Luna roja: la historia de lucha detrás del delegado del INTI Daniel “el Pollo” Luna   Leave a comment

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Por Daniel Mecca

—Podés ganar. Luchar no implica siempre ganar, pero si no luchás perdés seguro.

Así le hablaba la Tona a Daniel Luna (46), el Pollo, su nieto, delegado y referente de la lucha del INTI contra los 258 despidos.

Y la Tona, Antonia Leonilda Luna, no decía nada por decir. No la paraba nada.

Como cuando, antes de morir en 2003, los médicos descubrieron que ya había tenido un infarto pero que ni ella se había dado cuenta. Porque sólo se quebraba en secreto, hacia adentro, soportando el secuestro y desaparición de su único hijo, José Abelardo Luna, el Peti Luna. En lo hondo, dijo un poeta, no hay raíces, sino lo arrancado.

O como cuando en 1989, el gobierno de Raúl Alfonsín, en el contexto que ordenaba allanar los locales del Partido Obrero —donde ella se incorpora hacia 1980— y detener a su dirección, también detenían a sus nietos el Pollo (que estaba agitando en Puente La Noria), a Pablito (que había tomado un colegio) y a su sobrino (Tato). La Tona se mandó a recorrer desesperada las comisarías. En la comisaría de Puente La Noria apareció a los gritos  reclamando por los nietos, por los compañeros, y sin abogados.

O cuando estaba en un colectivo y subía una persona que no podía pagar el boleto y el chofer la quería hacer bajar: la Tona se paraba a los gritos, en plena época de la dictadura, con el temor en el aire, y armaba tal quilombo hasta que la dejaran viajar.

“Nosotros, como nietos, nos queríamos meter debajo de los asientos”, se ríe hoy el Pollo Luna, recordando esos días de infancia.

Esa infancia que tuvo varios viajes al interior que, disimulados como vacaciones, eran en realidad operativos de seguridad ya que sus padres estaban siendo buscados.

Esa infancia que tuvo un quiebre.

Fue cerca del 8 de diciembre de 1978 después de un acto escolar en la escuela Nº 24 de Banfield.

Daniel tenía siete años y, al salir ese día del colegio, lo llevaron a la casa de su abuela Antonia en Lomas de Zamora junto a sus otros dos hermanos. No recuerda si lo llevaron sus padres, ambos militantes de Montoneros. Tampoco si lo pasó a buscar su abuela Tona. El dolor es un lugar sin tiempo.

Pero sí que ese día fue el último que vería a sus viejos.

José Abelardo Luna y Cecilia Mónica Ibarra Brebia fueron chupados en la madrugada del domingo 10 de diciembre en la casa que alquilaban en Derqui 256, Derqui y Maipú.

Él, José Abelardo, tenía en esos días 35 años (nació el 30/10/43). Era responsable de Montoneros de zona norte. Había tenido un paso por la aeronáutica cuando fue a estudiar a Córdoba. Llegado de Entre Ríos, del municipio de General Ramírez, donde nació, y previo paso por Lomas de Zamora, fue a parar a la escuela de la fuerza aérea sin demasiadas chances de elegir otro destino. Estaba en la parte operativa, pero él ya tenía un interés social aun sin militar.

Hasta que una tarea del Ejército de “limpiar las villas” le crackeó la cabeza. Así lo dice el Pollo, le “crackeó la cabeza y renunció a la Fuerza”, como si en esas palabras hubiera una génesis de su lugar en el mundo. Lo dice desde adentro del INTI, a las 14.35 del domingo 18 de febrero, con un sol fulgurante que acecha afuera, desde donde están con una toma pacífica desde hace 24 días. Una bandera en el portón los sintetiza: “En el INTI no sobra nadie”. Otra: “Sobran vaciadores”. Otra: “Bienvenidos a la lucha”.

Al momento de su secuestro, el Petiso Luna era delegado de la dirección Nacional de Recaudación previsional, del rubro de informática, en JTP-ATE.

Cecilia, su mujer, tenía 29 años (nació el 27/05/49) y también contaba con responsabilidades de organización en Montoneros. Venía de una familia de militares con la que ella chocaba. Su abuelo estuvo 57 años al servicio de la Marina mercante, era un cuadro de la Fuerza, al punto de ser asesor de las tres fuerzas en el gobierno de Raúl Alfonsín. Se llamaba Carlos Ibarra.

