Apuntes sobre el latir para una revolución espiritual y política   Leave a comment

“Donde el amor despierta, muere el yo, ese déspota tenebroso”
Dschelaleden Rumí

A veces el corazón ocurre más que otros días, un latir que parece rodearte, que te acorrala, te amanece, te revoluciona, te pregunta hacia dónde se va, hacia dónde querés ir, estar, latir; hacia dónde carajo se va todo, mientras todo parece irse al carajo. Un latir oculto, a veces exiliado, lejos, contradictorio, pero siempre un latir. Porque hasta ahora estar vivo fue eso: la eterna paradoja de liberar el latir que nosotros mismos encerramos, esa esquizofrenia de los días y las noches. El corazón, entonces, se transforma en la condena y en la libertad; y esa lucha de planos es a veces un motor inquietante, salvaje, pero otras, las más, un breve llanto solo, solitario, soledad. Lo decía Freud: es imposible escaparnos de nosotros mismos. Lo decía el Che: el conocimiento nos hace responsables. Dos corrientes que van hacia el mismo hondo río. Así, escaparse de uno mismo no sería la salida simple, contra lo que pueda llegar a pensarse; escaparse constituye una estrategia sumamente difícil, cargada de razonamientos, filosofías, defensas, murallas, estrategias, tácticas, planteos, justificaciones. Pero claro, del otro lado no hay que confundir jamás simpleza con estupidez: la simpleza, la verdadera simpleza, nunca es estupidez o frivolidad. Quedarse de pie ante el hondo temblor de estar vivo es, insisto, lo más simple y también lo más profundo, porque simpleza quiere decir, además, profundidad, que quiere decir libertad. La complejidad, si se quiere, radica aquí en el miedo a esa libertad, al desprendimiento, al vacío, a la vacuidad, a la muerte. Entonces  vivir se convierte en el miedo a vivir, que es, por consiguiente, el miedo a morir. De este modo, la vida termina siendo una mala anécdota de la muerte. Caramba. Ahora bien, el problema de no poder escaparnos de nosotros mismos es, precisamente, el nosotros mismos. A saber: el corazón de la libertad radica en el desprendimiento de nosotros sobre nosotros y de nosotros sobre las cosas; es arrancarse algún día de sí mismo (que no es morir, sino renacer), partir de un golpe el espejo del autoenamoramiento (ego), esa metafórica masturbación de pensarnos como el mar y no como la ola que finalmente somos. He leído por ahí que la trampa está en creer que matando al ego se mata la identidad y se termina la vida, chau: es cierto que es una trampa y sólo resta agregar que desprendernos de nosotros es la única manera de ser, finalmente, nosotros, de ser lo que somos (realmente) detrás de lo que creemos que somos. Ya lo eternizó Nietzsche: ¿cómo podrías renacer sin antes haberte convertido en cenizas? Volverse cenizas entonces, tiernas cenizas, arracancarse las máscaras infames que necesita la sociedad puta como método legitimado de aceptación en masa, que es su forma de control social, cultural y académico; arrancarse del objeto-consumo-mercancía, de su inutilidad, del mercantilismo del alma;  arrancarte la mirada de los otros como si en ello tuvieras que apedrear las paredes de una muralla, porque detrás de esos ladrillos, de cada sombra edificada, estás vos y estoy yo.

