La memoria de mi piel   Leave a comment

¿Por qué el mar, miedo, caricia, sombras, aire, libertad? ¿Por qué yo? ¿Por qué vos? ¿Por qué este sentirte de repente como un breve amanecer, una mirada de caótica poesía, como un latido incierto; por qué este apresurado quererte? Basta del viento que arrastra naufragios en la mirada, en mi sola mirada; por eso verte es mirarte de amor, hacer de tus manos un rumbo, hacer de tus manos mis manos; es acumular palabra tras palabra hasta formar una oración que se parezca  al sonido tuyo al mirar, que se parezca a tu sonrisa. ¿Por qué, así, este mi grito de poesía en el desierto delicado que son los días y las noches, balazos en el viento, electricidad de estar vivo? Si afuera es noche y acaba de llover, ¿acaso no la escuchaste?, llovió como un largo adiós: ¿cómo, con esa soledad en la calle y en mis manos, no voy a escribir esta poesía incierta? ¿Cómo, decime, no voy a escribirle unas líneas a ella que, seguramente, no le interesan estas líneas? Aunque a veces eso es el amor: acariciar lo invisible, querer lo que no está, lo que no te quiere. ¡Qué farsa entonces, vida, qué farsa!;  qué paranoica bella ciudad la que me oye quererte, así, a las cuatro de la madrugada y no me pregunta nada. Porque sentir no se pregunta, porque no se responde tampoco. Porque sentir es el sonido de la arena perdiéndose en el viento. Y eso siento por vos ahora. Eso. Ahora. Por vos, que sos la memoria de mi piel. Y quizás yo también sea una farsa y sólo use esto que siento para escribir unos cuantos poemas,  y te convierta miserablemente en una excusa de mi ternura, en una prostituta de mi poesía, una musa tinellizada. O tal vez  uses vos estas líneas para amplificar tu belleza, para enamorarte más de tu reflejo griego en los ríos, y me uses vos, entonces, como un frágil cosmético, un perfume de palabras románticas e inútiles. Pero quizás, quien sabe, deje de lado, aunque sea por un instante, mi ateísmo del amor, y crea que lo que siento es lo que siento, ancho y único, que te necesito como la música del piano, como viento que sopla en alguna parte, que te busco donde muere el escepticismo, que te quiero donde te quiero y nada más, y nada y más. Y creer, por qué no, que vos sentís algo también, en algún lugar, que esa mirada tuya alguna vez me buscó, a mí, alguna vez, que no dejaste que fuera un fugitivo más como todos, que estas palabras que te escribo te recordaron la piel que sos, la piel que somos.  Si tan sólo vieras cómo te veo a vos, libre como el viento entrando por cualquier ventana y vos mirando el mar desde ella, tan hermosa de no estar triste –yo, que tanto conozco de tristeza-,  que a veces vas tan lejana como el olvido, como un entierro, o tan libre como caricias, como los pájaros que hienden el aire, que sacuden lo sensible, lo siempre. Mar, miedo, caricia, sombras, aire, libertad, vos, yo, y mientras tanto la vida sigue y nadie pregunta por mi querer, ni por el tuyo, nadie pregunta por qué estalla el mundo cuando te veo, así los soles cayendo sobre la tierra desprotegida que somos.  Y uno respira, siente, ama, duele, vive y se muere y el mundo sigue, yo sigo y vos también, la música sigue y gira, implacablemente.  Son las 4:35 de la madrugada. En un rato amanece.

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Publicado enero 30, 2012 por danielmecca en Mis poemas

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