Woody Allen, el borgeano   Leave a comment

Por Daniel Mecca

Medianoche en París (Midnight in Paris), dirigida por Woody Allen. Con Owen Wilson, Rachel McAdams y Marion Cotillard.

“Quería soñar un hombre:
quería soñarlo con integridad minuciosa
e imponerlo a la realidad”
J.L.B., Las ruinas circulares

Con Medianoche en París, Woody Allen vuelve a las canchas de primera, a ese lírico césped en movimiento que es el cine, él, que desde que lo pisó a mediados de los sesenta fue construyendo una estética que reinventó el lenguaje, a golpes de identidad, literatura, humor irónico y un divino freudianismo. Una estética que alcanzó su clímax cinematográfico en filmes como Annie Hall, Interiores, Manhattan, Zelig, Hannah y sus Hermanas y Los Secretos de Harry; que se fue deshojando al entrar el nuevo milenio, con las comerciales Macht Point, Scoop o Vicky Cristina Barcelona. Por eso, y aunque no esté al nivel de sus mejores películas, con esta nueva obra que trascurre en la poética capital francesa –reciclada una y otra vez- Woody Allen confirma por qué es Woody Allen, además de plasmar los latidos inasibles de su admirado Jorge Luis Borges.

Escribir sobre París es un siempre juego de seducción: su historia literaria, pictórica, musical, cinematográfica y política son la ardiente musa que bombea las pulsaciones de los artistas. Y allí, como tantos otros, arribó Allen para crear su postal de la Ciudad Luz, homenajeando a sus héroes del arte, siempre tan presentes en sus melancólicos diseños discursivos.  Gil Pender (Owen Wilson) -un exitoso guionista y “esclavo” de Hollywood que quiere ser novelista- llega a su idealizada Paris (bajo la lluvia y el jazz) con el sueño de que el Sena o los cafés del Saint Germain des Prés inspiren una novela que está escribiendo. Junto a él aparecen su prometida bella y rica, sus suegros republicanos (se hace fácil imaginarlos con globos amarillos del PRO), sumado a la presencia de un intelectualoide pedante (Michael Sheen).

El protagonista, un espejo del Allen actor, proyecta un personaje sencillo, inocente, delicadamente neurótico y soñador, que Wilson escenifica con maestría. Ella (Rachel McAdams), también con una gran interpretación, es frívola y superficial, con aires de vedetismo de la alta sociedad. Esa distancia enciende el motor de la película, cuando Gil decide caminar solo por las calles parisinas y logra traspasar misteriosamente al París de los años 20 cada medianoche, por esas razones de surrealista magia woodyalleniana, como la arquitectura borgeana de un sueño donde se sueña otra realidad: así, el protagonista, con notable humor, se frota los ojos de no creer cuando conversa con sus admirados Scott y Zelda Fitzgerald, Hemingway, Pablo Picasso, Salvador Dalí, Man Ray, Luis Buñuel o Gertrude Stein, quien lo aconseja y corrige su novela.

Pero claro, donde está Woody Allen está el amor (y su incertidumbre) y el personaje de Owen  se enamora de Adriadna (Marion Cotillard) –el segundo motor del film- una hermosa groupie de los años 20, amante de Modigliani y Picasso y quien, como él, elogia el pasado con ojos discepolianos, pero a diferencia de que ella sueña con vivir en otro pasado, en la Belle Époque, caracterizando así un personaje que será clave para el gran cierre del telón.
Todo este contexto está montado musicalmente sobre el saxo sutil de Sidney Bechet (con Si tu vois ma mére), que abre y cierra la película como un viento de cristal, además de una balada de Cole Porter y un riff circular de guitarra con cadencia italiana que hace fluir las escenas.  A esto se suma una disposición fotográfica precisa –se destacan la sucesión de imágenes collage de la ciudad y la poética apertura de tomas cuando caminan los personajes-, rescatando de este modo la comerciabilidad que arrastra el film desde su génesis, un bajo lugar al que ya había caído Allen en Barcelona, con Vicky…, y en Londres, con Match Point.

La interpolación dialéctica de mundos y planos que ofrece la película guiña las construcciones borgianas, más precisamente del cuento Las Ruinas Circulares. En este texto –donde un hombre se propone soñar a otro hombre, para descubrir finalmente que él era el soñado- se enuncia la fragilidad de lo que es realidad, simulacro o ilusión; más aún, se evidencia que toda realidad no es más que una construcción, una verdad aparente.  Y acá, en esta realidad que propone Woody Allen en Medianoche en París –tan verdadera o ficticia como cualquier otra-, entre esa simbiosis de nostalgia, ironía, romanticismo e intelectualidad, sueña y se deja soñar la mirada, como un largo tren de blues, de uno de los grandes directores y guionistas de la historia del cine.

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Publicado octubre 3, 2011 por danielmecca en Notas en la prensa

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