Se habían enamorado en el lugar de trabajo, lo que es hoy el ministerio de Desarrollo Social, sobre la avenida 9 de julio. Se casaron con menos de un año de noviazgo.

Los emboscaron la madrugada del 10 de diciembre de 1978. Rodearon la manzana.

Intentaron salir por el fondo de la casa, por una medianera. Les pegaron tiros a los dos. En la casa había marcas de las balas. A ella, presuntamente, un disparo en la espalda. A él, en la pierna. Los militares se los llevaron junto a todo lo que había en la casa, plata, muebles.

Fueron vistos en el Centro Clandestino el Olimpo. Según la investigación, fueron trasladados en enero de 1979 para ser asesinados. Sus restos aún permanecen desaparecidos. Hubo sentencias de prisión perpetua, de 25 años y de 20 para algunos de los genocidas del Olimpo. En ese momento tenían tres hijos: Daniel —el Pollo— (7), Silvia Irene —que entonces tenía 9 años y luego militaría hasta cerca de los 20 años— y Pablito, el menor, que tenía 5, también militante hasta que se quitó la vida en 2003 a los 28 años.

—Los tres arrancamos a militar de re guachines -dice el Pollo-. Cuando me quedé en lo de la Tona habrá pasado un año hasta saber lo que había pasado. Al principio esperamos que vinieran un día. Otro día. Otro más. Pensaba delirios de pibe, no sé, que estarían de vacaciones. Me lo explicaron luego de que mi abuela se lo contara a mi hermana. Después ya tuve la sensación de que no iban a volver jamás.

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Daniel, Silvia y Pablo, los hermanos Luna

 “De Dios a una salida política”

El Pollo, con sus hermanos, debió pasar la infancia en Lomas de Zamora en la casa de la abuela. Grupos de 30 pibes, bicicletas, la pelota rodando en la calle, correrías.

—Estaba integrado a la pendejada del barrio. No sé si era líder, pero me reconocían. Éramos, junto a mis hermanos, chicos de consulta, del ‘che, qué hacemos’. Cuando alguien se mandaba una cagada con los más grandes íbamos nosotros porque teníamos cierta facilidad de hablar. La relación con mi abuela al principio fue complicada por una cuestión generacional. Ella tenía parte de sargento y una parte dulce, pero ni a palos era la abuelita Heidi, nunca la abuelita de los cuentos. No era una mina que daba todos los gustitos al nietito. Después de la tragedia que le pasó, qué carajo le importaba. Nos quería para enseñar esas cosas. Al final se puso más cariñosa, por ejemplo con mis hijos, era condesciende con ellos. Eso sí, nos tenía cagando con el estudio, que no boludeemos. Si no estudiábamos nos volaba un chancletazo.

La Tona se empezó a involucrar en la militancia a través del barrio entre el 79 y el 80. Y no paró más. La primera que empezó a discutir con ella políticamente fue la Negra Norma, actual dirigente histórica de la zona sur bonaerense del Partido Obrero.

“En diciembre del 78 varios compañeros comenzamos a militar en un nuevo frente: ‘Derechos Humanos’. Militando en la Comisión de Madres de Lomas de Zamora, nos conocimos con Antonia Luna, La Tona, de un barrio de Lomas, Parque Barón. La dictadura había secuestrado a su único hijo y su nuera, dejando a su cuidado tres nietos con mínimos recursos. Me pidieron en la comisión que acompañara a Tona a realizar la denuncia. Y a partir de allí comenzó una relación de militancia y amistad que se desarrolló hasta su muerte”, cuenta Norma.

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Con el termo rojo, La Tona, abuela del “el Pollo” Luna

Y recuerda: “Siendo una mujer muy inteligente y semianalfabeta, comenzamos a discutir con la Tona cómo veíamos desde Política Obrera —antecesor del Partido Obrero— nuestra lucha por el juicio y castigo de los genocidas. La necesidad de organizarnos con un programa independiente de todos esos partidos, como el PJ, que íbamos a ver con otras madres y nos cerraban las puertas, hasta desconociendo como peronistas a sus propios compañeros desaparecidos. A la luz del debate le planteé su incorporación al Partido”.

