté a bofetadas. Le dije: “Maricón, ¿ésto es lo que hacés cuando tenés que enterrar a tu reina? Acordate de San Pedro, que se durmió cuando lo mataban a Cristo.” Después me agradeció.
Miró la calle. “Coca” dice el letrero, plata sobre rojo. “Cola” dice el letrero, plata sobre rojo. La pupila inmensa crece, círculo rojo tras concéntrico círculo rojo, invadiendo la noche, la ciudad, el mundo. “Beba”.
­Beba ­dice el coronel.
Bebo.
­¿Me escucha?
-Lo escucho.
Le cortamos un dedo.
­¿Era necesario?
El coronel es de plata, ahora. Se mira la punta del índice, la demarca con la uña del pulgar y la alza.
­Tantito así. Para identificarla.
-¿No sabían quién era?
Se ríe. La mano se vuelve roja. “Beba”.
­Sabíamos, sí. Las cosas tienen que ser legales. Era un acto histórico, ¿comprende?
­Comprendo.
-La impresión digital no agarra si el dedo está muerto. Hay que hidratarlo. Más tarde se lo pegamos.
­¿Y?
­Era ella. Esa mujer era ella.
­¿Muy cambiada?
­No, no, usted no me entiende. lgualita. Parecía que iba a hablar, que iba a… Lo del dedo es para que todo fuera legal. El profesor R. controló todo, hasta le sacó radiografías.
­¿El profesor R.?
-Sí. Eso no lo podía hacer cualquiera. Hacía falta alguien con autoridad científica, moral.
En algún lugar de la casa suena, remota, entrecortada, una campanilla. No veo entrar a la mujer del coronel, pero de pronto esta ahí, su voz amarga, inconquistable.
­¿Enciendo?
­No.
­Teléfono.
­Deciles que no estoy.
Desaparece.
­Es para putearme ­explica el coronel-. Me llaman a cualquier hora. A las tres de la madrugada, a las cinco.
-Ganas de joder ­digo alegremente.
­Cambié tres veces el número del teléfono. Pero siempre lo averiguan.
­¿Qué le dicen?
­Que a mi hija le agarre la polio. Que me van a cortar los huevos. Basura.
Oigo el hielo en el vaso, como un cencerro lejano.
­Hice una ceremonia, los arengué. Yo respeto las ideas, les dije. Esa mujer hizo mucho por ustedes. Yo la voy a enterrar como cristiana. Pero tienen que ayudarme.
El coronel está de pie y bebe con coraje, con exasperación, con grandes y altas ideas que refluyen sobre él como grandes y altas olas contra un peñasco y lo dejan intocado y seco, recortado y negro, rojo y plata.
­La sacamos en un furgón, la tuve en Viamonte, después en 25 de Mayo, siempre cuidándola, protegiéndola, escondiéndola. Me la querían quitar, hacer algo con ella. La tapé con una lona, estaba en mi despacho, sobre un armario, muy alto. Cuando me preguntaban qué era, les decía que era el transmisor de Córdoba, la Voz de la Libertad.
Ya no sé dónde está el coronel. El reflejo plateado lo busca, la pupila roja. Tal vez ha salido. Tal vez ambula entre los muebles. El edificio huele vagamente a sopa en la cocina, colonia en el baño, pañales en la cuna, remedios, cigarrillos, vida, muerte.
-Llueve -dice su voz extraña.
Miro el cielo: el perro Sirio, el cazador Orión.
­Llueve día por medio ­dice el coronel-. Día por medio llueve en un jardín donde todo se pudre, las rosas, el pino, el cinturón franciscano.
Dónde, pienso, dónde.
­¡Está parada! -grita el coronel­. ¡La enterré parada, como Facundo, porque era un macho!
Entonces lo veo, en la otra punta de la mesa. Y por un momento, cuando el resplandor cárdeno lo baña, creo que llora, que gruesas lágrimas le resbalan por la cara.
­No me haga caso -dice, se sienta­. Estoy borracho.
Y largamente llueve en su memoria.
Me paro, le toco el hombro.
­¿Eh? -dice­ ¿Eh? -dice.
Y me mira con desconfianza, como un ebrio que se despierta en un tren desconocido.
-¿La sacaron del país?
-Sí.
­¿La sacó usted?
­Sí.
-¿Cuántas personas saben?
­DOS.
­¿El Viejo sabe?
Se ríe.
-Cree que sabe.
­¿Dónde?
No contesta.
­Hay que escribirlo, publicarlo.
­Sí. Algún día.
Parece cansado, remoto.
­¡Ahora! ­me exaspero­. ¿No le preocupa la historia? ¡Yo escribo la historia, y usted queda bien, bien para siempre, coronel!
La lengua se le pega al paladar, a los dientes.
-Cuando llegue el momento… usted será el primero…
­No, ya mismo. Piense. Paris Match. Life. Cinco mil dólares. Diez mil. Lo que quiera.
Se ríe.
­¿Dónde, coronel, dónde?
Se para despacio, no me conoce. Tal vez va a preguntarme quién soy, qué hago ahí.
Y mientras salgo derrotado, pensando que tendré que volver, o que no volveré nunca. Mientras mi dedo índice inicia ya ese infatigable itinerario por los mapas, uniendo isoyetas, probabilidades, complicidades. Mientras sé que ya no me interesa, y que justamente no moveré un dedo, ni siquiera en un mapa, la voz del coronel me alcanza como una revelación.
­Es mía -dice simplemente­. Esa mujer es mía.

Rodolfo Walsh“los oficios terrestres” 1986

Publicado junio 7, 2010 por danielmecca en Apuntes taller de periodismo, Literatura