Sabato   4 comments

24 de junio. 12 y 03 de la medianoche. Calle Severino Langeri, a dos cuadras de las vías del San Martín. Sabato está sentado solo en su habitación de Santos Lugares, demorado sobre su cuerpo críptico y frágil; no puede dormir porque la vida se le mete en las sábanas o, más factiblemente, porque se mea de puro viejo, porque ya 99 junios y hace llovizna y sabe, como alguna vez reveló el poeta Manrique, que la muerte siempre se viene tan callando. Sí, ahí lo puedo observar parado ahora sobre sus piernas delgadas de pensador -estoy escondido en su atelier y no me ve- campaneando el jardín frondoso que da a su pieza, donde alguna vez ladró su finado y querido Roque, donde posa templada y quieta la estatua de Ceres, de su tumba y sobre héroes. Probablemente, al mirar hacia afuera por la ventana tenga los ojos vueltos hacia dentro como sus personajes, como viendo deslizarse una película en blanco y negro, unos ojos de video tape, una vida vivida y una muerte por morir. Noventa nueve cielos y noventa nueve infiernos conviviendo en esa mente de cuervos y teoremas. Un cielo y un mismo infierno para un mismo hombre, usted, que ambos merece, dueño de la oscuridad porteña y de la barba de Dostoievski.

No me mire así -Sabato me descubre de pronto detrás de las cortinas- no me mire así con esos ojos vangoghnianos; ya hace años que no nos vemos y cambiaron mucho las cosas por aquí. Su literatura “comprometida” me había engrupido cuando yo apenas llegaba a los 19 .Ya sé lo de los dos demonios, lo de la cena con Videla y su admiración por él; sé sobre la defensa a la dictadura de la muerte, el apoyo al golpe de Onganía y Aramburu -aunque luego denunciaría las torturas de la “revolución libertadora”- y esa contradicción, otra más, al encabezar la Conadep, un cambio fundamental que la historia política y la gente, finalmente, determinarán si lo exime del resto.

Pero hoy lo sé todo -Sabato abre un libro cualquiera, no me mira- y sin embargo, dónde meto ahora esas meriendas en su casa hasta la noche, qué hacer con las diez cuadras en la memoria que caminaba los sábados al lado de las vías, arremolinado por el paso indiferente de los trenes, para llegar con mi librito suyo bajo el brazo hasta su mansión de flores muertas y paisaje kafka y esperar a que me abriese Betty. No, no es mi deber juzgarlo aquí. Que otros lo califiquen también por su obra que me acobijó en esos de años de pequeño y remoto muchacho, cuando todo yo era niebla, cuando apareció un día su palabra de nieve oscura y Alejandra y Martín y Bruno sufriendo lo que yo, descubriéndome en sus diálogos notables, mientras paseaba mi verdad y mi mentira por el Parque Lezama. Bastará también confesarle, Sabato, las ocaciones en que abusé de su literatura para conquistar mujeres ; por eso, que otros lo juzgen por su contradictorio discurso político, que yo me sumaré a la puteada izquierdista. Pero hoy, por omisión o por cariño, me quedo con la imitación que usted hacía de Borges en la mesa y las veces que le leía las páginas de Sobre Héroes y Tumbas, hasta que parábamos porque le sucedía una lágrima. Así, con todo yo por ser, feliz cumpleaños, querido y remoto Sabato.

Daniel Mecca
24 de junio de 2010

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Publicado junio 24, 2010 por danielmecca en Relatos

4 Respuestas a “Sabato

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  1. Cómo te admiro, Dani.Abrazo enorme.Tomás

  2. Es cierto, admiraciòn esa es la palabra, pura admiraciòn. Besos. Graciela Perugini

  3. Gracias, Dani, por poner tan claro lo que a todos nos pasa con Ernesto. Abrazo grande. Ariel Fleischer

  4. Mecca: ¿Estás encondido atrás de la cortina de Sábato?

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