La Tona —rememora el Pollo—, hasta el secuestro de su hijo, sólo creía en Dios y nada más que en Dios, sin ideas políticas. Era de ir a misa los domingos, de rezar en las noches, un catolicismo muy tradicional ligado a su crianza en el campo de Entre Ríos. El padre, al llegar a Buenos Aires, fue sereno en una cristalería. La Tona trabajó siempre como personal doméstico. Nunca se dejó pasar por arriba. Ya tenía un carácter definido antes de militar.

Tras el secuestro, la Tona comenzó a ir a las marchas de la resistencia de las Madres, a reunirse con familiares. A veces, muy pocas, iban el Pollo y sus hermanos. Era riesgoso. No sabían si regresarían. La Tona empezó a ‘pasar’ —vender— cuatro o cinco prensas de Política Obrera entre las propias Madres. Siempre. Era disciplinada. El Pollo la resume:

—Pegó un salto de 180 grados: pasó de rezarle a Dios a plantear una salida política.

Junto a la Negra Norma, la Tona fue compartiendo reuniones con los familiares de la comisión, las rondas en la Plaza de Lomas. Hicieron un acto en la cárcel de Devoto para los presos políticos. La Tona fue una de las oradoras en medio de una enorme tormenta.

—¡Ni los presos se asomaban a las ventanas!- le dijo la Tona a la Negra Norma.

La Negra la recuerda ese día parada en un improvisado atril, su pañuelo blanco, interviniendo.

En una de las marchas de la Resistencia terminó 20 días en cana. “Cuando desde la conducción de Madres se advertía que las Madres no podían ‘involucrarse partidariamente’ —reflexiona Norma—. La Tona con su pañuelo blanco encabezaba en las marchas la columna del Partido”.

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La Tona en una marcha

“Retalos, Eduardo”

—Eduardo, retalos, que vengan a las reuniones, no puede ser que no vengan a las reuniones.

Eduardo es Chiquito Belliboni, hoy referente del Polo Obrero, pero, en esos años post-dictadura, era responsable político en el círculo de Libertades Democráticas que compartía con la Tona. Y era ella, claro, quien le pedía que rete a los nietos para que no faltaran al círculo.

“Tona era una abuela típica de retar a los nietos de la noche a la mañana, pero no para que se portaran bien, sino para que se ‘portaran mal’: les decía que militasen, que luchasen porque solo luchando iban a encontrar una salida. Su mayor empeño, su obsesión luego de que ella hiciera su comprensión política, fue que sus nietos fueran del Partido, que leyeran la prensa”.

Chiquito cuenta que la Tona era una extraordinaria lectora de la Prensa Obrera. Cuando él llegaba con el bolso ella se le abalanzaba.

—Dame la prensa, dame la prensa.

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La Tona y El Pollo, en séptimo grado

“Era una mujer de poca formación, pero de una gran conciencia política, la lectura le costaba pero se empeñaba. Cuando me incorporé al partido —agrega Eduardo— empecé a militar en el círculo de Libertades Democráticas, mi primer círculo. La Tona ya era del Partido y era parte de Madres de Plaza de Mayo Lomas de Zamora, una de las regionales más importantes de Madres. Era una mujer muy humilde, muy pobre, que ponía su casa para que nos reuniéramos ya que en esa época, tras la dictadura, imagínate que no teníamos locales. En su casa hemos hecho charlas, campañas, cortado la calle. Fue un espacio que luego irradió en todo Lomas”.

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La Tona junto a las Madres (en el centro)

Añade: “Tona jugaba un papel en la intervención en Madres y era una natural acercadora de gente. Su conciencia era impresionante, superior a la mía: uno en ese momento veía a las Madres como una institución casi inamovible, con eso de que ‘la política desvía, desune’. Entonces yo era relativamente prejuicioso en el frente, no quería decirles a ellas que se vengan al Partido. Pero la Tona era la más convencida de todas y daba una lucha política intensa dentro”.

La Tona iba a las reuniones de Madres y decía sin ningún problema:

—El Partido, que siempre estuvo con nosotras, está en campaña financiera y hay que aportar.

