No entres dócilmente en esta espléndida ciudad   Leave a comment

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Y a la aurora, armados de una ardiente paciencia,
entraremos en espléndidas ciudades.
Arthur Rimbaud

Do not go gentle into that good night.
Dylan Thomas

No entres dócilmente en esta espléndida ciudad,
ahí, donde siempre está llegando el metro a la estación de la calle 145,
en el Uptown, con ese silbido de única medianoche.

Las luces brillan más en los clubes de jazz que en el Times Square;
es el sonido del clarinete en danzante pena, en las horas quietas del mundo.
Siempre habrá jazz en alguna noche de junio.

Siempre habrán dos caminando en el Sutton Place Park,
abrazados mirando en lenta diagonal el puente de Queensboro,
a lo Woody Allen, a lo nosotros.

O sentados en el Shakespeare Garden, en algún lugar del Central Park,
donde levantamos una baldosa y dejamos escrito, en un papel amarillo,
una frase de Ungaretti. Anochecía.

No entres dócilmente en esta espléndida ciudad de moda y cubista velocidad,
donde los rascacielos sacuden la posibilidad de los cielos,
mientras miramos hacia arriba como chiquilines de barrio.

O cruzamos caminando el Puente de Brooklyn como en las películas,
primer plano, blanco y negro, sobre el agua histórica.
Los faroles se encienden entre los pasos y pensamientos.

Y allá está Brooklyn, con sus típicos portales en las casas,
rejitas negras, flores ‘monet’, escaleras de piedra,
para caminar, perdidos, tardes de sol. Siempre tendremos Brooklyn.

Yirar, también, por la pequeña Italia, con sus edificios de Padrino II,
con su resplandor de mirada de abuelos, su aire principios del siglo XX,
valijas que llegaron en barco, fotos que se detuvieron en esquinas sin nombre.

Late el inmigrante corazón en la Isla Ellis; aún se siente el fatigado respirar del viaje,
la tercera clase viajando en los sótanos, soñando en los sótanos, pudriéndose en los sótanos,
la libertad que los aguardaba para explotarles la libertad.

Un viejo dicho italiano: “Well, I came to America because I heard the streets were paved with gold. When I got here, I found out three things: first, the streets weren’t paved with gold; second, they weren’t paved at all; and third, I was spected to pave them”.

Cruzando el río Hudson pisa la aplastante Wall Street, con sus ojos metálicos,
su cuerpo de pintura negra de Goya, hambriento cuerpo de rabia quieta,
de lava financiera fluyendo por el asfalto.

En la city that never sleeps los homeless duermen en el metro,
en las estaciones de bus, en los parques, en las esquinas, donde pueden.
Entre las luces de Broadway vive Gotham City.

Más arriba, en el Harlem, el ‘wade in the water’ sonando invisible, el Negro Spiritual,
el dolor del esclavo en las plantaciones, la lucha del esclavo, la barbarie, la barbarie.
Cerrar los ojos. Escuchar la voz de gospel. Vibra la historia negra.

Como Basquiat en el Moma, con su palpitar de calle y cigarrillo y rabia y poesía y juventud y muerte; con las máscaras africanas de Picasso, ah, Picasso, con su Femme aux cheveux jaunes en el Guggenheim y ella dormida sobre la mesa, rara, como encendida.

No entres dócilmente en Greenwich Village, con Ginsberg caminando al Minetta Tavern; con Dylan Thomas yendo a la White Horse Tavern, en 1953, para entrar into that good night; con el levantamiento de StoneWall; con Hendrix entrando a la historia en Café Wha?

No entres dócilmente en esta espléndida ciudad cada vez que suene
la trompeta cansada de Louis Armstrong; cada vez que llegue el metro
a la calle 145, con ese silbido de única medianoche.

Daniel Mecca
(poema publicado en Revista El Otro –revistaelotro.com)

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Publicado julio 21, 2016 por danielmecca en Poesía

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