Matilde Urbach   Leave a comment

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Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca
aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach.

Le Regret d’Héraclite, Jorge Luis Borges

Por Daniel Mecca (@dmecca1)

“Las desdichas son dones también, son la arcilla para la poesía”. Las palabras se desprenden de una entrevista a Jorge Luis Borges algún día de 1978. Lo dijo casi al pasar, pero llevaba la inminencia de la revelación. Yo descubrí esa arcilla a los 14, en la desdicha del amor. Mis cuadernos empezaron a acumular malos poemas, los primeros versos, palabras jóvenes de amor para esa chica, versos que eran un naufragio permanente; el latido era –es– una orilla incierta.

En el génesis de mi desdicha nació mi poesía, el acto de vida. Tenía razón Bukowski en su poema El genio de la multitud: aquellos que predican amor no tienen amor. El poeta no tiene amor, sino que lo predica. Allí su radica su carencia, su búsqueda, su motor de vida.

Esto implicaría que la posibilidad de amor –la posibilidad de dicha– atentaría contra la creación poética. Recordamos aquellas palabras de Borges sobre el poeta argentino Enrique Banchs al referirse a su obra: “La equívoca fortuna hizo que una mujer no lo quisiera”.

Hablamos, entonces, de que la ausencia de amor (es decir la ausencia de vida, la desdicha) abre la posibilidad a un acto creacional que es la poesía, una acción de vida. Y, bajo las mismas premisas, se observa que la presencia de amor (es decir de vida, la dicha) cierra la posibilidad de la creación poética, que, como se dijo, es acción de vida. Hegel planteaba que todo movimiento lleva en sí mismo su propia negación. Toda dicha lleva dentro de sí la raíz de la desdicha. Y viceversa.

Estamos ante una paradoja implacable. El amor (la poesía), así, se asume como una paradoja histórica: existe a la vez en la dicha y en la desdicha. Toda despedida (“esos dolores dulces”, diría el Indio Solari) materializa esta idea: en ellas se desmorona el latido más hermoso.

Cobra sentido, así, hablar de que el amor es hablar de la vida (el eros freudiano), pero hablar del amor es, también –además– hablar de la muerte (el tánatos). Pocas imágenes lo reflejan con tanta precisión como la notable escultura La Ninfa y el escorpión, de Lorenzo Bartolini, expuesta en el Museo del Louvre. Ella –una ninfa, una deidad– mira su hermosura y su herida. Los ojos abandonados. La piel joven. No es de dolor su mirada. Hay un delicado tormento. Se toca la piel, la íntima muerte. Ella se muere desnuda de vida.

Pero cuando hay amor no hay teoría. Tampoco en la pena de amor. A los 14 años, los versos que escribía eran relámpagos erráticos hacia ningún lado, era corporizar esos versos de Alejandra Pizarnik y ese ‘nada será tuyo salvo un ir hacia donde no hay dónde’. Era quedarme en su mirada, apenas unos segundos, sus ojos negros, y ella que no me veía, sus ojos negros, y yo que esperaba que me mirara porque en ese ese gesto, como un disparo, como un diamante, me crearía el latido, la piel.

“Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach”. Estos versos de Borges, que forman la totalidad del poema Le Regret d’Héraclite, quizás reflejen el vértice total de su poesía. Es la poetización de la más alta esperanza (la figura de Matilde Urbach es una figura utópica, inalcanzable), pero también de la más alta soledad. Ese poema recuerda a aquel breve relato que recuperan el mismo Borges y Bioy Casares en Historias Breves y Extraordinarias: “En el capítulo XI, de la Vida nueva, Dante refiere que al recorrer las calles de Florencia vio unos peregrinos y pensó con algún asombro que ninguno de ellos había oído hablar de Beatriz Portinari, que tanto preocupaba su pensamiento” (B. Suárez Lynch, Estudios dantescos, 1891).

Beatriz Portinari, como Matilde Urbach, son horizontes de amor.

(según se supo, Matilde Urbach es un personaje de la novela Man with four Lives, cuyo autor fue William Joyce Cowen. En la trama, un capitán inglés, en la guerra, mata cuatro veces distintas a un mismo capitán alemán. Según escribió el mismo Borges –14 de octubre de 1938 en la revista El Hogar– el alemán es un militar desterrado que proyecta, a fuerza de cavilar, una especie de fantasma corpóreo que guerrea y muere por la patria más de una vez”. Matilde es la enamorada del alemán. La noche antes de que éste parta hacia la guerra y la muerte ella le dice: “Ningún hombre del mundo sabrá nunca el sabor de mis labios, y ningún hombre del mundo podrá conseguir que yo desfallezca por conocer el sabor de los suyos”).

En su libro Maneras de hacer mundos, el teórico Nelson Goodman plantea que a menudo los intentos por responder qué es el arte no conducen a ninguna respuesta. Aclara además que un objeto puede ser una obra de arte en algunos momentos y en otros no, y que este objeto se convierte en obra de arte sólo cuando funciona como un símbolo de una manera determinada, por lo cual la pregunta que cabe hacerse sería “cuándo hay arte” (Goodman).

Del mismo modo, se puede pensar que la pregunta correcta no es qué es el amor, sino cuándo hay amor.

Hay amor en el poema de Borges, en aquellas manos que se rozan en un bar; hay amor en ese abrazo que di en un aeropuerto, en una cama cualquiera, en un beso cualquiera; hay amor en una canción, en una terrible negación de amor o en su terrible aprobación; hay amor en su perfume de los martes –aún lo puedo sentir–; hay amor en mi soledad y en la soledad de cualquiera; en las cartas que guardo en el segundo cajón; hay amor en tu cuerpo, en tu caricia, en tu despedida; hay amor dentro del amor y dentro del no amor. Siempre.

(Pienso en mis 14 años, en que siempre hay un naufragio en los ojos, un murmullo de tristeza joven, algo que tiembla cuando cae la lluvia, cuando somos desiertos, jazmines que nacen con la ceniza. Pienso en cada beso que di, en cada vez que te perdí –que es siempre la misma vez–, en cada caricia como un mundo; pienso en que te busco, que no sé quién sos, que me sumo a tu nombre, trazo tus pasos. Que hago de mi oficio tu amor, que te invento ausente, sin mapas. Que te quiero levemente. Leve. Invisible. Que aparecés quedándote en palabras).

Estas palabras no son más que un breve gesto de un inevitable perseguidor de amor: la esperanza de alguna vez desfallecer en los brazos de Matilde Urbach.

Artículo publicado en http://revistaelotro.wordpress.com/2014/04/20/matilde-urbach/

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Publicado octubre 13, 2014 por danielmecca en Relatos

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