Cien años del dadaísmo: Tzara, Breton y la persecución estalinista (parte dos)   Leave a comment

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Por Daniel Mecca

Tristan Tzara, quien pasó a la historia como el gran impulsor del dadaísmo, nació en Moinesti (Rumania) el 4 de abril de 1896 bajo el nombre de Samy Rosenstock. En 1915 dejó Bucarest por la neutral Suiza, esquivando así  el reclutamiento en el ejército. Adoptó el nombre de Tzara, se estableció en Zúrich y estudió literatura y filosofía. Unos meses más tarde, en el Cabaret Voltaire (ver parte uno) se convirtió en uno de los miembros fundadores del movimiento Dada, junto a su compatriota Marcel Janco y otros refugiados, en su mayoría de Alemania, como Emmy Hennings, Hugo Ball, Hans Richter y Richard Hülsenbeck.

El poeta argentino Aldo Pellegrini, en el libro Antología de la poesía surrealista, caracteriza que el dadaísmo significó una ruptura absoluta con los principios vigentes, que “no solo llegó a negar el arte y la literatura del pasado, sino que cuestionó la esencia y la razón fundamental de todo arte, afirmando la caducidad esencial de cualquier forma de expresión artística”. Agregó: “Este movimiento juvenil, totalmente negador, sentó las bases de nuevos principios creadores, de una verdadera estética revolucionaria, que sería continuada por los surrealistas. En estas nuevas experiencias estéticas se partía prácticamente de cero: la única norma aceptada fue la de la libertad total. Se iniciaba así un arte sin cánones”.

Tras la Primera Guerra Mundial (1914-1918), el dadaísmo se extendió a Nueva York, París, Colonia y Berlín. En enero de 1920, después de meses de cartas y sus primeras publicaciones en revistas francesas, Tzara llegó a París, donde estableció el centro del movimiento dadaísta con los colaboradores de la revista Littérature: André Breton, Louis Aragon,  Philippe Soupault, Francis Picabia, Jacques Rigaut, Georges Ribemont-Dessaigne, entre otros. En esa ciudad escribió los manifiestos del dadaísmo y participaría de coloquios intelectuales. Sin embargo, luego de conflictos con Breton, Tzara anunció el fin del dadaísmo en septiembre de 1922.

Siete años después, en 1929, el rumano empezaría formalmente con su época surrealista al reconciliarse con Breton y con el género. “A principios de la década de 1930, Tzara comenzó a tomar un interés en el surrealismo, mientras dedica mucho de su tiempo —en particular su escritura— a la defensa de ‘nègre arte’. Pero en 1935 vuelve a romper con Breton, convencido de que la lucha contra el nazismo necesitaba luchadores reales, no sólo los intelectuales, y que el comunismo era la mejor respuesta. Pasó parte de 1936 en España. en un Madrid sitiado, y en Valencia y Barcelona” (The Guardian, 28/11/15).

Tzara estuvo muy vinculado a España, conmovido por la Guerra Civil. Pisó territorio español tres veces para hablar en coloquios al lado de los republicanos y, desolado, le dedicó varios a Federico García Lorca, asesinado por el franquismo (El País, 08/12/15). Durante la ocupación alemana de Francia, se unió a la Resistencia. Fue miembro del Comité Nacional de Escritores y se convirtió en uno de sus figuras principales  después de la liberación, al unirse al Partido Comunista (PC) en 1947.

El PC francés, Aragon y la disputa con Breton

En enero de 1927, los surrealistas ingresaron al Partido Comunista Francés (PCF), el mismo año que Trotsky es exiliado en Alma-Ata y se profundizaron las persecuciones a los trotskistas, que se presentan como Oposición de Izquierda del PC de la URSS. Entre 1928 hasta 1935, se agudizó la crisis en las relaciones entre el PCF (en acelerado proceso de estalinización) y el grupo nucleado en torno a Breton, quien fue sometido a un proceso inquisitorio por los dirigentes partidarios (a modo de regimentación es designado a una célula de los trabajadores del gas), a la vez que buscaron impugnar al surrealismo al caracterizarlo como “teoría contrarrevolucionaria”  (Rui Costa Pimenta, En defensa del marxismo 15, diciembre 96).

En esos años, Breton publicó el Segundo Manifiesto del Surrealismo, donde evolucionaron sus posiciones políticas en dirección al marxismo y a la crítica del estalinismo.