En el círculo de Chiquito también estaban el Pollo y sus hermanos Silvita y Pablito: “El Pollo era muy pibe, siempre fue el más serio de todos, callado, circunspecto, pero de una risa que surgía rápidamente, como de golpe, y que se nota más por su seriedad y tranquilidad. ¿En qué se parecen la Tona y el Pollo? La Tona hablaba corto, seco, era muy amable cuando quería y otras no. El Pollo también es de pocas palabras. Pero en lo que más se parecen es en la convicción política. Él jamás se victimizaba ni ponía por delante su condición de hijo de desaparecidos: eligió otro perfil para su vida. Hace unos días estuvimos con Norita Cortiñas y le comenté que el Pollo era hijo de desaparecidos. Él, que estaba al lado mío, no acotó absolutamente nada”.

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La Tona y el pañuelo de Madres

El Pollo

En una cena familiar, de pibe, el Pollo escuchó a la Negra Norma hablar del socialismo y de empezar a militar. Empezó a los 11 años y medio entre el círculo de DD.HH. y luego ya en la Unión de Juventudes por el Socialismo (UJS). Al principio, por el 82, dice, “no entendía una goma”. Pero en su primera época no lo paraba nadie. Alguien, ahí, le dijo por primera vez “Pollo” por lo pibe que era.

Fue a un colegio privado de curas —había ganado una beca— donde formó parte del armado de un centro de estudiantes en la secundaria. En tercer año lo echaron junto a unos 60 alumnos, dos cursos enteros, por haber organizado a los estudiantes y sacar declaraciones contra la educación privada. Daniel, pese a no ser el presidente, estaba a cargo del centro. Estuvo en varios colegios más, en coordinadoras secundarias, fue presidente del centro en la Nª 1 de Banfield y también en el del Instituto de Lomas. Tuvo que hacer la secundaria a la noche, en la ENET de Banfield, y la terminó ya laburando en Telefónica.

Canalizaba en la lucha la desaparición de sus padres: “No me detuve en la investigación del tipo judicial, sino en ir a las movilizaciones. No éramos un grupo de hermanos que nos juntábamos a llorar, sino que entendíamos que era una injusticia social y había que salir a luchar. Corta la bocha”.

Tenía choques tremendos con su abuela, por el temor que había quedado en ella, como cuando llegaba tarde de alguna pintada a las 11 de la noche. Los unían las ideas políticas: “Ella tenía los conceptos del Partido muy claros, pese a no tener formación intelectual. Creo que sólo hizo la primaria. Con lo que podía ella llegaba al auditorio, pero más que nada con el método del periódico y la charla individual. Llegó a ser candidata a diputada nacional y a concejal. Eso sí, cagaba a pedos mal si alguien llegaba tarde a la reunión o si no iba a alguna actividad a la cual ya había confirmado. Viene de toda la formación de años que si vos faltabas el otro terminaba desaparecido, entonces con eso no se jodía”.

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La Tona, año 2000, en el Picnic del PO

El Pollo siempre fue reservado sobre su condición de hijo de desaparecidos. Jamás se le fue de la cabeza lo que le decía la Tona:

—Nunca den lástima.

“Había que ser práctico. Antes de ser hijo de desaparecidos hay que ganar el centro de estudiantes, flaco. Yo voy al colegio a decir ‘Aparición con vida’ y quizá lo entienden, quizá no. Pero el problema práctico es que le cagaron una cuota o privatizaron el colegio, hay que ir a ese problema. Porque, en definitiva, es la forma que toma la burguesía para liquidar la educación pública. No soy de contar mucho. Ahora estoy destrabando la mente porque se lo tengo que contar a mis hijos ya que con los DD.HH. hubo mucha manipulación en la época kirchnerista. Pasamos de las Madres de Plaza de Mayo a las Madres de Hebe que fue un escándalo. Salvo en los primeros tiempos de las marchas da familiares, nunca milité en Derechos Humanos, sino en el frente que estuve, como sindicales, el Polo Obrero o al abrir una regional”.

Daniel trabajó de albañil y pintor (cuando tenía 10 años), en Telefónica, en Edesur, en una metalúrgica. Tiene título de maestro mayor de obras. Desde 2005 trabaja en el INTI, en la guardia técnica: es el sector que se dedica a que funcione todo lo que necesita energía eléctrica, gas, agua o redes de Internet. Es delegado de ese sector.

