La tentación de Dios   Leave a comment

En estos días no faltan razones para creer en Dios, esa inmensa institución: que la soledad, que la psicosis de los medios, que la velocidad de la vida, que la muerte. A la mínima sensación de peligro en nuestra vida o la de alguien querido, sospecho que hasta el más ateo necesita creer en algo, sentir que no hay un vacío infinito después de la Chacarita, que ya no habrá más pena ni olvido cuando se apaguen definitivamente los ojos. Cambiando un poco las palabras del poeta Almafuerte, creo todos los ateos se vuelven creyentes cinco minutos antes de la muerte.

Durante los últimos años -y luego de una infancia excesivamente religiosa- pude advertir que creer en Dios era desligarse de la responsabilidad de estar vivo; era dejar tu vida en manos de un sospechoso ente invisible que te protegía  cuando salías y entrabas en tu casa. Era escuchar a cada hora: que sea lo que Dios quiera,  temible oración que quitaba toda responsabilidad de elección. Entonces entendí que creer en Dios era desprenderme de mi vida, dejarme a otro, no ser más yo. Y seguidamente, como si hubiese despertado de una gran ceguera, observé el control que genera la religión sobre el hombre a base de un miedo histórico: fabrican temor para fabricar súbditos: la esclavitud inasible. Entonces grité silenciosamente basta y me aferré a mi vida, a creer en lo que soy. Sabía el precio a pagar: ahora estaba solo en el mundo, desprotegido ante el morir.

Durante los últimos quince días vi la angustia y el temor de frente, acechándome como un grito, y la tentación de Dios se me filtró como un calambre en todo el cuerpo. Ya no era un espectador. Quería rezar, pero no quería. Necesitaba creer, pero no quería. La desesperación  te lleva a pensamientos desesperados, a dejar sin efecto la razón, a buscar la salida más fácil en una autopista caótica. Y siempre es más fácil creer en Dios que no creer: su marketing es perfecto e incuestionable. Como en una historia bergmaniana, mi juego de ajedrez, mi vida, era desestructurada con un jaque. Pero seguí de pie y seguramente me hice más fuerte.

Veo y hablo con mucha gente triste, que se aferró a Dios como quien se agarra a la merca, al pucho, a los caballos, al juego, al alcohol, al amor. Da igual. El medio cambia pero el fin siempre es el mismo. ¿Se puede cuestionar a aquel que se aferró a la cruz porque ya no le quedaba nada? ¿O a aquella que sacó un rosario en pleno vuelo cuando el avión se movía como una coctelera? No. Dios, aún siendo una farsa magnífica, sostiene a muchas personas a través de la esperanza, una palabra de doble filo. Me gusta citar a Borges, cuando decía que Dios es el mejor invento de la literatura fantástica. Y es cierto. O no. No lo sé. Hoy tengo fe en no tener esa fe. O, mejor dicho, tengo fe en el hombre porque yo escribo mi destino. Y eso me hace libre, que es la máxima expresión de estar vivo.

(publicada el 21 de enero de 2011 en www.danielmecca.wordpress.com)

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Publicado junio 19, 2011 por danielmecca en Editoriales, Ensayos

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