Gregory Corso, el rufián melancólico   Leave a comment

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A veces el infierno puede ser un buen lugar
si se le prueba a uno que, precisamente porque existe,
debe existir su opuesto, el cielo. ¿Y cuál era ese cielo?
La poesía.
Gregory Corso

Por Daniel Mecca

Escribió Jorge Luis Borges, el 9 de enero de 1985 en el prólogo a Los Conjurados, que sería raro que ese libro no atesorara una línea secreta, digna de acompañarte hasta el fin. Si se trasladara esa premisa al poeta beatnik Gregory Corso, sin duda quedarían en la memoria, hasta el fin, estos versos: Ayer a la noche manejé un auto /sin saber manejar/ sin tener un auto./ Manejé y atropellé/ gente que amaba,/ fui a 180 por un pueblo./ Paré en Hedgeville/ y dormí en el asiento de atrás/ entusiasmado con mi nueva vida.

Gregory Nunzio Corso nació el 26 de marzo de 1930 en Nueva York, hijo de una pareja adolescente. Su joven madre italiana —se denunció después— era abusada y golpeada por su marido. Gregory pasó la infancia en orfanatos, hogares religiosos, reformatorios. Lo esperaba la cárcel. Sintió que quería ser poeta a los trece años y que estaba solo en el mundo. “Cuando sentí que deseaba ser poeta –dijo– no sabía cómo hacer un poema”. Contó una vez que él pertenecía a las calles y que no iba a ninguna escuela. Que para vivir robaba objetos menores y dormía en los tejados o en los subtes de la ciudad. Corría 1943, la segunda guerra.

Lo metieron en cana a los 17 en la Clinton State Prison por robar una oficina de finanzas. En esos años, en la gayola, leyó un sinnúmero de grandes libros y habló con hombres que vivieron años sentenciados a muerte. Un hombre, ahí, le dijo: “Muchacho, no sirvas al tiempo, deja que el tiempo te sirva a ti”. Y eso hizo Gregory Corso: “Cuando salí dejé allí a un joven educado en las peores y en las mejores prácticas de los hombres”. Su segundo libro de poemas, “Gasoline”, se lo dedicó a los “Ángeles de la prisión de Clinton”. Contaban que, allá por los años ochenta, Gregory mostraba los objetos robados de las casas donde había estado y que hasta el legendario poeta Allen Ginsberg —con quien llegaron a compartir casas— lo debía “vigilar” como a un chico. Fue un rufián melancólico.

Nunca escribió poemas sobre la prisión ni sobre los presos. Escribió sobre el mundo de afuera porque de nuevo estaba afuera, en el mundo. ”Yo pertenecía al mundo, no a la prisión —publicó en un ensayo—. En la prisión solo aprendí, no escribí. Si uno debe trepar una escalera para alcanzar una altura y ver desde esa altura, es preferible escribir sobre lo que se ve y no sobre cómo se trepó. Para mí, la cárcel fue esa escalera”. Dijo que desde niño, hasta la época en que dejó la prisión, fue un poeta que no escribió ningún poema.

Perdió el primer poema que escribió. Lo perdió junto a otros centenares de poemas en una estación de terminal de buses en Miami, Florida. Los llevaba en una valija, que era todo lo que solía llevar con él en sus frecuentes viajes: una valija donde ponía una camisa y un traje arrugados y “un diluvio” de poemas. Durante esos años trasladaba en la valija cincuenta poemas (él mismo dijo que eran cincuenta) por cada juego de ropa interior: “Muchas veces debía abrir la maleta en las aduanas y todo cuanto podía ver el funcionario eran poemas, poemas, poemas”. Contó que en los trenes, repletos de pasajeros, al abrir la valija, volaban los poemas por todos lados. Era todo lo que tenía Gregory: calle, rejas y poemas.

Gregory Corso decía que, al viajar con tantos papeles, daba el aspecto de espía. Y que algo de eso había, porque “el poeta —escribió— es un espía, pero no de índole política. Es espía de todos, espía para todos y da informe para todos. (John) Keats decía ser el espía de Dios. Puesto que creo en el hombre, ello me convierte en espía de la humanidad”. Dijo que el poeta construye un nuevo mundo, un mundo que no está allí hasta que él lo pone para los pueblos y el tiempo. Dijo que un poeta, ante todo, es un ser universal y que por ello “a un verdadero poeta le resulta imposible ser nacionalista”. Dijo que escribir poemas para el Estado, y no poemas que nacieran del corazón, constituyen la muerte del poeta. Se jactaba en sus poemas de no tener agente literario. En sus ensayos tenía una mirada humanista.

Salió de la cárcel en 1950. Trabajó como obrero en Nueva York, como periodista en Los Ángeles, como marino en viajes a África y Sudamérica. Ese año, en “The Pony Stable”, un bar del barrio neoyorkino Greenwich Village —cuna de los beatniks—, conoció a Ginsberg, que cambiaría su matriz poética. William Burroughs, Jack Kerouac, Allen Ginsberg, Gregory Corso, Lawrence Ferlinghetti fueron voces centrales de la Beat Generation que nace a mediados de 1950. Era la generación desolada, la generación golpeada. La generación que venía a golpear.

Los poemas más rotundos de Gregory Corso son los más breves. Como el que se titula: “Conocí a este tipo que murió”: Salimos de juerga / recorrimos los bares / nos hicimos amigos firmes / Él quería que le dijera / qué era la poesía / Le dije / Una noche de feliz borrachera / Lo llevé a casa a ver a mi bebé recién nacido / Un gran pesar lo invadió/ “Oh Gregory” se lamentó / “trajiste algo para morir”.

Dispara lo melancólico en el poema “Cuando niño”: Cuando niño / revisaba las escaleras / hacía el altar en misa / volaba los pájaros de Nueva York / Y en el campamento de verano / besaba la luna / en un barril de lluvia. También en “En las paredes de un triste cuarto amueblado”: Cuelgo viejas fotos de chicas de mi infancia… / Con el corazón roto me siento, el codo sobre la mesa,/ La barbilla en la mano, estudiando / la mirada altiva de Helen, / la boca débil de Jane, / el pelo dorado de Susan.

Sus poemas más extensos buscaban —pocas veces con contundencia — la tradición de los largos versos de Walt Whitman, trabajan con imágenes surrealistas, referencias literarias, metafísicas, el pulso jazzero del bebop, críticas al american dream, raptos de absurdo, infancia y humor. Su poema “Bomb”, publicado en 1958 —cuya forma y lírica representaba críticamente el dibujo de la bomba atómica— sacudió conciencias como la del joven Bob Dylan.

Murió el 17 de enero de 2001 en Minessota. Sus cenizas fueron llevadas al cementerio protestante de su querida Roma, cerca de los poetas románticos ingleses Percy Bysshe Shelley y John Keats, los clásicos, sus grandes admirados. Hizo de su muerte continuidad de la poesía: escribió el propio epitafio de su lápida: Gregory Corso, el poeta espía, también quiso espiar la muerte.

tumba

Nota publicada en http://www.revistaelotro.com/2016/11/13/gregory-corso-el-rufian-melancolico/

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Publicado noviembre 13, 2016 por danielmecca en Notas en la prensa

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