“La revista la Revolución Surrealista es sustituida por otra, cuyo nombre marca la radicalización política del movimiento, El Surrealismo al Servicio de la Revolución. En 1930, no obstante, el grupo va a sufrir una nueva crisis y una de las más importantes defecciones, en un episodio lamentable. Louis Aragon viaja a la URSS para participar de la II Conferencia Internacional de escritores proletarios y revolucionarios. Al regreso, bajo la influencia del estalinismo, sus relaciones con los antiguos amigos se tornan ambiguas y tensas. En marzo de ese año, a propósito de la publicación de un poema de contenido político, es procesado por incitación al homicidio. Breton sale en defensa de su compañero a través de un panfleto titulado Miseria de la poesía, donde se pronuncia contra el uso de la poesía para fines judiciales y contra el crimen de opinión. Aragon, sin embargo, bajo la influencia de la dirección estalinista, desautoriza públicamente la defensa y se produce la ruptura definitiva. A partir de ahí, uno de los principales integrantes del surrealismo (Aragon) evolucionará como apologista del estalinismo y hará carrera a través del aparato político del PCF” (Ídem anterior).

Después de un Congreso Internacional de Escritores por la Defensa de la Cultura, organizado por la  Asociación de Artistas y Escritores Revolucionarios (AEAR) para junio de 1935, se produjo la gran ruptura: André Breton, en un manifiesto, condenó el retroceso político y moral de la URSS. El texto fue publicado bajo el título Del tiempo en que los surrealistas tenían razón, firmado por veinticinco personas. Tres años después, en 1938, Breton viajó a México, donde estaba exiliado Trotsky y donde nacería el Manifiesto por un Arte Revolucionario e Independiente. Era un llamado a la construcción de la Federación Internacional por un Arte Revolucionario e Independiente, la FIARI, bajo la consigna central: “Toda libertad en el arte”. Como expresa el final del manifiesto: “La independencia del arte —por la revolución; la revolución —por la liberación definitiva del arte”.

Pero no solo Breton estuvo ligado al trotskismo: otros miembros del grupo, como Benjamín Peret, se convirtieron en militantes y dirigentes. (El acercamiento de Breton a Trotsky se da a partir de la lectura de su libro “Lenin”. La reseña de esta edición es publicada en el último número de 1925 de La Revolución Surrealista. El propio Breton caracterizó al surrealismo anterior a la II Guerra como “la época de  Lautréamont, Freud y Trotsky”.  En el número siguiente de aquella revista, el grupo surrealista se definía: “No somos utopistas: nosotros concebimos esta revolución solamente en su forma social”) (Revista El Otro, 14/07/14).

La ‘Rupture inaugurale’

El PC estaba fuerte: obtuvo el 26% de los votos en las elecciones legislativas de 1945, consiguió el cargo de viceprimer ministro para Maurice Thorez en 1946-1947 y conservó el apoyo de muchos intelectuales a mediados de los años cincuenta.

Aragon encabezó el diario Ce Soir hasta 1953, cuando pasó a dirigir el semanario de arte y literatura Les lettres francaises, y fue miembro del comité central del Partido Comunista Francés desde 1950 hasta 1960. “El surrealismo tuvo que luchar para recuperar su lugar en el París de la posguerra, dado el poder y la influencia de Aragon y de sus camaradas comunistas” (Surrealismo, eros y política, Alianza Editorial). Ese poder y esa influencia eran motivo de gran preocupación para Breton, quien planteaba: “Los estalinistas, los únicos que tuvieron una organización fuerte durante la clandestinidad, han conseguido ocupar casi todos los cargos clave en la edición, en la prensa, en la radio, en las galerías de arte”.

“Tristan Tzara también le había dado la espalda a Dada y al surrealismo y se había convertido al comunismo. El 17 de marzo de 1947, Breton tuvo un incidente público con su antiguo compañero dadaísta cuando asistía a su conferencia en la Sorbona sobre el surrealismo y el periodo de posguerra. Allí Tzara atacó al surrealismo por su impotencia durante la guerra, y por su ausencia ‘de nuestros corazones y de nuestra acción durante la ocupación’. Afirmó que la guerra había alterado profundamente la compresión de la realidad de la gente, lo que implicaba que la preocupación tradicional de los surrealistas por amplificar la realidad carecía ya de sentido. Tzara dirigió numerosas críticas contra el movimiento, lo que puede interpretarse como un indicador del poder político y cultural del Partido Comunista de la posguerra, y de su desconfianza hacia el internacionalismo vanguardista de Bretón hacia su libertarismo estético” (Ídem anterior).

