And ne forhtedon na   Leave a comment

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Me bajé en la estación Gèneve Cornavin cerca de las 9 o 10 de la mañana. En el andén el sol se demoraba junto al frío. Pedí un mapa de la ciudad. Busqué con el dedo el Cemètiere de Plainpalais, el único motivo por el cual ahora estaba ahí, en medio de Ginebra, a miles de kilómetros de Buenos Aires, con mi mochila en el hombro, con mi cuaderno de tapa bordó, con el papel donde tenía anotado el número de la tumba 735 posición D-6, con unos versos escritos la madrugada anterior. Abrí el mapa. Había que cruzar el puente, bordear el río Ródano, le Rhone, con sus barcos y sus muelles de postal; caminar unos 15 minutos por esa orilla de la ciudad que reflejaba el río y su silencio azul. Atravesé el Pont Blanc, desde donde se veía una enorme fuente de agua disparándose hacia arriba desde el río, el Jet d´eau. Agarré la Quai B Hugues, que después se convierte en la Q. de la Poste, o algo así. El agua tocaba la piedra gris de los muelles. Me pasé una cuadra, la puta madre. Doblé en la R. des Gazomètres, y me encontré en el Boulevard de Saint Georges, donde está una de las paredes del cementerio. Sonreí. Quiero decir: algo en mi cuerpo sonrió. Entré en una florería a mitad de cuadra. Buscaba una rosa. 5 francos, más o menos. Pagué. Hubiese pagado lo que sea. Merci. Au revoir. Salí rápido. Temía que el cementerio estuviera cerrado. Lo temía desde hacía días. Pensé, mientras caminaba, que si así fuese, podía saltar el muro, que no era tan alto, que no me iba a ir sin entrar –me envalentoné– no, de ninguna manera, no me iba a ir sin pisar la hierba fría, sin tocar esa piedra, esa tierra. Doblé en la Rue des Rois. Pateé quince metros, veinte, quizás. Vi la entrada sobre mi izquierda. Sencilla. Silenciosa. Sin énfasis. Las puertas abiertas. Respiré dos, tres segundos. El alivio. Entré. Había leído en unos artículos que al lado de la capilla estaba el mapa de las tumbas. Vi una especie de casa. No sé si era la capilla. Estaba cerrado. Pero ahí, sobre la derecha, afuera, aparecía el mapa. Estaba en orden alfabético. Pasé el dedo. Busqué la bé: Borges, Jorge Luis, tumba 735, zona D-6. Había que agarrar una callecita interna. Al fondo. A la izquierda. Avancé. Levanté la mirada. Se oían unos pájaros. El sol caía sobre el pasto verde, sobre sus manchas amarillas, su invierno. Antes de doblar, veinte metros antes, vi la tumba, callada, sola, sola. Vi la parte de atrás de la tumba. La reconocí. La piedra. La lápida. Un rectángulo en forma de arco, irregular, pesado. Doblé. Unos metros más. Me paré. Me detuve. Todo mi yo se detuvo. Me acerqué. Toqué la piedra con la mano. Lento. Deslicé la mano en un movimiento de lenta caricia. Miré hacia adelante. Cerré los ojos. Hice un gesto de lágrimas con la cara. Los abrí. No había nadie alrededor. No lloré. Apoyé la rosa sobre el pequeño jardín. No había ninguna otra.

Hacía frío. Era un frío oculto porque allá, si mirabas al cielo, brillaba el sol, ese sol que brillaba también en distintas partes del pasto, en los árboles cuyas copas caían sobre la tierra como brazos cansados, antiguos, como manos que descansan en otras manos. Estuve parado ahí unos minutos. Vi el frente de la tumba: aparecía un grabado donde se ve la figura de siete guerreros. Había leído que se trataba de una copia de otra lápida que fue eregida en el siglo IX en el monasterio de Lindisfame, en el norte de Inglaterra, y que recreaba el ataque vikingo sobre ese monasterio en el año 793. Dicen que Borges mismo explicó que se trata de un grupo de guerreros nortumbrios, que uno blande una espada rota, que todos arrojaron sus escudos, porque su señor ha muerto en la derrota y ellos avanzan para hacerse matar, avanzan porque el honor los obliga a acompañarlo. Vi la lápida. Vi la espada rota. Vi los guerreros apuntando sus armas hacia el cielo. Vi los ojos cerrados, el caminar. Vi la muerte que los espera, el honor, la sangre por morir, la sangre quieta. Debajo del grabado aparece una frase: “And ne forhtedon na”. La piedra está pulida sobre esas palabras. Brillaba como un eco gris. Cuentan (lo leí en un artículo del diario El País) que es un frase escrita en inglés antiguo. Cuentan que se creyó -se sigue creyendo- que significa “Las puertas del cielo se abrieron hacia él”. Pero en realidad –cuentan– la traducción correcta es “Y que no temieran”. Que viene de las antiguas sagas nórdicas, de un poema épico del siglo X llamado “La balada de Maldon”, que rememora el enfrentamiento que ocurrió por el año 991, en el río Blackwater, en Essex, Inglaterra, un 10 u 11 de agosto, o por ahí. Que es un verso de un poema que dice

Entonces comenzó Byrhtnoth a arengar a los hombres
cabalgando les aconsejó, enseñó a sus guerreros
cómo debían pararse y defender sus lugares.
Les ordenó que sostuvieran bien sus escudos
con sus puños firmes y que no temieran.
Entonces, cuando sus huestes estuvieron bien ordenadas,
Byrhtnoth descansó entre sus hombres donde más le gustaba estar
entre aquellos guerreros que él sabía más fieles.

and bæd þæt hyra randas rihte heoldon
fæste mid folman, and ne forhtedon na.
þa he hæfde þæt folc fægere
getrymmed,
he lihte þa mid leodon þær him leofost
wæs,
þær he his heorðwerod holdost wiste.

