Goya, Mariano Ferreyra y Madrid   Leave a comment

Había salido del Museo del Prado después de las ocho de la noche hora Madrid. En la calle, unos dos grados: la rigurosidad del frío. Minutos antes había estado contemplando –después de más seis horas recorriendo el lugar- la pintura de Goya, “el fusilamiento”: los faroles de la luz que iluminaban esa figura de camisa blanca, los brazos levantados, el movimiento en forma de cruz, la muerte llegando a la mirada, los gritos no pintados, el sonido del plomo. Estremecí. Salí a la calle. Me puse el gorro azul de lana, la campera. Noté la noche, las sombras sobre los árboles del parque. Agarré el Paseo del Prado. Me metí en una iglesia que crucé en el camino. Sobre el fondo de ella, al entrar, se veía un enorme cuadro renacentista: creo haber visto dibujado allí la crucifixión de Cristo, su rostro en dolor, su pronta muerte. Pero no recuerdo bien, estuve no más de un minuto: había misa y me las tomé. Crucé la avenida. Pregunté cómo hacía para llegar al Paseo de los Recoletos. Pregunté a tres personas. Nadie sabía. Insistí: en esa calle, en el número 21, estaba el Café Gijón, el café donde pasaron García Lorca, Cortazar, Borges, Octavio Paz, Dalí Hemingway. Llegas –así, sin el acento en la última “a” – hasta la plaza de Cibeles y coges el Paseo de los Recoletos que es la continuación del Paseo del Prado, ¿vale?, me respondió un muchacho, 30 años más o menos. Al llegar a la puerta del Café pegué la ñata contra el vidrio. Me temblaban las manos del frío. Luego miré los precios en la carta de afuera: un café, 2 euros y medio. Me senté en el fondo. El mozo que me atendió primero –de mala manera– me dijo que no podía sentarme al lado de la ventana, que ésas eran para cenar. Me lamenté: yo quería hacer literatura; quería hacer tango con la mirada. Otro mozo pasó y me saludó. Era la mía: quería que alguno me hablara de los escritores que pasaron por allí, que me contara algo de ellos, cualquier cosa que abriera ese cristal del tiempo. “¿Acá venían escritores, no?”, pregunté retórico, fingiendo ingenuidad, cuando éste pasó cerca. “Sí, claro, yo he conocido acá a Julio Cortazar, a Borges”, contestó José, porque se llamaba así, José a secas, pero eso vendrá después. Es más –agregó el tipo- en 10 minutos arrancará una reunión de poetas y como todos los lunes, a las nueve de la noche, hay lectura. “Qué bueno, yo soy poeta en Buenos Aires, tengo publicado un libro”, fanfarroneé. “¿Ah, sí? Entonces podeis leer esta noche, vale?”, se enganchó el mozo. Titubeé unos segundos. No lo esperaba. Dudé. Le dije que sí. Empecé a buscar por el celular, en el mail, qué podía leer. Repasé los últimos poemas que irán en el nuevo libro.

Me dejo en vos
en tu luz
no escrita
ángel del instante

Sí, vamos con ese que arranca así, me envalentoné. Empezó la tertulia. Habría unos 35 poetas. Se iban parando para leer. Recitaban con los ojos cerrados, con el cuerpo, con la voz como un puño delicado. Afuera pasaban los autos por el Paseo de los Recoletos: las luces amarillas titilaban en los vidrios fríos. Entonces, no sé por qué, pensé en Mariano Ferreyra.

Me presentó José, el mozo, que resultó además uno de los poetas. Me presentó en forma de verso, con lo poco que le había contado: que yo era de Buenos Aires, que me estaba yendo en unos días a Paris a seguir la ruta de Cortázar, que luego iría a Ginebra a la tumba del maestro Borges. Me paré en el centro: dije que era una casualidad que yo estuviera parado ahí, que había entrado por un café y de repente todo esto, pero como decía Cortázar –seguí– “un encuentro casual era lo menos casual en nuestra vidas”. Algunos se rieron de literatura. Me injurié por dentro por snoberla tanto. Dije que en un principio iba a leer un poema de mi próximo libro, pero que cambié de opinión. Conté entonces quién era Mariano Ferreyra y por qué lo mataron el 20 de octubre de 2010. Que tenía 23 años. Que era un militante revolucionario. Que le pegaron un balazo por luchar. Por pelear por un mundo mejor. Que era importante que supieran de él en España. Y recité ese poema que le escribí.

Cada uno lleva su rebelión en los ojos. Todas las miradas estallarán alguna vez.
Vos dejaste los ojos abiertos aquel mediodía de octubre.
No te mataron, Mariano: esa mirada firme es tu latido que avanza.

Una mujer sacó una foto sobre el final del poema. Creo que no hubo más registro que ése. Mariano, su memoria, quedaban en Madrid. Más tarde recité otro poema, uno de amor. Salí a la calle cerca de las once de la noche hacia la Cibeles. Tomé el metro en la estación Banco de España.

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Publicado febrero 5, 2014 por danielmecca en Notas en la prensa

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