Apuntes para una libertad dentro y fuera de nosotros   Leave a comment

Según la teoría hegeliana, todo movimiento lleva en sí mismo su propia negación. Es sensible la comprobación al advertir los mecanismos conscientes y sobre todo inconscientes  conque freudianamente solemos boicotear nuestro propio avance en todas sus dimensiones, sumiéndonos en una eterna paradoja que, paradójicamente, puede construir un avance. Podemos advertir por ejemplo la estética del tango, donde se enuncia una larga tristeza feliz, un baile de la nostalgia, una alegría melancólica: en el circuito de la tristeza se oculta la felicidad, y viceversa. Sucede lo mismo con la burguesía que, al crearse, naturalmente crea a la clase obrera, su propio sepulturero, en palabras de un escritor. O miremos el llanto que dentro de sí acumula todos los conceptos de la vida: basta observar que si al nacer el bebé no llora significa que ha perdido la vida; hablamos, entonces, del llanto como toda vida, un llanto que, a lo largo de los años, incorpora dentro sí lo más feliz y lo más terrible de estar vivo.

Eran importantes estas aclaraciones a modo de introducción, para hablar de las luchas que se construyen a lo largo de cada vida dentro y fuera de cada uno de nosotros. Años atrás, iniciándome en la lectura de la biografía de Ernesto Guevara, empecé a definir las negaciones íntimas como el asma guevarista. Me decía y decía a los demás: todos llevamos un asma guevarista dentro. La metáfora, por supuesto, no era inocente: hablaba de aquellas razones que nos matan la respiración cuando más queremos respirar. Recuerdo ahora una oración escrita por el poeta Rainer María Rilke en “Cartas a un joven poeta”: “Cuanto más nos creemos en medio de la vida, más la muerte se atreve a llorar entre nosotros”. Cabe aclarar que el Che padeció esa enfermedad hasta el día en que fue asesinado, la cual no lo detuvo a meterse dentro de la humedad de las selvas cubanas o bolivianas, en algunos casos arrastrándose, ahogándolo, consumiéndolo. Tampoco, claro, la elección del sujeto de la metáfora era inocente: la palabra revolución circula en este concepto como un latido. Por otra parte, analizo que las decisiones inconscientes de boicotear nuestro propio sentido de felicidad (un sentido, por cierto, distinto en cada uno) albergan, por ejemplo, la conquista de un beneficio oculto que suele ser una característica del ego narcisista; a saber, el exceso de tristeza funciona como una necesidad de ser mirado, protegido, querido, más amado. Para ser más preciso en la idea, el ego conlleva la arquitectura de la construcción y de su destrucción. Los fantasmas que llevamos dentro, ese asma guevarista, esa neurosis freudiana, nos construye y nos destruye a la vez.

A su vez –para quienes lograron la conciencia de clase marxista- la lucha también se desata afuera contra la dictadura capitalista; el Estado protegiendo los intereses de las clases dominantes, imponiendo la siniestra desigualdad deliberada. Una dominación que no sólo se restringe en lo económico, sino que busca dominar las bases de la cultura. Una dominación que, bajo la forma de la democracia, se construye a partir de la connivencia necesaria de la burguesía con el gobierno de turno que, para protegerla y sostenerla, dispone del poder judicial, político, represor y mediático para así abolir cualquier tipo de levantamiento que puede hacer peligrar la estabilidad del sistema que los beneficia. Es clave entender que cuando se trata de defender ese poder burgués, no hay diferencias entre oficialistas y opositores: hay opresores. Y mientras exista la opresión del hombre por el hombre –aún bajo la falsedad discursiva y represora de la democracia-, no existirá jamás la libertad. Nadie está exento de esta realidad. Nadie.

La revolución –que habla de evolución-, debe concretarse así dentro y fuera de nosotros para que sea absoluta. Más aún, los fantasmas que enfrentamos afuera también se reflejan dentro de nosotros bajo la dictadura del ego, de opresiones construidas en la infancia. Una revolución que implica necesariamente la necesidad de una lucha política concreta (lo que es discursivo queda en el plano de la repudiable caridad retórica). Una revolución que precisa una condición de espiritualidad, de reconocimiento de uno mismo y una desgarradora aceptación propia (se me viene a la mente la reveladora frase nietzscheana “conviértete en quien eres”).  Una revolución que, por consiguiente, implica conocerse y transformarse para poder empezar a transformar la realidad. Una revolución que, para que exista como tal, debe tener un principio y un final de amor. De sensibilidad. De solidaridad. De unidad. Es necesario entonces enfrentar las putas negaciones  hegelianas –el asma guevarista- que arrastramos, transformarlas, no ceder ante lo que nos oprime. Y si es necesario convertirnos en cenizas para renacer, habrá que hacerlo. Y si es necesario gritar la vida, habrá que hacerlo. Hace unos días, un hombre que duerme en la calle me preguntó si había otra vida mejor después de ésta. Le respondí que la única vida que tenemos es precisamente en la que estamos y que por eso era clave luchar para transformarla (por supuesto, los poderosos de la religión que profetizan otra vida mejor en el más allá buscan que nadie luche en esta; la histórica complicidad entre la religión y los centros dominantes). Acá latimos y acá morimos. Es este el momento de cambiar la realidad y de cambiarnos a nosotros en el mismo instante. Acá latimos y acá morimos. Es esta la necesidad histórica que nos toca, de luchar, unidos, por un mundo mejor. De despertar conciencias. Y digamos basta. Luchemos para que entre la luz en el corazón y en las calles. La libertad llegará con la abolición de la esclavitud dentro y fuera de nosotros. La libertad llegará.

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Publicado abril 12, 2012 por danielmecca en Editoriales

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