Aucle   Leave a comment

-¿Do you need help?

Había llegado hacía unos minutos desde Madrid en el vuelo EZY3904. Estaba perdido en medio de la estación de trenes de París, en el aeropuerto Charles de Gaulle. Perdido y mirando fijo un enorme mapa, tamaño diario La Nación, tratando de entender cómo llegar hasta la estación de metro Gare du Nord donde estaba mi hostel. No entendía los carteles en francés. La gente atravesaba la estación a las corridas. Un murmullo rápido, neurótico. Me paré para estudiar el mapa cuando de repente escuché la pregunta. Levanté la vista. Una señora me estaba mirando, unos 60 años, quizás menos. ¿Do you need help?, repitió ante mi silencio. “Yes, please, ¿do you speak spanish?”, me la jugué. Me dijo que sí, que había vivido en España, que era del este de Paris, que ahora estábamos a las afueras de la ciudad, que había que tomarse un tren de cercanía. Me acompañó a comprar el ticket en una de las máquinas. ¡¿Qué, 9 euros?!, exclamé en un tono argentino al ver la pantalla. No me entendió. Puse las monedas. ¿De Buenos Aires?, preguntó ella, retórica, cuando le conté de dónde era. “Mi sueño es ver un partido de Polo en Buenos Aires”, completó. Fuimos hasta lo que serían los molinetes argentinos, pero acá son como pequeñas compuertas de plástico, que se abren y se cierren cuando ponés el billete, más o menos cada 6 segundos. Los conté. Ella pasó. Yo iba a poner mi ticket cuando vi que una de ellas había quedado abierta. Luz verde. Ya fue, me mando, me dije. Me mandé. Pasé. Ella no me vio. Creo que sonó una alarma. No sé si era por mí. No miré atrás. Subimos al tren. Nos sentamos en el vagón del fondo. La señora me contó que era veterinaria, que trabajaba con medicina para caballos, que sabía castellano porque alguna vez estuvo cuidando caballos en Málaga. Decía Málaga, decía caballos y resplandecía. Iban pasando las estaciones, los suburbios. Íbamos todos a Paris. Subieron unos pibes. Se armaron un porro en el otro asiento. Se bajaron. La señora me iba explicando el mapa, se quejaba de tener que ponerse los anteojos para hacerlo. Lo hizo dos o tres veces. Algo le dolía en la edad. En la mirada. Le pregunté entonces por ella: ¿vives con tu familia? Miró directo a la ventana, al paisaje de los suburbios parisinos. No recuerdo si tenía puesto los anteojos. Recuerdo su mirada, los ojos bajos, arrinconados. Miraba su memoria. El tren avanzaba como latidos. “Mi familia murió”, susurró. Hizo silencio. Dos, tres, cuatro segundos. La miré a los ojos. Luego miré la ventana. El mismo paisaje que ella. No dije nada. “Pero me están esperando mis dos gatos”, corrigió la tristeza, con una sonrisa, y agregó que su hermano vivía por algún lugar a las afueras de París, no sé dónde. Me dijo que se llamaba Aucle, que se pronuncia Okl, o Oukl, o algo así, pero que era muy difícil pronunciarlo en castellano. Me dijo que de joven leyó a los poetas españoles. Me dijo que la próxima, creía, era la estación Gare du Nord, que ella seguía hacia el este. Le agredecí, merci, au revoir, chau Aucle, que un gusto. Me bajé. Caminé hasta el centro de la estación. Miré alrededor. Miré los carteles. Otra vez el murmullo. Otra vez estaba perdido.

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Publicado febrero 6, 2014 por danielmecca en Relatos, Viajes

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