Escribir para no ser escrito   Leave a comment

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Por Daniel Mecca (@dmecca1)

“Escribo para no ser escrito”. Fogwill tira la frase frente a la cámara, mira de costado, se ríe con sorna, con calle. Y sigue: “Escribo para sentirme más dueño de mis actos que si leyera o si obedeciera a los estímulos del mundo”. Toda escritura es una acción política. Toda indefinición sobre algún punto conlleva inexorablemente a la definición de un tercero sobre tu propia elección.

Lo mismo sucede con la escritura: la acción de encontrar la propia voz, el yo lírico, debe ser el resultado de una escritura sistemática, de una búsqueda de la propia mirada. Materializar esa mirada determina la emancipación. Si no escribís tu historia alguien, siempre, va a escribir la tuya.

La idea se puede transpolar de este modo a definiciones históricas: toda acción de escritura se convierte en metáfora, luego en realidad y luego en un eje medular de disputa por el poder hacia el reino de la libertad. La escritura, así, se revela como una pelea concreta en el terreno de la cultura, el espacio del cual tenemos que apropiarnos como trabajadores. En toda escritura —también— se determina la lucha de clases (“La palabra es la arena de la lucha de clases”, Bajtín).

Decía Barthes que la función de la escritura no es sólo comunicar, o expresar, sino imponer un más allá del lenguaje que es a la vez la historia y la posición que se toma frente a ella. Escribir, así, es materializar la historia, la nuestra, la que nos rodea y esa dialéctica permanente entre ambos factores. Escribir es dar vida, es crear un mundo, es la manera de hacer mundos.

“Hay pues en toda escritura presente una doble postulación: está el movimiento de una ruptura y el de un advenimiento”, escribió Barthes. La escritura busca, debe buscar, transgredir el terreno en el cual se apoya. Es, asimismo, la prisión donde la palabra también es encierro y permanencia del encierro; el autor se desenvolverá entonces en una eterna tensión entre crear un mundo (vida) y encerrarse en él (morir): esa paradoja es la condición de existencia de la escritura. Finalmente, el advenimiento —consecuencia del lenguaje escrito— es esperanza, es fe.

Esa fe, esa esperanza, que aparece en el momento de la escritura como fiebre, como destino: no podés dejar de escribir un instante porque allí, en el fondo, en lo hondo, está el horizonte donde uno se desploma y se nace en el mismo gesto. Como el latir.

Artículo publicado en http://revistaelotro.wordpress.com/2014/05/26/escribir-para-no-ser-escrito/

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Publicado octubre 13, 2014 por danielmecca en Relatos

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