—De la Tona aprendí que hay millones de injusticias, pero hay que plantarse colectivamente. Si cada uno va por su cuenta estamos listos. Ese es el camino para el INTI y ese es el espíritu de la Naranja del INTI: el debate colectivo de los problemas, la caracterización fina, la preparación de cada etapa. Y hay un reconocimiento no solo de los laburantes, sino de la propia patronal. Por eso nos rajan a todos a la mierda. Está toda la Naranja entera despedida. Los compañeros me ven, supongo, como una dirección política, sin serlo del todo en el sentido que da órdenes. Tenemos un trabajo de agrupación absolutamente amplio. De alguna manera la autoridad política me la gano sobre la base de que abrimos un debate y damos lugar a todos los compañeros. Y, aparte, de la mano del Partido (Obrero) que, sin imponerle a la agrupación un criterio partidario pero sí estando palmo y palmo, hemos logrado una integración sólida entre el Partido, la agrupación y los compañeros del INTI.

En el INTI —agrega— tenés un sector importante de gente profesional, muy formada, que votaron a Cambiemos y fueron despedidos. Ahora hay un quiebre. Hay trabajadores que, después de alguna intervención, se me acercan para decirme que había logrado interpretar sus ideas. Un dirigente del PO, hace 20 años, me dijo que tenía “vagancia intelectual” —yo había tardado dos semanas en escribir una nota tras hacer un informe sustancioso— y me cagó porque tenía razón. Pero, cuando intervengo, la oratoria fluye sola. Al intervenir hay que hacer eje en una o dos ideas, no más: cuál va a ser la maniobra de la burocracia y cuál va a ser la propuesta de salida por la positiva. Eso es lo que nos diferencia. Actuar sobre lo concreto y dar salidas. Hay que saber escuchar antes de hablar porque si no quedás como un marciano o como un burócrata. Lo que más le plantea la gente a la burocracia es que no hay oído. Hasta acá todo lo que pudieron hacer los trabajadores del INTI lo hicieron y es una satisfacción muy grande.

El Petiso Luna, su padre, delegado de la dirección Nacional de Recaudación previsional, había participado de una huelga muy importante antes de ser desaparecido. “Cuando le hicieron un homenaje hace unos años me contaron esa historia y era casi la misma a la huelga de seis meses que hicimos nosotros desde diciembre de 2011 en el INTI, cuando luego de que ganara Cristina Kirchner las elecciones nos sacaron el bono de fin de año y una suma en negro que cobrábamos. Entonces reclamamos contra el vaciamiento, el pase a planta permanente. Más de 30 años después hacíamos una huelga por el mismo problema. Era muy fuerte. Finalmente, en el día más frío del año, en junio de 2012, cuando terminó el conflicto, recuperamos el bono y las sumas en negro logramos blanquearlas con una coeficiente que las sube con las paritarias”.

El Pollo tiene tres hijos: Federico, de 24 —que tuvo un paso por el Partido y hoy sigue acompañando—, Valentina de 14 —que está queriendo militar y es delegada en su curso del Normal de Banfield— y Santi de 9 años. Su compañera es Sandra, militante de Tribuna Docente y delegada de su escuela: “Nos conocimos en 2000. Un año después ya vivíamos juntos. Es una masa, es la mamá de Santi y Valen. Fede la considera como si fuera su vieja. No tiene ningún reparo cuando tiene que entregar inclusive su propio cerebro para darle una mano al otro, es una cosa impresionante. Y además es muy linda (sonríe). Ahora está acá”.

Ya en sus últimos días, la Tona, que murió a los 79 años, se acercó al Pollo y a Sandra y les dijo: “Los veo bien, siempre los quiero ver así”.

 

—¡Dale, nos tiraste una lápida en la cabeza, qué se yo lo que va a pasar! Fijaba posición frente a cualquier cosa que veía- bromea el Pollo.

