El licor de las cosas queridas   Leave a comment

 

Fito_Paez-Abre-Frontal

El mundo está lleno de hijos de puta.

Mi amigo Esteban vivía a 50 metros de casa, en la misma vereda. Allí estaba la casa de su viejo. Me acuerdo del piano polvoriento. También que jugábamos, con él y mi hermano menor, debajo de una ancha mesa en el living. ¿A qué jugaríamos? Tendríamos seis años, menos quizás. Aquella vez nos fuimos de noche. Juraría que era verano. La casa de su mamá, años más tarde, estuvo a cinco cuadras, un primer piso, donde los sábados jugábamos al Sega los tres. Subir esa escalera, cada sábado, el olor a lavandina en el piso, la chocolatada a la tarde, los campeonatos del Superstar Soccer Deluxe, la sonrisa cansada de Elvira, su mamá enfermera que había trabajado toda la madrugada.

Recuerdo que alguna vez Esteban trajo cassettes, luego CDs: Giros, Del 63, Ciudad de Pobres Corazones, Tercer Mundo. Son los noventa.

Tendríamos ocho, nueve años, quizás diez. Con mi amigo, que es un año más grande, cantábamos cómplices el estribillo de El chico de la tapa: El mundo está lleno de hijos de puta, y hoy especialmente está llena de ruta, no voy a morir, no voy a morir de amor. Nos reíamos.

Escribió Borges que el hoy fugaz es tenue y es eterno. Mi hoy eterno es estar cantando ese estribillo en alguna parte de mi casa.

Porque ese riff, esa batería acelerada, ese “¡y si no le das te manda a guardar!”, entraban rebeldes por algún lado de mi casa católica, de los rezos antes de dormir cuando éramos chiquitos, del rosario que había que recitar en los viajes largos, de la mirada de nene bien, de abanderado permanente en la escuela primaria.

Entonces Fito, entonces en esta puta ciudad todo se incendia y se va, pero también cada vez que pienso en vos fue amor, fue amor.

Recuerdo una canción, Ámbar Violeta. Recuerdo ser adolescente. Recuerdo cerrar los ojos y cantarla en mi cabeza. Recuerdo.

Esas canciones fueron una educación sentimental, de rabia, de melancolía, de futuros poemas escritos a los 14 años para una chica que estaba con otro.

Hoy descubrí un tema del disco Abre, el octavo álbum de estudio, de 1999, que nunca había escuchado: La Despedida.

La suave melodía del piano entrando lenta, como esas noches que salía a caminar a la medianoche por la playa, en Costanera y 46, y me ponía de cara al mar para esperar viento. O cada abrazo de 10 segundos que le doy a mi hermano mayor en el aeropuerto de Ezeiza, primer piso, siempre que regresa a España, y alguna frase llorando en el oído de cuidate mucho, negri, de te voy a extrañar, te voy a extrañar, boludo. Henry Miller lo eternizó: lo que no está en plena calle es falso, inventado, es decir, literatura.

Algo se detuvo en punto muerto, fue tan grande ese silencio, fue tan grande el desamor, canta Páez. Y también: sabe amargo el licor de las cosas queridas, se acabó lo mejor, quién nos quita esta herida y me lleno de adolescencia, de infancia, de los cassetes, de la rabia, de los rezos, de mi amigo, de los poemas con 14 años, porque este mundo está lleno de hijos de puta y, a la vez, del licor de las cosas queridas.

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Publicado marzo 19, 2018 por danielmecca en Notas en la prensa, Relatos

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