Para Tzara el principio del fin del surrealismo se remontaba a la salida de Aragon del grupo surrealista y el ingreso al PC del poeta francés en los años 1930-1932. En segundo lugar, declaró que la obra de Benjamín Péret, El deshonor de los poetas (1945), era un “insulto” para los poetas que se quedaron, combatieron, y murieron durante la ocupación. Una segunda etapa de críticas al surrealismo vino de entre las filas del existencialismo. “Jean Paul Sastre –que en aquella época se hizo procomunista, aunque nunca se afilió al partido– afirmaba que el surrealismo no era más que un movimiento pasado de moda y parasitario”.

En junio de 1947 los surrealistas publicaron dos panfletos colectivos, Liberté est un mot vietnamien y Ruptura inaugurale. Este último atacaba al PCF por “adoptar los métodos y las armas burgueses; criticaba la condena reaccionaria generalizada de Alemania por la diplomacia y los comunistas franceses, argumentando que aunque ese país pudiera haber dado a Hitler, también produjo a Hegel, Marx, Stirner, Freud, Novalis, Nietzsche y Rosa de Luxemburgo, y señalaba que las experiencias del surrealismo con el PC habían resultado problemáticas porque a los surrealistas les preocupaba la liberación total –y sin compromiso– del hombre. Para los surrealistas la revolución proletaria era un medio para la liberación total —no un fin en sí mismo. Y sostenía que la moral no cambiaría sólo a través de una revolución económica, sino que requería también una revolución cultural, una revolución que uniera lo imaginario y lo real, lo expresable y lo inexpresable, la razón y la pasión” (Ídem anterior). El panfleto se publicó tres meses después del ataque de Tzara contra el surrealismo y dos meses después del de Sarte.

Tal como señaló Rui Costa Pimenta,  la ruptura de los surrealistas con el estalinismo fue el resultado de su evolución revolucionaria y, en este sentido, constituye un fenómeno peculiar en el cuadro de la evolución de la intelectualidad a partir de la década del 30 ya que la mayoría de la intelectualidad en ese momento evoluciona hacia posiciones estalinistas y, posteriormente, hacia una ideología abiertamente reaccionaria como producto de su desilusión con esas posiciones.

El propio distanciamiento de Tristan Tzara con el estalinismo —se había unido al PC en 1947— ocurriría  en 1956 con la represión soviética en Budapest contra la revolución húngara, cuando la burocracia rusa ocupa ese país ante el estallido revolucionario.

En el fondo ya nevado de tu juventud

Las obras e ideas de Tristan Tzara pasaron de los nuevos principios creadores que proclamaba el dadaísmo (“Estoy por principio contra todos los principios”, decía el manifiesto Dada de 1918, exponiendo su condición negadora y su rechazo a los cánones tradicionales del arte) hasta acabar gradualmente preocupándose por el destino social del hombre a través de la militancia, en este caso a partir de posiciones estalinistas como gran parte de la intelectualidad de aquellos años.

Así su vida, sobre todo, fue un reflejo político de todo un sector de aquella intelectualidad de la primera mitad del siglo XX, como por ejemplo lo fue en la siguiente mitad, en Latinoamérica, Gabriel García Márquez (1927-2014), quien tuvo un compromiso por el Estado obrero naciente de la revolución cubana, en 1959, para luego acompañar la transformación de la dirección cubana en el aparato burocrático que es hoy.

Tzara murió en París el día de navidad de 1963. Tenía 67 años.

Dejó ideas inspiradoras y revolucionarias en el siglo pasado y también versos hermosos, como aquel que escribió en 1828, síntesis de una época, en el libro Indicateur des chemins de coeur:

“Mientras en el fondo ya nevado de tu juventud
tus ojos renacen en la sangre de las cálidas interrogaciones”.

Nota publicada en febrero de 2016 en http://www.revistaelotro.com/2016/02/09/cien-anos-del-dadaismo-tzara-breton-y-la-persecucion-estalinista-parte-dos/

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Publicado febrero 9, 2016 por danielmecca en Notas en la prensa

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