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Los hijos del Pollo y su mujer Sandra

“Nada de lo que me pase a mí se compara con lo que están sufriendo los pibes”

La Negra Norma aún recuerda a la Tona recorriendo comisarías en el 89. “Esa era ella, quien parió a este Pollo Luna del INTI, porque la herencia genética existe, es esa convicción que la Tona comprendió desde un primer momento: la necesidad de una partido revolucionario. Y desde esta familia Luna esa herramienta se sigue construyendo. Y hoy, con esas concretas, pocas, pero afiladas y ácidas palabras de la Tona estamos luchando en el INTI”.

El Pollo: “¿Cómo me defino a mí mismo? La puta madre, qué pregunta. Soy la conclusión de un proceso histórico. Montoneros, cuya dirección política tenía acuerdos y vasos vinculantes con los servicios de inteligencia, dilapidó una generación entera que le podía haber dado a este país otra historia. Los que sobrevivieron terminaron con algún cargo político al servicio de la patronal, del Estado, la Iglesia. No es que tomaron la parte luchadora de Montoneros. Ese fue el gran acierto de Política Obrera: hacer una conclusión en el mismo momento que batallaba contra la represión. Su función fue reconstruir una cosa irreconstruible: poder mantener el contenido militante de los desaparecidos, una cosa muy fuerte. Por ejemplo en mi abuela.

—¿Pensaste qué hubiese sido de tus viejos políticamente de haber sobrevivido?
— Lo pensé veinte mil veces. Si seguís el curso histórico muy probablemente hubiesen sido funcionarios. Estaban en un lugar de dirección.

—¿Les adjudicás algún grado de responsabilidad en relación a sus compañeros?
—No creo que en relación hacia abajo porque los compañeros que militan en cualquier organización son conscientes, pero sí en el curso de poder modificar la orientación política hacia arriba. O no pudieron o no quisieron. Lo desconozco por completo. Si yo estuviera en un partido como el PO, y veo que directamente se pasa a una orientación distinta, haría algo dentro del Partido, daría la lucha política. No sabemos si pasó eso.

—¿Pensás en ellos?
— Pienso en la lucha que llevaron adelante. Sí he tenido mis bajones, pero tenés que seguir, ya está, no hay forma, y es muy positivo que yo esté y que cuento con mi revancha al tener a mis hijos. Porque pienso en mi viejo y al toque pienso en mis chiquitos. Si me concentro en la barbarie no veo el problema ni la salida. Se puede superar si pensamos en términos políticos, con una estrategia. Y es lo mismo que pasa con compañeros que se desgarran por un despido, y trato de hacerles comprender eso.

Mi apuesta es que yo no sea una bolsa de huesos, sino que sirva para el proceso que viene. Hoy hay una reacción por abajo que la ves, la sentís. Mi objetivo es el socialismo, el gobierno obrero y terminar con esta mierda. A mis hijos les estoy dejando el mejor futuro. Hasta el último día no voy a resignarme a la idea de que vamos a derrotar a la burguesía, pero si así no fuera,  como persona, hice todo lo posible para que eso pasara.

La Tona le decía a sus nietos: “Nada de lo que me pase a mí se compara con lo que están sufriendo los pibes”.

Se refería a su hijo, a su nuera, a los centros clandestinos de detención, a los 30 mil desaparecidos.

“Creo que siguió creyendo en Dios. Dejó un cuadrito de Jesús al pie de la cama — se ríe el Pollo, quien lleva una remera de ACDC que declara su tradición por el rock n’ roll y el metal— Tenía el cuadrito como diciendo: ‘Son todos malos menos vos’, pero era una cloaca a cielo abierto contra la Iglesia, un odio visceral, sobre todo cuando la sacaron cagando en la dictadura al pedir ayuda para encontrar a su hijo y su nuera. Nosotros, hoy, sólo creemos en la revolución”.

Ya con problemas de salud, tiempo antes de morir en 2003, la Tona fue a los Tribunales de Lomas por los juicios en ese momento a Raúl Castells. Hacía mucho calor. No había sombra. Jorge Altamira, al verla, la saludó y le dijo: “Cómo la trajeron con este calor”.

Ella le respondió:

—Equivocado, Jorge. Yo los traje.

Nota publicada en http://www.po.org.ar/prensaObrera/online/sindicales/luna-roja-la-historia-de-lucha-detras-del-delegado-del-inti-daniel-el-pollo-luna

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Publicado febrero 25, 2018 por danielmecca en Notas en la prensa

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