La señora de Borges   Leave a comment

Así, a secas, ella es la Señora de Borges. D. la bautizó con ese nombre un día que se cruzaron en el largo pasillo que lleva al consultorio de M. Él iba, ella venía con la piel pálida, los ojos secos, lejos. Creo que era un día de nubes. Decía que ella venía caminando como en esas cintas mécanicas y horizontales de aeropuerto, casi flotando. Cuando pasó por su lado, en ese segundo en que se demoran todas las miradas, el joven la notó triste, ausente. Ella lo observó, no supo desde dónde, e hizo un suave silencio. Luego siguió su paso murmurando unas palabras de las cuales el cronista sólo captó una: Borges… Borges…. El pasillo, como un largo corazón, se la llevó latiendo hasta la calle.

Desde ese día, en cualquier horario, día o condición meteorológica en que se la cruza, para D. es la Señora de Borges. Como si los días no la afectaran, cada vez que el joven la ve ella sigue intacta en su tristeza, conservando con delicadeza su expresión de pena. ¿Quién será esta extraña mujer de ojos tristes que habla de Borges en los pasillos?, se pregunta D. cada vez que la observa ir o venir como un tren de cristal siempre a punto de romperse, como deshojándose. “Disculpe señora, qué tal, mucho gusto, no nos conocemos, mi nombre es D. ¿Por qué anda siempre tan triste?”, le gustaría preguntarle alguna de estas tardes de septiembre. Pero no, probablemente ella lo mirararía así, con esos pequeñitos ojos tan Borges, y le diría con seriedad: “¿Está usted loco, joven?”.

Recuerdo ahora unas páginas de “Sobre héroes y tumbas” que leí cuando tenía 17. Voy a mi biblioteca. Busco el libro firmado por el viejo Sábato. Página 73. Leo en voz alta: “-Mirá esa luz en la ventana, en aquella casita –comentó Alejandra, señalando con su mano–. Siempre me subyugan esas luces en la noche: ¿será una mujer que está por tener un hijo? ¿Alguien que muere? O a lo mejor es un estudiante pobre que lee a Marx. Qué misterioso es el mundo. (…) Conversás con el vigilante de la esquina, le hacés tomar confianza y al rato descubrís que él también es una misterio”.

Así lo mismo le sucede a D. con la querida señora borgiana, ya tan de él. Y siempre que los obra el azar se le vienen las mismas preguntas y ¿qué sueños tendrá esta mujer? ¿A quién amará, a quién odia? ¿Le gustará mirar por la ventana cuando viaja en los trenes? A D. le gusta imaginarla sentada en su habitación, medianoche, tomando de la biblioteca con sus manos flacas un libro de Georgie. Entonces lee un párrafo. Piensa. Quizá se le acerque algun perro o gato hasta sus rodillas, quizá tenga un marido. Quién sabe. Como dice el poeta, a la larga la verdad no importa. Sólo sabe que ella seguirá siendo para él un signo de pregunta, una delegada de la tristeza de todos y una misteriosa sutileza del mundo. Hasta el próximo pasillo, Señora de Borges.

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Publicado enero 20, 2011 por danielmecca en Notas en la prensa

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