Sinfonía N° 3, Movimiento Tercero   Leave a comment

Escuchabas a Brahms a la mañana, a la noche, tenías 12 años. Siempre callada, simulando silencio, pasabas horas escuchando al maestro alemán en tu habitación, mientras cada vez que andaba alguien por el umbral de tu puerta, soltabas una risa muerta, de hombre profundo, para que se vaya rápido, chau. Era 1952.

Me decías que en esos años te gustaba mirar por la ventana cuando anochecía, que en ese instante tu cara parecía no tener expresión, estar lejos, porque tu fragilidad, decías, era interna, caótica, como un viento fuerte de lado, que se te metía por la nariz y derecho al alma. Al menos así me lo explicaste una noche sentada en esta misma mesa de nuestro Café antes de que te tapara la tierra hace ya dos años.

Me decías que de chica eras como un barco en la alta mar nocturna: solitaria, libre, siempre escondida, pensante, estremecida. Que en esos años también leías a tipos como Tolstoi y Dostoyevski, mis héroes escandinavos, como me comentabas con intelectualidad triste, mientras te tocabas la fina boca sin lápiz labial que besé alguna noche. Pero luego hablabas de tu mamá, que como un dictador maternal te los quitaba, te los tiraba frente tuyo al tacho de basura, porque vos tenés que ser como todas las demás, me entendés, hija, eso te mete cosas raras en la cabeza y yo quiero que seas feliz, normal.

“¿Una chica normal, podés creerlo? Insinuaba que yo era anormal mientras ella le rezaba a ese hombre colgado en esa cruz de mierda”, me decías recaliente porque recordabas que mamá te obligaba a ir a la Iglesia o a rezar el rosario los 15 minutos con 30 segundos que vos contabilizabas matemáticamente, como si controlar el tiempo fuera una forma de adelantarlo.

Pero en aquella época no le hubieses hablado así. No le hubieses hablado. La imagen de ella, tu madre, te paralizaba, te desterraba de vos misma. Tu mamá era la muralla y sus cañones. Y vos un ejército en silencio. Tu mamá era Dios y los 15 minutos con 30 segundos. Pero vos la odiabas y yo sé que también la amabas, siniestramente la amabas.

Me juraste que en esos años le hubieses querido decir que te deje en paz, que era tu vida, tu maldita libertad, pero no, otra vez la mudez en tu boca cuando mamá te arrastraba a la Iglesia o te retaba duramente cuando, en un rapto de heroísmo o de suicidio, y ya con 17, le dijiste irónicamente que Dios era el mejor invento del hombre ante el miedo de estar vivo. Sí, mejor que la lamparita.

Así la relación entre ustedes fue de granizo callado, de tormenta y de relámpago, entre otros sustantivos meteorológicos, que nunca estaban de más porque con los años ambas fueron enfrentándose, separándose, olvidándose, siempre con tu silencio nuclear, y el puño ideológico de ella.

Esa noche, en el Café, me dijiste que todavía recordabas una tarde de agosto de 1960 cuando, mientras escuchabas una de Brahms en tu habitación, tu mamá se sentó extrañamente al lado de tu cama, te habló un rato de cerca, y luego viste cómo se iba por la puerta. Así, nada más. Al tiempo mamá murió de cáncer u algo así. Era la tercera de Brahms.

Me dijiste que ya no podías olvidar lo que te dijo aquella tarde, que se había sentado enfrente tuyo, con la mirada algo perdida, que tocaba como nerviosa las sábanas de la mañana, que acomodaba la almohada, se acariciaba la frente, volvía a tocar las sábanas. Y te pidió perdón aquella tarde, sabe Dios porqué, te dijo que le hubiese gustado conocerte antes. Y te lo repitió sin pausas, sin lágrimas: me hubiese gustado conocerte antes. No hubo abrazos, no para ustedes. Pero me confesaste que la hubieses querido abrazar, no soltarla, quererla. Y me dijiste que el amor es lo que odiamos hondamente, con todo el corazón.

Hace dos años que vos también te fuiste, tan joven, y te enterraron al lado suyo, como si la muerte también fuera poética, metafórica: qué barbaridad. Acá en nuestro Café se está haciendo tarde y se empieza a ir la gente. Me parece que me voy a ir caminando a casa.

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Publicado agosto 23, 2010 por danielmecca en Relatos

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