Al carajo con este texto   Leave a comment

Una percepción: todos (o casi todos, así me salvo de posibles críticas, claro) estamos construidos bajo un complejo sistema. Me explico: todo sistema plantea un encierro, una huída sin movimiento. Precisamente por eso es un sistema: se crea (se auto-crea) para proteger al sujeto -individual o colectivo- de amenazas externas, lo encierra (se encierra) sobre sí mismo, ensimismo, un sistema diseñado con la precisión de un artista obsesivo, dibujado con la mano de alguien que tiene miedo.

Pero decir que, enmarcado en dicho sistema, ese sujeto –individual en este caso- tiene miedo al afuera, es indudable, una obviedad. Lo profundo es advertir que tiene miedo hacia adentro, miedo hacia sí, miedo al único enfrentamiento válido que existe: contra uno mismo. Por lo cual, en este plano se desprende una brutal revelación: el sujeto (¿o el objeto?) sistematizado, creyendo que se está curando (léase salvando) con ese sistema, solo se está metiendo en el mismo dolor, en el vientre del dolor, del sufrir, arrastrando por supuesto una mentira consiente e inconsciente, una máscara profunda. Ergo, siguiendo en esta línea, se está ante la segunda brutal revelación: el sujeto precisa -elije- el sufrir porque es conveniente, inconscientemente, claro; es decir, el sufrir sigue siendo preferible a lo de afuera, y, más aún, a lo adentro, como si se tratara de un extraño paraíso atemporal.

Días atrás me encontré escribiéndole a alguien que sufrir es ocultarse. Hago pleonasmo: sufrir es ocultarse. Se sufre para no resolver el verdadero conflicto, distinto siempre en cada sujeto. Por demás, ya los freudianos teorizaron sobre el beneficio secundario del dolor, concepto que se suma a este escenario. En este sentido, en la construcción de un sistema, sufrir es parte del juego. Es más, es quizás el mayor alimento –entretenimiento- del juego: estoy hablando del sistema y su honda conexión con el ego, ese déspota tenebroso (la frase es robada), que se mantiene en pie porque queremos (obsérvese la deixis) mantenerlo en pie, porque atacar al sistema que nosotros mismos creamos es, en cierto modo (por no decir en todos los modos), atacar explícitamente al ego, atacarnos definitivamente a nosotros. Y otra vez ese enfrentamiento clave e inevitable que lleva a un solo lugar: conocerse a uno mismo.

Pero toda esta tediosa verborragia (hemorragia) psicoanalítica-lingüística sin licencia venía a cuento de algo más profundo. Hace unas semanas, en un diálogo con M, creamos una frase de carácter nietzscheano muy interesante, algo así como que “una de las variables menos controlables en la vida, es precisamente la vida misma”. He aquí el desenlace: existe un sistema porque se necesita un control, hacia adentro y hacia afuera; existe un sistema porque precisamente se tiene miedo hacia afuera, y, por supuesto, se teme hacia adentro también, aunque no se sepa o no se quiera saber. Hay un control porque nos desvela lo que no podemos controlar, esencialmente ese inevitable final inevitable que llegará, maldita sea que llegará: no tengo dudas, la muerte es un golpe al ego y, por consiguiente, al sistema íntimo.

Qué lindo sería mandar al carajo a ese sistema, de agujerear lentamente esa estructura para que empiece a entrar aire, sí, aire, por algún lado, como en esas noches de otoño, en las cuales, al caminar por la calle, se siente ese viento de lado, sutil como el algodón. Qué lindo sería dejarse llevar por lo incontrolable (aceptar que hay cosas incontrolables, ¿no?), dejarse ser, arriesgar, equivocarse, y ser un sonido que va de aquí hacia allá y hacia ningún lado (la parte hippie del relato). Hablo de libertad, de aire y de libertad, que, arriesgo y lo repito, es una de las mayores razones para estar vivo. Pero heme aquí, escribiendo este texto a la 1 y 27 de la madrugada del domingo 19 de junio de 2011, este texto que alimenta, no tengo dudas, mi sistema y mi ego, provocando (el gerundio no fue debidamente chequeado) una paradoja interesante. Seamos sinceros: es mentira que yo escriba esto para ayudar a otros: yo escribo para ayudarme a mí, pero me gusta creer que en una de esas también le abro los ojos a alguien. Pero insisto: estas palabras son, en el fondo, funcionales a mi sistema. Caramba, diría Borges.

En resumen: qué lindo sería mandar al carajo este texto.

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Publicado diciembre 30, 2011 por danielmecca en Editoriales

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