Pequeño pueblo de marineros   Leave a comment

En las Rías Bajas de Galicia, una pintoresca aldea de pescadores es un Conjunto de Interés Histórico-Artístico. Por allí se encuentra a menudo el Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel. Gaviotas, cruces y muros de piedra frente al mar.

Por Daniel Mecca 

El pueblo marinero de Combarro, ubicado sobre las Rías Bajas de Galicia, en Pontevedra, más precisamente en el municipio de Poio, pudo haber sido extraído de la pluma de Neruda o, más cerca aún, de Gabriel García Márquez: laberíntico, habitado por pequeñas casas marineras –bajo el mando de la arquitectura gallega– y rodeado por esa novelesca marea azul apostada sobre los contornos del pueblo, que hace de Combarro uno de los sitios turísticos más visitados, elegantes e históricos de la España gallega.


Tanto es así que los turistas, que se contabilizan en cientos por día, se van perdiendo en esas callejuelas empedradas –algunas de no más de diez metros de ancho– que conjugan el ambiente marinero con el agrícola. Las estrechas calles suben y bajan a través de pendientes o pequeñas escaleras, algunas desembocando en la ría y otras en encrucijadas. La Rúa do Mar es la calle más comercial del pueblo, junto con la paralela Rúa de San Roque.

Al llegar a este histórico pueblo de pescadores, declarado como Conjunto de Interés Histórico-Artístico, el visitante podrá apreciar decenas de tiendas con recuerdos turísticos, además de tabernas, restaurantes y unas treinta construcciones de piedra denominadas hórreos, que son una de las tradicionales características de la arquitectura popular gallega.

El hórreo es una antigua edificación donde se almacenaban productos agrícolas y marinos, como el grano de maíz. Estas obras de piedra y madera –hoy en desuso por las nuevas tecnologías– se caracterizan por tener paredes con finos barrotes y una cruz católica en el vértice del techo como símbolo de fecundidad. Fueron construidos sobre columnas para evitar la humedad y los ratones. Aquí los hórreos llegan hasta las aguas de la ría, otorgando una postal poética.

En las casas desplegadas por Combarro –orientadas hacia el mar y que datan también de los siglos XVII y XVIII– se advierten los techos naranjas a dos aguas y pintorescas balconadas de piedra de estilo barroco, que eran símbolo de buena posición económica. Cada vivienda muestra delicados trabajos de cantería y flores decorativas. Es sublime el sonido que suelta el mar por estas calles, así como también la panorámica de los botes anclados sobre el muelle.

En su entorno aparecen también unas cruces de alrededor de 15 metros de altura –denominadas cruceiros– que mantienen en su vértice un ornamento con Cristo crucificado. Son siete en todo el pueblo. Los cruceiros datan de finales del siglo XIV y comienzos del XV, en la época gótica; poseen un carácter simbólico sagrado y se estima que su función era la de cristianizar los sitios de cultos paganos. En ese marco de religiosidad, fuertemente acentuado en la región, se encuentra también la iglesia parroquial de San Roque.

Pero entre tanta historia también hay gente que vive y trabaja en Combarro. Y una de ellas es Andrea, una joven uruguaya que atiende uno de los bares y cuenta que ese lugar funcionó como albergue de animales que cumplían la función de calefacción. La taberna está iluminada por una breve luz que entra por una puerta que deja ver el contorno azulado del agua. Las casas del muro costero aún poseen las rampas que se utilizaban para subir y bajar las barcas.

José y Santiago son dos amigos y lugareños. Están sentados en un banco de piedra en el centro del pueblo. Tienen en la frente el peso de los años y el mar. A su alrededor hay gaviotas que acompañan el sonido del agua. Aseguran convincentes que ellos son la descendencia de los marineros que se aventuraban en alta mar mientras sus familias los esperaban. Comentan que ahora todo se ha puesto muy turístico, que no hay tranquilidad, que es un corredero de gente por la noche.

“Aquí también hay leyendas –juran con un dejo misterioso, y siguen–: “Dicen que al patrón del pueblo, San Roque, lo tiraron en un tiempo remoto a la mar en esa isla que hay ahí delante (lo juran mientras señalan en esa dirección), y apareció vivo aquí, ¿puedes creerlo?, y entonces le pusieron su nombre a la iglesia antigua del pueblo y supuestamente está ahí el santo. Y también está la historia de Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz de 1980, cuyo padre nació aquí” (ver recuadro).

Bañada por el océano Atlántico y el mar Cantábrico, Galicia está situada en el noroeste de la Península Ibérica. Recorrer sus pueblos es desembocar en la historia. Y Combarro, en el corazón de Pontevedra, permite adentrarse en esa interminable escena poética; caminar por el pueblo –rodeado de hórreos, cruceiros y el inmenso mar– es recrear esas antiguas historias de hombres partiendo sobre sus barcas. Ni Pablo Neruda ni Gabriel García Márquez: en Combarro, la mejor poesía es la realidad.
 
(nota publicada en diario Perfil: http://www.diarioperfil.com.ar/edimp/0556/articulo.php?art=27766&ed=0556
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Publicado marzo 20, 2011 por danielmecca en Notas en la prensa

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