Una escuela de todas las cosas   Leave a comment

Desde 1996, un grupo rotativo de jóvenes, algunos provenientes de la militancia política, entran todos los sábados a la Villa 20 de Lugano para dar clases de apoyo escolar a cerca de 40 chicos, luchando para ofrecerles valores, futuro y educación, y así correrlos del flagelo de la droga y del peligroso ambiente en el que viven. Medios Lentos visitó La Escuelita y dialogó con sus protagonistas, quienes siguen resistiendo para reconstruir esta realidad.



 Por Daniel Mecca

La Villa 20 de Lugano, que alberga más de 20 mil personas, tiene varias caras. Por la noche –dicen- es complicada, jodida. Pero de día, en especial los sábados, muestra su semblante más solidario y social, particularmente sobre la calle Albariños, Manzana 22, casa 207. Allí, entre señoras que toman el mate en la vereda y nenes que juegan descalzos por el barro; allí, esquivando una montaña de cartones, fierros, moscas, carretas, botellas, perros y unos caballos para cartoneo, se vislumbra una casita de frente blanco: como una escuela de todas las cosas, en ese lugar existe, desde 1996, La Escuelita, o el futuro de cientos de pibes.

La escena comienza alrededor de las 11 de la mañana de cada sábado. Ingresando por el cruce de la calle Pola y la avenida Cruz –a 200 metros del hipermercado Jumbo Parque Brown, cerca del cementerio de autos de Lugano y de la Escuela Federal de Policía Coronel Ramón Falcón- se ve pasar a un grupo de ayudantes o “profes”, en general estudiantes universitarios, que atraviesan las casas de chapa y ladrillo desgastado, autos, parrillas, música de cumbia, ferias y potreros, para darles clase a cerca de 40 chicos por fin se semana. Ellos, los profesores, quienes ahora son cerca de 20, entran sin prejuicios, sin miedo, van, se juegan por su militancia social, resisten.

Apoyada sobre una de las diez mesas de la Escuelita, Belén, 7 años, empieza a mover sus deditos en señal de estar contando: 100 +700 son…, 92×53 da…., entonces 150/2 es… Cerca de ella, Pablo juega contra Sebas al Ajedrez, blancas contra negras, y “doy cuatro pasos hacia la izquierda y luego a la derecha y entonces jaque al rey”, anticipa el segundo contrincante. Denis, 10 añitos, ve con pánico sus cuadernos de trigonometría y terminando hablando de sus hazañas como goleador en la canchita del barrio.

“Los chicos son como mis hijos. Acá los veo crecer, pasan generaciones y algunos ya son padres o madres. Yo sería como un director de escuela. Este es mi hogar… Sí, mi hogar…Tengo muchas satisfacciones pero también muchos dolores”. Quien habla con voz pausada, casi quieta, es Rodolfo José de las Toscas, o simplemente el querido Tosca, uno de los fundadores de La Escuelita –donde vive desde hace 13 años. También está a cargo del Comedor Comunitario, que funciona en el mismo lugar durante los cinco días de la semana y alimenta a 350 personas, desde el 16 de agosto de 1998.

Tosca dice “dolores” porque cuenta que tiene que pelearse con los vecinos porque algunos no quieren que sus hijos se sienten en la clase con chicos bolivianos o paraguayos, y “conmigo no va la discriminación”. Dice “dolores” porque “ésta es mi vida y todos comen acá, no es solo para los argentinos”. Dice “dolores” porque es difícil rescatar a los pibes de la calle, a quienes a muchos de los lleva conquistados la droga, ese veneno.

“Para rescatarlos tenés que buscar el apoyo de los padres. ¿Cómo los sacás si éstos no están? Difícil. A muchos los vence la droga. Ves los pibes 9 o 10 años que están perdidos y si le vas a hablar a los padres te responden: ‘yo educo a mis hijos como yo quiero, no como ustedes quieren’”, se lamenta Tosca y dice que a los pibes se los intenta preparar, que terminen bien el año, que llegan al CBC o al Nacional Buenos Aires, y, quien le dice, hasta sueña con que salga un universitario de estas cuatro paredes.

Unos de los profesores históricos de La Escuelita es Pedro Cestona, o más bien “Tito” como los llaman los chicos, quien coincide en que la educación ayuda a sacarlos de calle, pero va más allá en su observación y analiza: “La educación ayuda a tener el título, a estar incluido dentro del sistema y fuera de la calle, si la calle significara algo malo, porque no siempre es así: el problema no es la calle, sino la droga, la violencia, el delito, pero no la calle en sí misma”.