A veces el corazón ocurre más que otros días, y esta madrugada es uno de ellos, donde busco la libertad, la escribo, escribo la libertad, la siento, la libertad, la lato, la necesito, la libertad. Es el agua y nunca el desierto. A veces voy caminando y se me viene una expresión: llegar hasta donde llegue. Lo importante es advertir que lo importante no es llegar lejos, si no hacia dentro, hacia el lento fondo infinito, hacia lo que somos, tan infinitos, tan fondo, tan dentro. El precio de ser uno mismo puede ser temible, pero, otra vez Nietzsche, ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo. Y escribir este texto es mi decisión de pagarlo, de ser, es mi palabra de que siempre seré yo, de que me voy a buscar entre la niebla que es la vida, aún cuando esté perdido, aún cuando sea otro náufrago más.  La libertad es descubrir que no hay que buscar razones para vivir, porque vivir es la única razón. Y yo también tengo miedo de estar vivo, pero estoy vivo y eso es lo único, lo cierto, lo final. Pero es cierto que esta revolución espiritual tan necesaria y vital necesita estar acompañada por una revolución política, que las alinee, las simbiotice, las nazca. Una revolución política, socialista, que parta desde las bases puras de la horizontalidad política, de la igualdad de las condiciones de vida, del bolsillo y del corazón, de luchar contra el poder, contra el control, la burguesía, el hambre, la puta corrupción, la guita en  unos pocos, la desesperación que se derrumba sobre el resto. Una revolución política contra el ego masturbatorio capitalista, contra el consumismo barato, sistemático, contra la vida barata, los valores baratos, la muerte barata, necia, idiota, la muerte de perseguir lo que nunca se necesitó, la muerte barata de morir besando guita, la muerte de morir besando muerte. Una revolución política contra los cerdos que quieren manejar el destino de los débiles, los pisoteados, contra los comisarios del mundo, de cada país, de cada ciudad, de cada esquina, que usando el discurso democrático quieren esclavizar los latidos, hijos de puta, inventan la moral, la religión, construyen la gran torre de la desigualdad para vivir allí sin culpa, mirar arrogantes desde arriba, sí, desde arriba, hijos de puta, y nada importa –dicen- si yo importo más que el otro, oscuro, oscuro corazón que los late,  que los despierta cada día para respirar en la cloaca social que diseñaron como arquitectos del sistema, esa porquería asimétrica que adoran. Pero también están los indiferentes, tan iguales y tan peores que los otros, porque no hay excusa para quien escuchó  alguna vez los inolvidables aullidos del hambre, de la desigualdad, del desequilibro, de la desesperación; no hay excusa para quienes se inyectan la ceguera institucionalizada, para los que compran el vulgar discurso del poder. (Entre paréntesis, hay un grave error culturizado en creer que porque se escucha a Brahms, Chopin o Messian, por ejemplo; o porque se admira a Duchamp o Kandinsky o Pollock, y así ad infinitum, hay un error culturizado, decía, en creer que consumir eso es parte de una posición elitista. No, eso es lo que quiere que  tragues el discurso del poder, que creas que ese tipo de arte es sólo para gente culta, eruditos, para así dejarte afuera, excluirte, matarte de esa sociedad. Creer eso es hacerle el juego al poder, es no tener un sentido crítico de dónde se está parado, en qué lugar estás viviendo; eso es ser funcional a la derecha). No hay excusa para los que deciden lavarse las manos, hacerse los pelotudos, mirar su propio ojo ciego. Porque, retomando lo que dijo el Che, el conocimiento nos hace responsables. Porque el hambre es un crimen que no sale en los página de los policiales de los diarios, o, peor aún, sí sale, pero victimizándola, criminalizándola, destruyéndola, o, más aún, haciéndola invisible. Ojos que no ven, capitalismo que no siente. Todos fuimos indiferentes alguna vez, pero todos podemos buscar, desde cualquier trinchera, desde cualquier barricada de vida, la manera de cambiar la vida, el mundo, y, sobre todo, a uno mismo. Cambiar el latir es una manera de cambiar el mundo.

A veces el corazón ocurre más que otros días, y en este día, más que nunca, es necesaria, entonces, tanto la revolución espiritual como la política, la política como la espiritual: para que exista una es necesario que exista la otra. Allí, entre ambas fronteras de la misma sangre, se levanta, debe levantarse, el plano del amor, de la poesía, de la sensibilidad, del querer, del enamorarse alguna vez siquiera, de sentir como una caricia te puede romper la piel dura. “Donde el amor despierta, muere el yo, ese déspota tenebroso”. Esa frase, tan perfecta y certera, funciona de igual modo en ambas revoluciones: primero contra el yo egoico del espíritu que reprime la libertad y, seguidamente, contra el yo egoico de la sociedad capitalista, que hace exactamente lo mismo: es la esclavitud deliberada. Ambos patrones –el término no es azaroso, está claro- consolida la misma esencia, la misma neblina que oculta –que pretende ocultar- lo verdadero de estar vivo. Quizás, como se dice un poco ingenuamente, el amor termine salvando al mundo. Me gusta creer eso en esta madrugada de sábado 7 de enero  de 2012. Y sí, muchas veces, muchas, me derrumbo, me naufrago, me hundo en tierra frágil con el corazón frágil, me paraliza estar vivo, me lastima respirar, lato desprotegido como algo herido. Sí, muchas veces me muero de miedo, de la insoportable soledad del ser; muchas le tengo miedo a la muerte, al largo morir, a que me rajen a patadas de este corazón, a que termine mi voz mía. Recuerdo aquellas contundentes palabras del notable poeta Rilke: “Cuanto más nos creemos en medio de la vida, más la muerte se atreve a llorar entre nosotros”. Recuerdo también los versos de un poema que escribí alguna otra noche: “Más me iré como la nieve, lenta y delicada, me iré como abriendo las manos al viento desconocido”. Pero mientras se lata, es necesario seguir latiendo firme. Y que no te encuentre la muerte muriendo nunca. Sé poco, pero lucho por lo poco que sé. Creo poco, pero me desvivo por lo poco en que creo; porque el único latir es vivirse y morirse por lo que se siente, por lo que se late. Latir debe ser libertad. El único latir es esta revolución espiritual y política. Latir hasta donde se lata, es la única consigna.

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Publicado enero 7, 2012 por danielmecca en Editoriales, Ensayos

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