Arriba del grabado de los guerreros –que Borges vinculó con “La Balada de Maldon”– se leen otras palabras talladas en la lápida, una imprenta encursivada, también pulidas, también como un eco sobre la sombra de la piedra gris. Tres palabras: Jorge Luis Borges. Debajo de todo, una cruz de estilo celta, pequeña, y dos números, las dos fechas abstractas, la brevedad de la sangre. El término:

1899
1986

Recuerdo aquel final de un poema suyo: “Sólo esa piedra quiero. Sólo pido
las dos abstractas fechas y el olvido”.

El reverso de la lápida oculta otros símbolos. En la parte superior se lee la frase:

Hann tekr sverthit Gram ok leggr i methal theira bert.

Son dos versos del capítulo 27 de una saga islandesa del siglo XIII, la Völsunga Saga 27, que se traduce como “Él tomó su espada, Gram, y colocó el metal desnudo entre los dos”. Debajo aparece la imagen grabada de una nave vikinga y luego la frase: “De Ulrica a Javier Otálora”. Es un homenaje de María Kodama, quien diseñó la lápida. Viene, precisamente, del cuento Ulrica, de Borges, de un diálogo que tienen el protagonista Javier Otálora y Ulrica, su amor, el amor, la imagen del amor. Allí, en el cuento, se lee:

-Yo querría que este momento durara siempre -murmuré.

-Siempre es una palabra que no está permitida a los hombres -afirmó Ulrica y, para aminorar el énfasis, me pidió que le repitiera mi nombre, que no había oído bien.

-Javier Otálora- le dije.

Quiso repetirlo y no pudo. Yo fracasé, parejamente, con el nombre de Ulrikke.

-Te llamaré Sigurd- declaró con una sonrisa.

Si soy Sigurd -le repliqué- tu serás Brynhild.

Había demorado el paso.

-¿Conoces la saga?- le pregunté.

-Por supuesto -me dijo-. La trágica historia que los alemanes echaron a perder con sus tardíos Nibelungos.

No quise discutir y le respondí:

-Brynhild, caminas como si quisieras que entre los dos hubiera una espada en el lecho.

La historia de esta saga islandensa viene así: dicen que el héroe Sigurd comparte una noche el lecho con Brynhild, la pretendida por el hermano de su esposa. Dicen que para evitar tocarla colocó una espada entre los dos. Años después, Brynhild hace matar a Sigurd. La mujer, al ver lo que se hizo, al ver que no puede sobrevivir sin él, se apuñala, se mata, y pide yacer en la misma tumba que Sigurd y que entre los dos esté la espada, el metal desnudo.

Terminé de mirar la lápida. Tenía en la mochila unos versos que había escrito para Borges la noche anterior. Los había escrito en un departamento de Lyon, a unos 12 minutos de Ginebra en tren. Los había escrito a la madrugada, tipo 1 o 2, un tercer piso, mirando de fondo, por la ventana, el lago Léman, la sombra que se posaba sobre el agua. Había escrito:

Es madrugada cerca de Ginebra.
Oigo el viento frío desde la ventana,
el sonido de los jardines a la noche.
El agua avanza sobre el lago Léman, el silencio.

No pude más del sueño. Me dormí. El resto lo escribiría a la mañana, frente a la tumba. Esa mañana que ahora estaba frente a mí. Pero otro el día, otra mirada, era otro el poema, el sentir. Tenía que escribirlo ahí. Dejé la campera negra al pie de un árbol. Todo era silencio, silencio. Había un banco, pero estaba en otra tumba, a varios metros. No había nadie. Saqué el cuaderno y la lapicera. Tiré la mochila en la tierra del camino, como una manta. Me senté ahí, frente a la tumba. El frío. El viento. El silencio. Escribí “la luz toca el verde de tu piedra, de tu adiós. La luz toca tu tierra, tu cuerpo sin cuerpo, tú…”. Empecé a tachar. Cambié de hoja. Escribí “Una rosa entra ahora en vos”. Unos cuarenta minutos después pasé el poema final en una hoja limpia. El frío me abordaba las manos, la cara. Lo leí frente a la tumba, con mi destino sudamericano. Se lo dejé debajo de la lápida, entre dos pequeñas piedras, hundido en la tierra sin temor. La luz de febrero descubría los senderos del jardín.

Borges

La luz toca el verde de tu piedra,
toca tu tierra, tu cuerpo sin cuerpo;
es el río que toca tu nombre,
el sonido de los jardines a la mañana.
Una flor entra ahora en vos,
en tu pecho muerto,
entra en la orilla incierta
donde la paz, al final, se hace piel y agua.
Así te siento, Borges; así te encuentro.

D.M.

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Publicado febrero 20, 2014 por danielmecca en Relatos, Viajes

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