Por eso Tito cree, a los Enrique Santos Discépolo, que “la calle en otro momento daba un bagaje cultural que no se recibía en la escuela”. Entonces reafirma que “no queremos sacarlos de la calle, queremos que ellos puedan salir protegidos porque tienen valor y una educación que los fortalece. Y amplía: “Siempre tratamos de pasar de la resistencia al protagonismo, pero a veces por la falta de compañeros o ayudantes estamos como resistiendo para que le espacio permanezca”.

Y una de las que resiste viene desde los fondos del Atlántico, directo de Roma a la villa 20. Ella es Elena, una morocha italiana estudiante de intercambio de Ciencias Políticas de la Universidad de Belgrano (UB), quien hace unos meses empezó a dar clases en la Escuelita contactada por una organización política. “Es muy fuerte el contraste y la desigualdad social en la ciudad de Buenos Aires. Yo visité la periferia de Roma pero no llega a esto. Es una locura que exista por ejemplo la villa 31 y Puerto Madero”, cuestiona con un delicado tono italiano.

De hecho, la política y la militancia social siempre funcionaron simbióticamente en la historia Argentina. Por eso no es extraño que las paredes de La Escuelita tengan una foto del Che Guevara –esa con el habano, la mirada honda, desafiante- y otra de Evita. Y tampoco es extraño que el espacio, actualmente, esté bajo la coordinación de la agrupación kirchnerista La Cámpora, como estuvo en sus orígenes con los radicales delaruístas. También de la política vino el subsidio social para mantener la Escuelita y el Comedor, cuyo plan mantienen desde fines de los años 90.

“Más allá de cierta afinidad, no soy de La Cámpora, aunque el espacio físico estaría bajo su administración. Pero el espacio cultural es más libre y participa gente con las mismas ideas políticas o no, personas de distintos ámbitos, por lo que hay una libertad plena. Es decir, se lleva con libertad pero sabiendo que se convive en el mismo espacio”, aclara Tito Cestona. Tosca, por su parte, confirma que está La Cámpora al frente y recuerda cuando empezaron allá lejos con la UCR. “A mí en realidad no me interesa la política: quiero que quien esté haga algo por los pibes sea del partido que sea, y yo a ellos los apoyo”.

Va llegando la hora de guardar. Se escucha un rumor de cierres de cuadernos, carpetas, cartucheras. Algunos chicos empiezan a correr, otros, como esos dos, siguen con la partida de ajedrez, jugando a los intelectuales. De fondo se ve la puerta de La Escuelita atravesada por esa nauseabunda y peligrosa basura de siempre, esa que hace tres años tiene un recurso de amparo contra el Gobierno de Mauricio Macri y que, hasta el día de hoy, no tuvo acatamiento. Allí inquieta una imagen: se ve a una nena jugar descalza en uno de los montículos de fierros oxidados, cerca del esqueleto de un camión abandonado y de otros riesgos imperceptibles.

Los chicos se van yendo, algunos a duras realidades que arrastran de la prostituida historia argentina de hace décadas, donde se apilan infames apellidos políticos. “A los pibes que quieren salir les cuesta demasiado y te reconocen que necesitan irse del barrio para poder hacerlo”, cuenta Daniela Dibilio, otra de las “profes” de La Escuelita. Ella confiesa que la gente le dice “ah, ¿vas a una Villa… y no te da miedo..?”. Y que ella le responde que “mirá que es un barrio normal, vos entrás y los sábados a la mañana tenés chicos jugando en las calles, madres yendo a comprar, tomando mate en la puerta. La gente trabaja acá”, aunque reconoce que “cuando salís más de noche ves muchos de los conflictos, como que dicen que hay gente armada, aunque yo no lo vi”.

Entonces Daniela, que da clases allí hace cuatro años –ad honorem, igual que sus compañeros- y que es una de las encargadas de la asesorías legales en el barrio, insiste en que hay un grave perjuicio en la sociedad de lo que es la Villa, que los pibes están estigmatizados al momento de salir a buscar un trabajo, que entonces tienen que volver inevitablemente a la 20 y a las malas compañías.
Por eso, como ella, estos jóvenes, militantes políticos o nó, que no salen en ningún diario ni revista del corazón, intentan reconstruir esta realidad cada sábado, manteniendo la premisa de que ningún pibe nace chorro y luchando o resistiendo por un país mejor, entre tanta sociedad tinellizada. Como dijo alguna vez Eduardo Galeano, al final somos lo que hacemos para cambiar lo que somos.

Para los que quieran participar o contactarse con los profesores de La Escuelita, pueden escribir a laescuelitalugano@googlegroups.com. También reciben donaciones de libros, cuadernos, lápices o de cualquier útil escolar.

(Nota publicada en el portal Medios Lentos, en noviembre de 2010)

Anuncios

Publicado diciembre 3, 2011 por danielmecca en Notas en la prensa

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: